Texto seleccionado de octubre (taller de los martes)

Inmaculada

Gora Sakas

Va hacia el fondo por el pasillo, arrastrando piedritas con la suela del zapato contra el piso. Llega a un asiento vacío y, sin levantar los pies, logra sentarse. Me irrita, no lo puedo evitar, ese sonido de dejadez que raspa y me eriza. Será que me estoy volviendo vieja y maniática.

Antes de llegar a Solymar el ómnibus ya está lleno, todos malhumorados, cargando sus bolsos, con solo dos ideas en la cabeza: conseguir un asiento y llegar. Yo voy sentada al fondo, calculando cómo voy a hacer para bajar entre tantos pasajeros. El gigante que duerme a mi lado bloquea el paso con sus enormes piernas. Decido pararme con tiempo, pido permiso despacito para no molestar. El gigante abre un ojo y corre apenas sus zancas que siguen atravesadas en mi camino. –No paso –le digo–. Refunfuña y trata de recostarse más hacia un lado: por lo visto no piensa pararse. Trato de atravesar una pierna y me quedo trancada ¡Es imposible pasar con semejante valla humana! Suspiro molesta, pero él sigue sentado. Ya que técnicamente no puedo, aplico la fuerza bruta: empujo hacia adelante con violencia hasta lograr estar en el pasillo a la vez que siento en la nuca su mirada de odio.

Mientras me arrimo a la puerta, ya se abalanzó uno sobre el asiento vacío que dejó el gigante al deslizarse hacia la ventanilla para cerrarla de un golpe. ¡Qué manía de cerrar todo cuando vamos apretados como sardina en lata! No corre una gota de aire, si hay un virus bollando no tiene escapatoria. Menos mal que ya me bajo, si no, me daría náuseas tanto encierro. Toco el timbre; en cuanto el ómnibus se detiene, la puerta nos escupe para afuera a los que por suerte zafamos. Aire libre al fin.

Cruzo Gianattasio y voy en busca del Banco República. No sé para qué lado ir pero me imagino que puede estar cerca de la estación de servicio. Camino una cuadra y llego a un Banred. Antes de entrar, la veo peinando a su muñeca junto a unos arbustos, en otro mundo, ajena al peligro, indefensa. Las veces anteriores que pasé por este lugar también estaba. Nuestro primer encuentro involuntario fue hace más de un año, yo salía del cajero y me topé con ella junto a la puerta. Sería de mi altura, un poco más ancha tal vez. Parecía joven, aunque su aspecto descuidado hacía difícil determinar su edad. Ella me miraba fijo, abrazando a su muñeca envuelta en trapos sucios. Permanecimos en silencio las dos, reconociéndonos. Me sentía un poco incómoda, era como una aparición salida de ningún lugar. Tal vez estuviera un poco sugestionada porque acababa de sacar mucho dinero para saldar una deuda y quería hacerlo lo antes posible. Antes de entrar al Banred, había mirado con cautela a mi alrededor para que no me fuera a ver algún rastrillo que pudiera andar por ahí; luego, lista para salir, miré a través del vidrio, que era traslúcido a la altura de mis pies, y no vi a nadie. Sin embargo ella estaba ahí, a menos de dos metros. Yo me quedé quieta hasta que ella dejó de observarme para atender a su bebote. Se fue alejando entre el rugir de los autos y el olor nauseabundo a nafta y gasoil, tan expuesta e invisible a la vez.

Apuré el paso y me fui, cuidando los bolsillos, a resolver mis asuntos pendientes antes de que se me fuera el día.

Nos volvimos a ver cuando retorné a los meses al mismo lugar. Tuve ganas de abrazarla, mecerla en mis brazos como ella a su muñeca. Regalarle algo, al menos, a su soledad desamparada entre tanta indiferencia. Pero no me animé a hacer nada: seguí de largo, hice mis cosas y volví a casa a ocuparme de mis perros, a olvidarme de todo lo demás.

Hoy me la encuentro por tercera vez y otra vez la recuerdo, es como una cachetada en medio de la cara. Me freno, la miro, ella no me ve. Simulo buscar algo, doy unos pasos y tropiezo. Al levantar la vista veo una mujer gorda que me sonríe con ternura, le respondo con una mueca tímida. Entonces entiendo. La mujer niña nunca estuvo sola, su madre cuida autos en el mundo real para que las dos coman. Y mientras tanto, ella atiende a su muñeca en su otro mundo inmaculado, lejos del tránsito y la polución, lejos de todo.


