Texto seleccionado de noviembre (taller de los martes)

Sin fruta será

Carolina Temesio

En la dirección ansiada, me encandilaron reflejos de sol poniente. Estaba sola y me detuve; necesitaba decidirme para continuar avanzando. De a ratos me parecía que el camino debajo de los pies era el equivocado, pero sabía que la certeza de avanzar no siempre se lleva bien con el recorrido desparejo. Me distraje persiguiendo hojas secas en el aire, planeadoras demoradas que intenté atrapar, suspendidas eternas del propio movimiento que las precipitaba al piso. Quise salvarlas antes de que se unieran al barro, al humus orgánico indisociable en el que se cocina nueva vida. Mi mano de trayectoria fugaz juntó sus pedazos en ningún pedazo y se deshicieron. Recordé que tenía que seguir.

El ciclo de noche y día distorsionaba la luz que ya se iba corriendo y el camino parecía lleno de pausas, de motivos para sentarse y sembrar. Me tentó esa idea de la siembra, aunque sabía que era lo contrario a avanzar. No, entonces mejor avanzar. Mejor usurpar frutos que otros han plantado, que cuando llego ya están maduros y jugosos. Elijo a cuál árbol treparme. Subir, rasparme las rodillas con la corteza irregular, ceñirme a una rama tembleque que se comba como protestando. El suelo queda abajo, no me retiene, me deja elevarme y veo cuántas hojas llenan el barro. Que es más largo el pedazo de cielo desteñido, que no todo está húmedo, y que las frutas que otros han plantado me calman la sed y el hambre. La pulpa ácida me colma y me detengo. A ese árbol que me sostiene no lo he plantado, ni a ningún otro.

Podría quedarme acá unos días, meses, esperar a que el carozo de este fruto que termino de engullir se hunda en el barro, que algunos soles lo crezcan y acaso se vuelva árbol. Podría plantarlo. Lo planto, me quedaré esta noche, será muy pronto para ver que se pudra y se seque y sea semilla de afuera hacia adentro. Necesitaría un pedazo de tierra que no esté lleno de hojas, que le den los soles. Voy a buscarlo y me convenzo de que varios metros adelante hay un buen lugar, despejado, con suelo menos gredoso, no tan oscuro, no tan húmedo. Se me van las manos hasta él removiendo la tierra y dejo la simiente. Esta noche me quedaré aquí, me quedaré dos noches, media docena de noches, hasta el verano que viene. Me duermo sintiendo el latido de ese entorno. Todavía no llueve, lloverá mañana. Estoy a una nada del agua que caerá sobre mis pies secos.

En cuanto me despierto, siento que ya no hace tanto frio y me descubro las telas gruesas. Un poco de sol se esparce queriendo ser generoso. Apenas me muevo, veo que no indiqué el lugar en donde puse anoche la semilla. No importa, no hará falta: ni bien brote identificaré la hoja con solo volver hacia atrás a mirar el árbol de los frutos ácidos.

Junto mis cosas, esparzo las hojas secas que quité para dormir y camuflo mi presencia de manera de que ya nadie pueda encontrar dónde he pernoctado. Miro el camino hacia adelante. Estornudo tres veces seguidas y lo sigo, buscando el calor, sin mirar para atrás, sin dejar nada, sin recordar el lugar donde ayer pensé sembrar. Sin siquiera volverme.


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Texto seleccionado de noviembre (taller de los lunes)

Renacer y morir

Edgar Dattoli

La crisálida ya es casi transparente, señal de que pronto todo estará listo para la partida. Desde un árbol cercano, el murciélago observa y espera ansioso el despertar de su banquete. En la oscuridad, el lobo con ojos de fuego acecha con sigilo a un pequeño lince, quien ya tiene sus patas traseras flexionadas y listas para el salto, a punto de hacer del murciélago un bocado digno.

«Ya es hora», piensa el búho mientras observa la escena desde la copa de un árbol.

La crisálida florece y el insecto, aún débil, deja asomar sus antenas y luego su cabeza. Con esfuerzo logra sacar todo el cuerpo. Enseguida extiende sus magnificas alas, ya plenas de color; solo necesita unos instantes para fortalecerse y emprender su viaje. El murciélago se percata del movimiento y se deja caer para volar en busca de la presa; en ese instante el lince salta y, detrás de él, los ojos incandescentes del lobo.

El silencio frágil se quiebra con gritos de bestias, ramas rotas, chillidos y aletear de pájaros que huyen desde otras copas. Luego silencio otra vez.

El búho gira completamente su cabeza a un lado y luego al otro, como inspeccionando los alrededores; deja su rama y aletea con gracia sobrevolando el lugar.
La escena está manchada de rojo por todas partes. Huele a tierra, algunas hojas caen y débiles quejidos se pierden en la brisa.

