Algunas imágenes de Letras del Sótano 2012

Relato de trenes: El pasajero


El pasajero

Vesna Kostelich


El tren silba y retrocede lento como un dromedario agobiado por la rutina del ir y venir siempre por los mismos rieles. En pocos segundos, el torrente de pasajeros se escurre hacia la ciudad. Sólo un hombre ha quedado en el andén. Es un recién llegado pero tiene la apariencia inocente de quien sigue esperando a alguien que no ha venido.

Usa un traje claro, de color indefinido, entre verde y gris. El hombre lo lleva bien, con elegancia, aunque le queda un poco grande, como si el hombre hubiera adelgazado o como si el traje fuese prestado. El modo prolijo que tiene de moverse así vestido tiene algo del cuidado por las cosas que se adquiere por la carencia y no por la abundancia de ellas.

Ahora se dirige a la salida. La estación cóncava repite el eco de sus pisadas hacia el gran salón.

Se lo ve agobiado, sin ganas de llegar. Tiene la mirada de quien no quiere pero debe acudir a una cita. Pero el hombre parece ignorar el tiempo y camina sin apuro hacia esa ciudad hecha de relojes. Aunque carga solamente una maleta y el impermeable, el peso del alma que arrastra no lo deja ir muy lejos.

Se sienta en el banco de cemento y mira alrededor como tratando de que sus sentidos se acostumbren sin trauma al nuevo destino. Ha quedado sentado en una posición torcida, transitoria, pero no la cambia.

A pocos metros, el viento arrastra los envases plásticos y la basura liviana que se arremolina en un rincón. Dos niños juegan sentados en el piso. El viento les revuelve el pelo lacio. Uno es moreno y su cabello brilla como el de un caballo salvaje. El otro es más blanco que el azúcar. Tienen la misma edad, no más de siete u ocho años. Tiran algo contra la pared, lo recogen y se ríen, ese parece ser todo el juego. Junto a ellos un gato viejo hace guardia. Tiene los ojos vacíos pegados de moco.

El hombre los observa con el mentón pegado al pecho; algo en su mirada ha viajado a otra época, los ojos han adquirido cierta curvatura de asombro o perplejidad como si se recordara a sí mismo o a otros niños en otro sitio y otra época. Tal vez quiera llorar pero no puede o no sabe hacerlo; en cambio, cierra los ojos.

El aire le trae el rastro amargo del hierro de las máquinas y junto con él, el vaho intermitente de la ciudad que está allá afuera. Un poco se recuesta en el respaldo, afloja el puño del maletín y se deja inseminar por la brisa y los datos que ella siembra. El humo de los escapes y el barro sulfuroso de las zanjas, la perfidia de los perfumes caros de las putas caras, la violencia de la grasa de los puestos de comida, el sabor metálico del dinero que va de mano en mano.

En el otro extremo del salón, la puerta mecánica deja entrar el rugido de la ciudad. Es posible que del otro lado, más allá de las autopistas y los puentes, un hombre vestido como él lo espere para extenderle una mano floja sobre el escritorio de una oficina iluminada con luces de neón.

Pero el hombre de la estación no parece querer acudir todavía. Ha quedado anclado en su respiración como un barco hundido en el fondo del mar. Quien lo observara desde el techo abovedado, ratas o palomas, vería un punto sobre el banco de cemento; un punto detenido sobre el guión gris que separa el pasado del presente.

Ahora el hombre incrusta su nariz en el hueco del pecho y levanta un poco la camisa. En esa carpa vive todavía la memoria cálida de lo que fue hasta ayer. Es como abrir una carta de despedida para volver a leerla. Está el hedor de sus sobacos montado encima de un jabón que ya no usará, el aroma puntiagudo y amarillo de la ropa secada al sol, el de su piel que todavía recuerda a una mujer que ya ha empezado a olvidarlo.

Catarata de textos destacados en los talleres!