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Texto seleccionado de octubre (taller de la tarde)

Insomnio

Cecilia Cardoso

Usualmente, a eso de las nueve, a Sara le sobreviene el tedio. Como una niebla espesa, se le cuela hasta los huesos en las noches de invierno. Despachada la cena liviana, a sus ochenta y cinco años, encuentra poco que hacer. Con su audición debilitada, la tele y la radio ya no le atraen mucho. Libros y crucigramas son favoritos de la tarde, pero infelizmente los juegos nocturnos con sus hermanas se han cortado a raíz de las discusiones.
Coloca el bastón a su alcance y, frotándose la pierna enferma, se sienta suspirando frente al ventanal de su dormitorio. La pared oscura del edificio de enfrente se anima aquí y allá con luces dispersas. Le recuerdan a las luciérnagas sobre el césped. ¡Cómo se divertía correteándolas con sus hermanas para echarlas en tarros de vidrio! A propósito: Cora y Beba están francamente insufribles. La convivencia se torna difícil. Cora, siempre quejosa: que el reuma, que los ruidos, que las corrientes, que las empleadas… En los últimos tiempos, la cantilena es la indigestión. ¡Bien merecida! Por esconder los bombones y apurárselos de una vez evitando el convite. Así está: regordeta, descuidada, paseando sus pesados lamentos por las habitaciones.
La menor, Beba, antes tan divertida, liberal y ocurrente. Otra Beba. Bien distinta a esta: seca, avinagrada, prejuiciosa. Santurrona, prendida al rosario. Con los ojos irritados por no quitarse los lentes de contacto de noche. Terca. Ya la rezongó el óptico.
A pesar de todo, Sara no puede negarlo: las extraña. Extraña el scrabble, aunque tenga que ayudarlas a formar palabras. Extraña la conga, aunque deba explicarle las reglas a Cora cada vez y Beba demore un siglo en el descarte. Aunque a veces tenga que mirarles las cartas, soplarles qué tirar. Aunque Beba se atufe, acusándolas de ladronas cuando pierde. Por lo menos es mejor que este ostracismo autoimpuesto. Con el último bocado, dejan la mesa sepulcral para encerrarse a lidiar con el insomnio como puedan. Noches interminables, con los ojos apretados intentando atrapar el sueño. Negros pensamientos, monstruos de la oscuridad. De lo contrario, sucumbir. Al lado del agua y la servilleta con puntilla, allí nomás, la pildorita blanca. Tan ínfima. Tan inocente. Un mazazo. Para despertar, embotada, con aliento pastoso, al día siguiente.

Con el vaso a medio camino de la boca, Sara se frena. Han encendido una luz potente en el apartamento de enfrente. Ella recuerda la reciente mudanza ruidosa, temprano en la mañana, después de meses de oscuridad y silencio. Vuelve el somnífero a la mesita vestida de satén y toma los pequeños binoculares que custodian los retratos de su fugaz gloria.
Un morocho joven con el pelo atado, musculosa ceñida y pantalón negro, ha entrado en la habitación. No hay muebles. Las paredes son espejos y un aparato de música lo aguarda pasivo en un rincón. El muchacho se le acerca y al instante las lucecitas verdes le sonríen. Ni un acorde escapa por el ventanal hermético. El artista se apoya en una barra y comienza, con pliés, su rutina. La mujer queda fascinada: la armonía del bailarín la hipnotiza. Sara va componiendo la música y lo acompasa.
El joven ahora danza en el medio de la habitación. Sus movimientos son apasionados. Gira. Se lanza a un lado y otro. Sus bíceps brillan. Sara lo persigue con los binoculares. Al borde de la butaca, ella es etérea, con pies expertos que la equilibran para acompañar a su partenaire en los grand jetés, en las piruetas, en todas las acrobacias. Un suave perfume de rosas emana de sus retratos y se esparce por la habitación en penumbra. Sara es Odette, el cisne. Y no le duele nada.