Cuando la nube de polvo y hojas se disipa, el búho logra ver al murciélago que yace sobre una piedra apenas vivo, herido de muerte por un certero arañazo en el cuello provocado por la garra del lince. El lobo sacude sus patas traseras, pero solo es reflejo post mortem: la ansiedad del salto en busca de una presa fácil lo enfrentó por sorpresa a una rama fuerte que ahora atraviesa su corazón. En su boca cuelga el cuerpo del pequeño lince con el cráneo aplastado por una mordida precaria, pero fatal.

Luego de rodear la escena dos veces, con oscura habilidad y elegancia sombría, el búho se posa frente a la mariposa, que aún vive. Pero a merced del ave y sin fuerzas para volar.

El cuerpo no es más que un medio de volverse temporalmente visible.
Todo nacimiento es una aparición.
AMADO NERVO


Texto seleccionado de noviembre (taller jueves): COSECHANDO MORRONES

Cosechando morrones

Ana Arjona

Me desperté angustiada, al igual que en los últimos meses.
No quería abrir los ojos, como si por esa mera voluntad pudiese volver a caer blandamente en el sueño. Pero la vigilia, despiadada, no me dejaba volver atrás.

A medida que la lucidez avanzaba, la pena era una marejada alta que iba y venía, una muralla de lágrimas en la que me ahogaba sin remedio. Cuando llegó a algún lugar cerca del corazón- tal vez al plexo solar- encalló, mansa, clavándose y doliendo.
“Pobrecita, pobrecita”- repetí en oleadas de angustia oscura.
Respiré profundo y busqué fuerzas de algún lado, de algún espacio sano de mi alma, para poder levantarme. Pero no acudían prestas, demoraban. Tuve que hacer esfuerzos grandes, sobreponerme al desánimo, pelear con uñas y dientes para no perder los pocos trozos de voluntad que encontraba dispersos dentro de mí. Ella rondaba, adherida de melancolía y desesperanza.

“Tengo que cosechar morrones”. Me tiré de la cama y me metí a la ducha.
Afuera caía una lluvia fina. Los pájaros, indiferentes, charloteaban. La mañana no lograba descorrer sus velos, como si se le hubiera atascado un único telón gris e impenetrable. La fronda oscura de la magnolia parecía empujar hacia arriba sus flores que abiertas en el aire como blancos veleros navegaban sobre ella.
Quise ser una flor.

“¡Que me lave el agua!, ¡que me lave!, aunque más no sea el cuerpo.”
Después me sequé y me vestí con la ropa descuajeringada de trabajo: el pantalón de jogging gris, manchado de pintura y herrumbre, fino de tanto uso, la camiseta azul de mangas largas, las medias gruesas de tela esponja.
Pasé por la cocina aún en penumbras y me serví un vaso de agua tan triste como el día.
En la despensa me calcé las botas de goma y descolgué la campera de lluvia. Tomé la bolsa de las herramientas, la coloqué al hombro en un movimiento impensado, rutinario, y salí al campo.
En el aire mojado viajaban corpúsculos de polen y polvo. Un espeso aroma a tierra envolvía las casas. Las hojas que el viento había tirado en la noche yacían como pequeñas islas sobre el pasto.

Anduve los sesenta metros por el camino del oeste que bordea las construcciones viejas y la cava. Las piernas me pesaban como el alma. Los arces sacarinos, en fila, apenas manchaban el piso con sus pequeñas sombras. El viento marrón les removía las cabelleras.
Una bandada de palomas se alzó desde las desportilladas ventanas y dejó sus gritos alocados colgados en los árboles. Los perros, que me seguían el paso, se les abalanzaron, pero quedaron con las fauces golpeando en el vacío.

Detrás del galpón, contra el cielo de plomo, el invernáculo era una gran iglesia verde; una enorme nave sobre el campo, armada con ciento diecisiete postes de madera, unidos por tijeras y soleras también de madera, como esos pasatiempos en los que hay que juntar los puntos para descubrir el dibujo. Envuelto en nylon transparente de gruesos micrones, solía levantar tanta temperatura que a las nueve ya no se podía estar en él, a pesar de su altura y de la cantidad de cortinas que se abrían para ventilarlo.
Esa mañana una luz fría lo iluminaba.
Sobre los cuarenta y ocho surcos de treinta y dos metros de largo, otras tantas paredes vivas elevaban sus tallos, zarcillos, hojas y frutos, enredándose en las estructuras de alambre.
Despedí a los perros y me lancé a su interior.
Un murmullo vegetal sacudió la gran construcción. Acerqué cajones vacíos a las puntas de las hileras y me sumergí, podadora en mano, en busca de soles verdes y rojos que cosechar.