Con mente optimista, presentarse a un concurso literario implica un 99.7% de posibilidades de que no pase absolutamente nada. Eso sí, si algo es seguro es que el otro .3% restante sólo es posible cuando uno se presenta. Claro, sabemos que no todos los concursos se manejan de buena fe, a veces responden a políticas editoriales, e intervienen todo tipo de factores extra literarios que pueden llegar a determinar que textos excelentes sean ignorados cuando otros, mediocres o comerciales, son aplaudidos. Pero la chance siempre está –en tanto se compre el billete de lotería–, y finalmente lo importante es el entrenamiento interior de presentarse, el proceso de lograr hacerlo, el desapegarse del resultado.

Con esa visión, que es la de esta propuesta creativa, hoy podemos celebrar un montón de premios o destaques de participantes de los talleres de Gabriela Onetto en los últimos meses. El de Mariela Etchart, participante del taller de historia personal de febrero y del taller virtual de mitología y escritura, en el concurso de Cooperativa Bancaria y Biblioteca Nacional, con mención entre 720 relatos. María Inés Dorado, participante de historia personal 2006, con mención en el concurso Paco Espínola que tuvo una inesperada participación de más de mil relatos. Gabriela Morales, del taller presencial de los jueves, que resultó finalista en el concurso organizado por el Hospital Británico (y en cuyo jurado está el excelente escritor Rafael Courtoisie). Vesna Kostelich y Ana Arjona, también de los jueves, finalistas en el concurso internacional organizado por Schering y Editorial Santillana, “Mujeres con hormonas”, junto a la propia Gabriela Onetto. Estos últimos dos concursos tienen aún pendiente el anuncio de su fallo, pero por aquí los festejos por las distinciones ya logradas han sido abundantes! Felicitaciones, especialmente a quienes logran el primer estímulo en un concurso y serán publicadas por primera vez: que sirva como motivación para mostrar lo que escriben y presentarse a nuevas convocatorias… por aquella remota posibilidad del .3% que sólo puede entrar en juego *estando allí*!!!

Con permiso de las autoras, próximamente iremos publicando estos textos aquí en la Bitácora del taller. Menudas escalas en el viaje…

Relato de brújulas: Viaje de ida


Viaje de ida

Vesna Kostelich


Con menos pena que gloria, dejamos atrás la puerta giratoria del Bedford Hotel. Las maletas ya están en el baúl. Elisa sube primero y se corre hacia la derecha para hacerme lugar.

El taxista parece recién llegado de Nueva Delhi. Tiene el pelo rapado y canoso y un bigote delgado como un guión sobre los labios.

-Al aeropuerto, por favor- digo impostando un inglés y unas ínfulas que me quedan grandes.

-¿Al Kennedy?- pregunta Gandhi con sus ojos aceituna clavados en los míos desde el espejo retrovisor. Yo asiento con un ajá de diva y echo la cabeza hacia atrás, hasta hacer tronar las articulaciones de la nuca.

La conferencia terminó ayer y viajamos para unas vacaciones que empiezan en París y no sé dónde terminan. Todavía no puedo creer que voy a tener a Europa debajo de la suela de los zapatos. Sin embargo, actúo como si cruzar el océano fuera un trámite de rutina. Lo de siempre; por temor a los nervios y al ridículo, me hago la entendida y me pierdo la emoción del estreno.

A mi lado, con los lentes redondos sobre la falda y el palito de la máscara para pestañas en la mano derecha, Elisa trata de consumar el maquillaje inconcluso sin perder la vista en el intento. Me gusta viajar con ella. Tenemos el mismo malhumor introvertido por la mañana y nos respetamos solidariamente las manías de la convivencia.

Un poco hundida en los asientos de cuero blanco, me acomodo a la modorra del trayecto. Las personas conducen enfrascadas en sus pensamientos, tal vez escuchando la radio, pensando en el tedio del día o soñando con la Mona Lisa, como yo.

El cielo blanco me lastima la retina. Tengo que cerrar los ojos.

Recién reflexiono la pregunta del taxista media hora más tarde, en medio del intestino de tracto lento de la autopista. Saco mi boleto de la cartera y leo la hora de embarque y el nombre del aeropuerto. La duda me ablanda las mandíbulas. Me incorporo. Elisa me mira sin entender, con los ojos desmedidos tras los lentes.

Le tiro el pasaje a la vez que me inclino sobre el asiento delantero y pregunto con voz de chifle:

-Disculpe, ¿hay otro aeropuerto en Nueva York, además del Kennedy?