A lo lejos, en el comedor, suenan once campanadas del reloj de pie. La presencia de Cora a su lado, sobresalta a la hermana mayor.
—¿Qué pasa?
— No puedo dormir, Sarita, —le murmura Cora al oído, como cuando eran chicas.
—Bueno, acercáte la butaca, vení.
—Te traje chocolates, ¿querés?
—¿Qué?… No, gracias. En un rato… —replica la hermana.
—¿Es el nuevo vecino, no? Yo miraba también, pero de mi dormitorio no tengo buena perspectiva —comenta Cora arrastrando el asiento.
—Sí —responde Sara—. Es un puro deleite verlo bailar.
Cora, resoplando, se apoltrona en la butaca. Desenvuelve con destreza el crujiente papel dorado y se mete un bombón en la boca.
—Sarita, decime, ¿qué está bailando ahora? No me doy cuenta, no conozco ese baile, ¿tu? —pregunta, ajustándose los lentes.
—A ver… Noo. Calláte… esperá… ¿Cóoomo? Se está quitando la camiseta. Mirá, la está revoleando. La largó al piso —relata Sara, inclinándose hacia delante y ajustando el foco con las manos temblorosas.
— Yo distingo el movimiento, pero… ¿será por mis cataratas? Esos detalles no los veo.
—¡Corita!¿Qué hace? ¡Se quitó el pantalón!
—¿Estás segura? —pregunta Cora, casi chocando la cabeza con el vidrio y frunciendo tanto la nariz que por poco pierde los lentes—. ¿Y ahora?
—Se está acercando más al ventanal. ¿Ves? Y sigue bailando. En slip blanco. De frente, más lento. Es muy sensual este chico. ¿No lo ves?
—No mucho. Ay, ahora mejor, sí. Cerrá las cortinas. Por favor, que no nos vea. Me da vergüenza, Sarita.
—¿Qué? ¿Que te da vergüenza? Dejáte de embromar. ¿A esta altura, vergüenza? ¡Por favor! Tenemos show propio —ríe Sara, divertida, codeando a su hermana.
—¿Te parece? Bueno, puede que tengas razón. Pero a Beba, ni una palabra, ¿eh? —concede la gordita sonriendo con picardía. Y agrega con la boca llena—: Mañana pido hora con el oculista.

En camisón de franela blanco, con la cara cubierta de crema y una cruz de nácar colgando sobre el pecho, Beba revuelve su bolsito de medicamentos. Constatando que se ha quedado sin somníferos, cruza al dormitorio de Sara. Sus hermanas, concentradas frente al ventanal, no se percatan de su presencia. A ella le pica la curiosidad. Se acerca, cuidando de no arrastrar las pantuflas. En ese mismo momento el stripper se deshace de la última prenda. Así, como Dios lo trajo al mundo, hace una profunda reverencia y luego sopla besos a sus dos fans que, a las carcajadas, se ponen de pie para aplaudirlo. Beba, apretando contra sí la cruz, chilla—: ¡Ave María Purísima!


Texto seleccionado de octubre (taller de los lunes)

Cuando comencé a andar

Susana Segú

Crecí atada a cadenas de silencio ya que mis padres tenían pánico a una comunicación natural, a un gesto jocoso, a una palabra con doble sentido.

Cuando le preguntaba a papá qué hacían esos animales montados, desviaba la mirada y me decía que solo jugaban. Yo miraba azorada a los caballos, tan ausentes en su pastar, con el miembro flácido al aire, mostrándolo impúdicamente; los perros lamiéndose el suyo, tan pulcros ellos; los gatos después de una brutal pelea por la hembra, con el de ellos tan desigual al de los otros. Y el del gallo ¡puf! tan pequeño.

Cuando mayorcita, escuché repetidas veces que mis cuatro tías solteronas aseguraban que lo único que conocían sobre este tema era el de bronce del David.

La estampa austera de mi cuarto de niña solo estaba alterada por la presencia de una cunita de cesto; ahí, un muñeco de goma de ojos móviles, que después de haber dragoneado meses en la vidriera de una juguetería yo misma me regalé. Estaba rebajado porque sus puños se habían agrietado al sol. Junté el dinero con esmero y cuando volví a casa estaba feliz de tener en mis brazos la simiente de mi instinto maternal. Era mío, le inventé ropa, lo arropé, lo mimé. Mamá me espetó que ya era «una grandota» para eso, que tenía que estudiar.

Los eslabones que me ataban iban cediendo a mis ansias de descubrir secretos. Algo decían los ruidos de la noche, en la pieza de mis padres. Con mi hermana, después de acallar la risa y los nervios, nos íbamos descalzas hasta el tope de la escalera, pegado a su puerta. Nos tentábamos por la torpeza. ¿Qué veríamos? Nada, por supuesto, pero escuchábamos otras palabras, otros tonos. Aprendimos que había otros contactos y que había suspiros que se desprendían del alma por el juego del placer de dos cuerpos jóvenes. Yo volvía a la cama con más peso, con los ojos muy abiertos por la incertidumbre misma, por llevar una mochila vacía de información. Nos entregábamos a nuestras luchas de gurisas para que el sueño nos rindiera.

Mi muñeco seguía durmiendo, ajeno a los cambios en su madre. Algo abandonado, no supo llorar o reírse cuando ella, ya con incipientes alas de fragilidad, aprendía a volar picoteando información, animándose a buscarla, saciándose al encontrarla. Mi amiga del liceo compraba todos los meses una revista sobre sexualidad y yo hice lo mismo. Las atesoraba en escondites seguros y en la cama deglutía la información como si comiera el más delicioso manjar. ¡Tal era el hambre!

Cuando comencé el liceo, doce años, mamá aún nos lavaba la cabeza. La ceremonia incluía una pastilla nueva de jabón Bao y un platillo con un limón en mitades para el enjuague, así el pelo quedaba brilloso y suave. Zambullida en agua siempre muy caliente y bajo la presión poderosa de sus manos, ahogada casi con la espuma del jabón, me dijo que no sería raro que un día de esos tuviera la ropa interior manchada de sangre. Que eso era que me estaba desarrollando («¿Y qué era estar desarrollándose?»). Me explicó que encontraría en el ropero lo necesario para proteger mi ropa interior. Me imaginé las piezas íntimas, iguales a las que ella religiosamente extendía al sol cuando se manchaban. Ni comentar con mis amigas del liceo, tan despiertas e informadas, no fuera que el ridículo me comiera el alma. De todas formas sentí haber tenido a mi madre cerca por un instante.

En mi cuerpo de casi niña, me enamoré; me zambullí en el placer del amor solo intuyendo. Ese silencio lleno de sensaciones me empujó a saber que transitarlo me llevaría al supremo destino de mi vida.


Texto seleccionado de septiembre (taller de los martes)

Cinco de cinco

Soraya Herrera

La casa de mi mamá nació alborotada y pachanguera. Ella sabe poco de silencio, de voces bajas y secretos, aunque si es preciso les cede algún rinconcito. Su cocina no conoce de mesura o de dietas, tampoco las palabras «poquito» o «chiquito». Sus paredes invitan a cantar, gritar, tomar, comer, reír o llorar sin filtros ni vergüenzas. Toda ella honra al pasado adueñándose del presente y abriéndose entusiasta al futuro en un constante fluir que la mantiene vital y palpitante.

Es un alegre camaleón que ha sabido sobrevivir su paulatino vaciamiento gracias a su capacidad para cambiar de color. Aunque regreso siempre a la misma dirección donde me abrazan los mismos cuadros, los mismos relojes, el mismo espíritu, los cambios han sido tan dramáticos que ya no es más aquella casona que mi padre proyectara para una familia de seis, sino tres pintorescos departamentos. Mi mamá ocupa la planta baja, es dueña y señora de la sala de cien metros cuadrados y la cocina de setenta que le dan la seguridad de seguir recibiendo a sus hijas, familia y amigos sin escatimar en cupos.

Esa primera mañana bajé las escaleras a oscuras y en silencio rumbo a mi primera taza de café. La emoción de estar de este lado del mundo y la diferencia horaria entre Uruguay y México atropellaron la posibilidad de dormir a mis anchas. Atravesé la sala en puntitas de pie, cuidadosa de no despertar a mi embarazada hermana que dormía enredada a su esposo en un futón. La casa entera se había convertido en un campamento y el hospitalario dicho de mi mamá, «de pared a pared todo es cama», era una tangible realidad. A esas horas reinaba una frágil quietud, la que se haría añicos ni bien se despertara el siguiente dormilón y se desatara la cadena hasta alcanzar el volumen esperado para estas ocasiones.

No pasó demasiado tiempo hasta que todos estuvimos en la cocina. La barra tan generosa le daba albergue a los fuegos y a cuanto quisiera rodearla para cocinar recuerdos o compartir proyectos. Las cazuelas en las hornallas gorgoteaban alegres imitando el cacareo de tanta mujer junta. La emoción que nos provocaba el logro de haber coincidido tres de las cuatro hermanas, y que al encuentro se hubieran sumado mi tía y mi prima, nos tenía en permanente alboroto. Hacía ya años que nos habíamos desperdigado por el mundo y coincidir se volvía cada vez más difícil: tres cuartas partes era un número exitoso. Endy, único representante adulto del género masculino, lucía orgulloso como ninguno el mandil a cuadritos de mi madre y los cuatro varoncitos menores de cinco años nos mantenían sin descanso con un ojo al gato y otro al garabato; su sola presencia era el presagio de que la era del matriarcado podría estar tomando rumbos diferentes para la siguiente generación.

Este encuentro giraba en torno a la barriga de Lorena, una barriga que resultó muy poderosa. Ya habíamos aprendido a aceptar que no siempre se puede coincidir en los momentos importantes: Vanessa no pudo ir a mi boda, yo no pude ir a la de Lorena, Paola bautizó a sus hijos sin nosotras y la urna con las cenizas de mi papá vivió en su librero casi un año, esperando hasta que pudiéramos juntarnos para llevarlo a Chihuahua. Esta vez mi madre, que tan buen olfato tiene para las necesidades espirituales de sus hijas, supo leer que el viaje de Lorena embarazada desde Alemania tendría que coincidir con uno mío.Así, sin más, mandó un pasaje a Montevideo y se regocijó saboreando la sorpresa que les daría a mis hermanas cuando me presentara, como si nada, a la gran reunión familiar que tenía planeada por esos días. Café va, café viene, una quesadilla con aguacate por aquí, unos huevitos revueltos por allá, todas reconstruíamos la cara que había puesto Lorena el día anterior cuando me le personifiqué cual aparición divina entre un grupo de personas a las que ella iba a saludar. Cuando enfocó bien y se dio cuenta de que no era una alucinación, sus ojos se abrieron cual platos soperos, sus pasos se tambalearon para atrás, sus manos alcanzaron su boca. Pasado el susto, nos abrazamos y lloramos como si siempre nos hubiéramos llevado bien. Como si la historia de tantos años de pleitos entre hermanas no hubieran existido, como si no hubieran volado ceniceros cual armas letales entre nosotras, como si naturalmente hubiéramos tenido la certeza de que el tiempo, la distancia y lo vivido nos harían borrar las diferencias que alguna vez consideramos irreparables.

Estábamos juntas y mi mamá no podía estar más contenta. Al menos eso pensaba antes de ver pasar por la ventana una colorida figura femenina que abrió de golpe la puerta de entrada:

­ —¡Qué! ¿Ya no hay lugar para otra más?

Lorena, Paola, mi mamá, la tía Alma, la prima Lisette, Endy, las menudencias y yo pusimos los mismos ojos de platos soperos, nos tambaleamos para atrás, nos llevamos las manos a la boca y corrimos a abrazar a mi hermana Vanessa, que de alguna forma se las había ingeniado para hacerse de dos días y llegar sin aviso con un ramo de flores desde Los Ángeles . Esta vez la más sorprendida resultó ser mi mamá. La tan aficionada a regalar y desperdigar su magia por doquier no podía emitir ni un sonido, señal de que la sorpresa la había realmente rebasado. Sus ojazos verdes centellaron por largo tiempo calladitos, mirando cómo sus hijas iban sintonizando el latido de sus corazones a un solo ritmo, al ritmo de su casa.

cinco de cinco


Blogs de integrantes del taller

En septiembre nos aventuramos en un viaje distinto, directamente relacionado con la escritura pero sin serlo: la creación de un blog personal para cada participante de los tres grupos presenciales, de modo de que cada uno tenga a partir de ahora cierta “independencia editorial” para dar a conocer sus textos. La experiencia fue increíble. Una veintena de planetas flamantes se sumaron a la -para algunos, hasta ese momento- misteriosa blogósfera, y comenzó una interacción interesante, visitas cruzadas, tips compartidos y recursos descubiertos.

Lo más gratificante fue comprobar que aun la gente mayor de sesenta años es capaz de entendérselas con estas nuevas herramientas si se les explica adecuadamente qué pasos dar (¡y eso a pesar de protestas infinitas o declaraciones de incompetencia que resultaron falsas al final del proceso!). Ahora todos estos participantes del taller autogestionan sus publicaciones en línea y tienen la posibilidad de compartir lo que escriben más allá del ámbito privado de nuestros grupos.

Esta aventura cibernética estuvo acompañada de orientación para promover el blog una vez creado utilizando alta en buscadores, redes sociales e intercambio en foros: existir en la gigantesca telaraña de internet. Los invitamos a darse una vuelta por estos espacios personales de escritura, que comenzaron en torno a dos consignas colectivas: mini ficciones con la temática de los cuentos de hadas (serie Sapos y princesas) y relatos breves de viajes pasados (serie On the road). Los blogs están listados como directorio en una sección fija de esta bitácora para que puedan visitarse.

Nuestros escritores tutelares, espíritus habitantes de otros tiempos, sin duda se hubieran sorprendido con estas nuevas herramientas que hasta a los nómadas digitales nos siguen pareciendo de otro planeta. Hoy, para quien  escribe, saber moverse en internet, hallar información y tejer redes, pero  sobre todo dar a conocer lo que se hace (sin depender de editoriales inaccesibles ni gastos de autopublicación) es cada vez más necesario: se va convirtiendo en parte importante del formato material de la creación literaria. Tan indispensable como antes lo fueron el papel, la pluma, la tinta misma. Aunque el alma de lo que se escribe, claro, no venga incluida en el paquete.

dante

Texto seleccionado de noviembre (taller de la tarde)

La bufanda roja

Stella Vazquez

bufanda

Con el pasaje en la mano, tironeando del bolso y abriéndome paso entre la muchedumbre, llegué al ómnibus que estaba por partir. Entregué el equipaje y el conductor hizo señas para que me apurara. Subí y pedí disculpas. Mientras buscaba el asiento, me llamó la atención la cantidad de pasajeros: eran pocos, quizás doce y estaban sentados del lado de la ventanilla; pensé que subirían más en alguna parada del recorrido, como había pasado otras veces.
Al salir de la terminal, me extrañó pasar por calles desconocidas, entonces pensé que tal vez hubiesen cambiado el recorrido. No había nadie sentado a mi lado; en realidad no había nadie a mi alrededor. Decidí contemplar el despertar de la ciudad y repasar el programa de la jornada, esperaba que esta vez los aparatos funcionaran bien. Palpé el portafolio y suspiré al sentir los adaptadores.
Poco a poco el gris iba dando paso al verde; yo seguía sin reconocer el camino, traté de hacer memoria y la única respuesta era que nunca había viajado sola a esa hora.
Estaba inquieta, trataba de encontrar alguna señal de dónde estaba: el sendero de las palmeras, la portera de la casa blanca, la estación de servicio. Nada, nada, nada.
Al llegar a una radial, el conductor dejó la ruta y tomó por un camino de balasto. Ahora sí, iba tomando conciencia de no estar dónde tenía que estar. Caminé por el pasillo mirando a los pasajeros, todos parecían muy confiados en el destino, se habían entregado a Morfeo en una sinfonía opaca y disonante. Dando tumbos llegué hasta el conductor.
—¿Falta mucho para llegar a Buenhora? —pregunté tratando de mantenerme en pie.
—Este recorrido termina en Pombino —contestó sin mirarme.
—¿Pombino?
—Sí, Pombino.
—¿Y dónde queda eso? —pregunté entre angustiada y sorprendida.
—En Pombino, dos pueblos más adelante —y detuvo la marcha.
Cuatro somnolientos hombres me saludaron tocando el borde del sombrero y bajaron acomodando las palabras, los gestos, el paso. El conductor pidió permiso y también bajó. Caminé hasta mi lugar y vi cómo los que estaban abajo, al mirarme, movían la cabeza y sonreían. Los otros, al parecer, descenderían en el próximo pueblo. Uno de ellos se paró para bajar una caja atada con varias vueltas de hilo sisal, me miró de reojo y susurró algo al que trataba de ayudarlo. Imaginé que hablaban de mí; sentí frío, tomé la bufanda roja y la envolví alrededor del cuello. La suavidad de la lana entibió mis temores, tenía que pensar qué hacer. Lo primero sería avisar lo que estaba pasando, busqué el celular pero no tenía señal: había olvidado cargar la batería. ‹‹¡Pombino! ¿Dónde diablos queda Pombino? Pronto empezará el encuentro, se preocuparán, pensarán que pasó algo… ¡y vaya si ha pasado! Tomar el ómnibus equivocado, no lo puedo creer…››.
Miré por la ventanilla. El cartel con el nombre del pueblo estaba oxidado, solo podía distinguir la última letra, una «N» blanca raspada que dejaba ver el fondo verde.
Los hombres bajaron sin apuro, uno rengueaba. Descubrí que no todos eran hombres: había dos mujeres, una rubia y otra castaña, que desaparecían debajo de los abrigos gruesos, largos, oscuros. Llevaban gorros de lana, algunos pelos sueltos les ondulaban en el viento. El conductor les dio el equipaje, siguieron a los otros que ya estaban cruzando la vía. El ómnibus arrancó; giré la cabeza, quería encontrar una mirada, un saludo suelto en el aire, pero pronto fueron un bulto, un punto, nada.
*
Al llegar a Pombino averiguaría cómo llegar a Buenhora y buscaría un teléfono. En un rato el sol no daría sombras.
—Última parada —dijo el conductor y los frenos chirriaron.
Avancé por el pasillo, mirando para no olvidar algo.
—¿Aquí es Pombino?
—Sí, le alcanzo el equipaje, permiso —dijo haciéndome a un lado.
Al entregarme el bolso le pregunté dónde estaban las oficinas.
—No hay, solo es un puesto de llegada y salida —contestó cerrando el ómnibus.
—Pero … ¿cuándo sale el próximo viaje?
—Mañana —subió el cierre de la campera, se fue silbando.
Desconcertada miré alrededor. Un muro alto de bloques y ladrillos impedía ver lo que había más allá del portón por donde había desaparecido el conductor ante mi desesperación.
Caminé hasta la única salida sin darme cuenta de que arrastraba la bufanda roja, sentía la boca seca y el portafolio pesaba más de lo que recordaba.
Empujé el destartalado portón de tablas apolilladas, desvanecidas; en la maniobra, enganché los flecos de la bufanda en un clavo, pero logré sacarla sin dañarla; la sacudí mientras miraba un camino amplio rojizo que llegaba hasta las primeras casas. Avancé sin mirar atrás: un silencio de pedregullo golpeando los zapatos me acompañó hasta la primera esquina, una ola de maldiciones explotaba en mi boca.
No sé si estaba en medio de Pombino, lo qué sí sabía era que nunca me había sentido tan sola, estaba a punto de llorar cuando percibí la sombra de una mujer.
Parecía que caminaba lento pero sin embargo movía los pies ligero, era baja, redondeada, un chal violeta le cubría la cabeza y la mitad de la espalda algo encorvada.
—¿Necesita ayuda? —dijo tocándome con la mirada.
—Sí, necesito un teléfono.
—¿Me da propina? —y extendió la mano.
—Sí, claro —sonreí y le di una moneda de cinco.
Ella empezó a caminar, la seguí por las calles adoquinadas, sentía el viento y el polvo en los ojos. No veía a nadie, las casas estaban en silencio, las puertas cerradas, algunas ventanas tenían corridas las cortinas, otras estaban guardadas por postigos toscos.
La mujer señaló un edificio, pude leer ‹‹Lo María››, crucé la calle, di vuelta para saludar, otra vez estaba sola.
La puerta cedió con un quejido. El lugar estaba en penumbra, a pesar de la hora que era. En un sofá azul un gato dormía enroscado, el reloj marcaba una hora que había sido o sería. Un mostrador de madera cortaba la habitación en dos y por detrás colgaba la cortina de tiras de plástico; algo como un olor rancio brotaba de las paredes turquesa que en algunas partes dejaban ver el rosado anterior.
—Hola, buenos días —y toqué una campana que señoreaba en la pared.
Entre las tiras de colores apareció una anciana vestida de negro; tenía la mirada quieta, la boca era una línea en un mar de arrugas.
—¿Tiene teléfono?
Sin contestarme se agachó detrás del mostrador, dejó apoyada la mano izquierda sobre la madera gastada. Tenía la piel salpicada de manchas y surcada por venas gruesas verdes moradas, las uñas desparejas; surgió con el aparato anaranjado junto al pecho. Con voz seca me dijo que hablara poco; luego, arrastrando los pies, se alejó por el pasillo.
Después de varios intentos logré comunicarme con el coordinador del encuentro; me dijo que trabajaría en mi lugar y yo lo haría el próximo fin de semana. De todos modos, tendría que ver cómo pasar el resto del día, todavía más, dónde pasar la noche.
Volví a tocar la campana, escuché los pasos marchitos.
—¿Sabe dónde puedo alquilar una habitación hasta mañana?
—Tengo una —dijo mirando el tablero cubierto de llaves.
—¿Puedo verla?
—Sígame —y la seguí.
De uno de los bolsillos del vestido sacó un manojo de llaves. Cada una tenía enganchada una chapa con un número; las miró sin apuro, tomó una y abrió la puerta. El moho dibujaba formas extrañas en el techo; corrió la cortina verdosa de la ventana, la luz del mediodía reveló la capa de polvo que cubría los muebles.
—¿La quiere?
—Sí, ¿dónde está el baño?
—Allí —señaló una puerta que yo pensaba era el ropero.
María se fue. Saqué la toalla del bolso, me lavé las manos, la cara, tomé un poco de agua deseando no me hiciera mal. Salí; tenía hambre, quería hablar con alguien.
No sé cuánto anduve hasta que encontré la plaza. Gorriones y palomas bebían agua de la mano de la sirena en la fuente de mármol; junto a los canteros de malvones los bancos de hierro y madera estaban vacíos; en las esquinas los álamos mecían secretos. Nada había cambiado, el viento seguía mis pasos, mis pensamientos, todo olía a tierra seca. Pero sentía que mil ojos me acompañaban.
Seguí caminando sin rumbo. Los zapatos de taco alto comenzaban a molestarme, escondí la mitad de la cara detrás de la bufanda roja.
*
Escuché pasos, me detuve, miré hacia atrás. Eran María y la mujer del chal violeta, movían las manos para que las siguiera. Así lo hice. Me sentía cansada.
Cuando llegué a ‹‹Lo María››, las dos mujeres me esperaban al pie de la escalera. Las seguí. Ahora la puerta estaba abierta; la habitación olía a lavanda, la cama estaba cubierta por una colcha blanca de algodón, las fundas de las almohadas lucían puntillas anchas de hilo, el polvo había desaparecido, la ventana parecía más grande con la cortina de voile. En el baño las toallas estaban esponjadas y había jabón perfumado.
Bajé para agradecerles, pero no las encontré. Entonces decidí ducharme, ansiaba el agua; luego buscaría un lugar para comer.
Frotaba la toalla en el pelo cuando escuché voces que venían de la calle. Me asomé y pude ver un grupo de personas que miraban hacia mi ventana. Levantaban las manos, llamaban a otros que venían corriendo y quedaban parados mirando, mirándome.
Traté de vestirme rápido, pero me sentía torpe, nerviosa. Me miré en el espejo, estaba pálida. Deslicé el pelo hacia un lado, crucé la bufanda roja sobre el cuello, la dejé caer sobre los hombros.
Bajé la escalera aferrada a la baranda, la puerta estaba abierta, en la calle el gentío se apretujaba.
María se acercó y me dio un portarretrato. Desde la foto, una mujer con una bufanda roja se miraba en mis ojos.

Texto seleccionado de noviembre (taller de los martes)

Misericordia

Raquel Nuñez

La duna, muralla incandescente, enemiga, crepita fuego. Se interpone frente al alivio. Es la gran prueba, la final, tal vez.
El hombre la mira y los ojos encandilados se le enturbian. Montado sobre el camello, siente un vahído y le parece que viene del animal. Este, luego de un instante de vacilación, quiebra su paso para caer de rodillas, desplomado.
Cuando se da cuenta, el hombre está mascando arena, revolcado en el colchón blando e hirviente. Solo. Perdido.
Se deja estar, hundido en su desazón, hasta que el sentimiento se convierte en nada.
Con los brazos en cruz y la carne floja, tan sólo está ahí, fundido y entregado. El sol hace crujir la tela de su túnica, pincelada de mar profundo en el lienzo de arena destellante.
A través de los párpados cerrados, mil chispazos le danzan cual djinnes fulgurantes del desierto.
El sonido gutural de su compañero de trajines lo reaviva. Se sobrepone y gateando se acerca. Tantea sus alforjas de largos flecos multicolores en busca del recipiente de agua, que todavía guarda.
Vuelca algunas gotas en los labios del animal, que lo mira con ojos ardidos.
Destina otras para él.
El cuerpo, hábil economizador de humedades, las redistribuye.
Las piernas responden, lo levantan. Algunas palabras salen de su boca para alentar al animal.
Los dos, una vez más, lo intentan.
El hombre del desierto y su camello, un punto añil y un punto marrón, avanzan, paralelos, sin expectativa, sin angustia. Nada más entregados a su marcha.
La duna los ve y en su gran misericordia comienza a tenderles sus dedos oscuros.
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