Me da dolor de estómago. Elisa no puede parar de reír.

Este es sólo el primero de la exagerada lista de vuelos perdidos de mi vida.


Texto seleccionado de mayo: DAMIEL Y LA TRAPECISTA

Damiel y la trapecista

Vesna Kostelich

Crecerán alas nuevas
en lugar de las viejas alas.
Der Himmel über Berlin

La descubrí en la penumbra, sentada al final de la barra del bar (no fue como la primera vez, cuando ella volaba en el trapecio; entonces creí que era un ángel). Ahora estaba sola, sin aparejos ni disfraces y no parecía esperar a nadie. Miraba sin ver hacia un lugar remoto detrás de los espejos.

Azul de luz negra, la melena caía hacia un costado en la misma dirección que la mueca de su rostro. El lugar estaba lleno; algunos chocaban con su cuerpo como con un obstáculo. Pero aquella mujer no se molestaba, se dejaba sacudir blanda y quieta como una muñeca de trapo.

Me pareció más triste que todas las mujeres tristes que había visto en la historia de la humanidad. Pero ya no podía oír sus pensamientos como antes. Parado a sus espaldas, cerré los ojos y escuché el lenguaje de su aroma. Me dije que daría la eternidad por comprender ese idioma ácido y primitivo.

Sin atreverme a tocarla, me asomé por encima de su hombro.

Ella hacía girar el líquido en el vaso. Y yo, que fui testigo de la explosión de vida en los océanos, que conocí el enigma de las profundidades, sentí que podía ahogarme en la marea ínfima de aquel cristal.

Sabía su nombre y su biografía, había visto uno por uno los fotogramas de sus recuerdos; registraba el número de sus cabellos y la geografía oculta de los lunares de su piel. Sin embargo, todo en ella era un misterio.

Mis pensamientos flotaban en silencio y se perdían en serpentinas hacia ninguna parte. ¿Cómo decirle que había dado el mayor salto mortal que un ángel puede dar?

Al mismo tiempo supe que me faltarían las palabras y que a veces no son necesarias. Fue cuando en el espejo nuestras miradas se encontraron.

Me quedé pegado a su espalda. Ella recostó su cabeza en el hueco de mi cuello.

Pasó un instante. O el infinito, no lo sé.

Jamás, hasta ese momento, había tenido miedo de morir.

Relato de casa fría: Día primero


Día primero


Vesna Kostelich

Bajó del taxi y no le importó hundir el zapato en la zanja. Levantó la vista y ahí estaba. Ya no era su casa. Aunque fuera el lugar donde vivía desde hacía más de treinta años. No era tan grande, pero le pareció aplastante, todo el gris del mundo sobre su propio gris. Soberbia, imperturbable, gélida; no imaginaba un solo lugar allí en el cual pudiera descansar; pero no tenía otro adonde ir.

La reja cedió de mala gana a la vuelta de llave y la puerta, como un cuervo, la recibió con un graznido.

Atinó a quitarse el abrigo pero volvió a cruzarlo sobre el pecho; adentro hacía más frío que en la calle. Le dio pereza encender la estufa así que se conformó con las cuatro hornallas de la cocina abiertas al tope. El siseo del fuego se disolvió en el silencio al volver a la sala. Todo estaba como lo había dejado, como si el tiempo se hubiese detenido: el costurero sobre la mesita vomitando inmóviles carretes de hilo, las tazas de café medio vacías, las masitas fofas, sin tocar.

Subió las persianas hasta la mitad para restarle oscuridad a la humedad. Pero fue inútil. La helada parecía haberse colado por los cimientos.

Se sentó en la silla de cuerina con las piernas juntas y las manos sobre las rodillas, como si estuviera de visita. Todo estaba igual y sin embargo, ella era otra.

La mancha de humedad en la pared le recordó vagamente su vida hasta entonces. Casi pegado al cielorraso, reconoció el rostro verde oscuro con el cuerno como algo propio pero muy distante.

Desde la cocina, la caldera empezó a chillar ridículamente enfurecida. Se levantó de un salto y corrió a apagarla como si quisiera evitar que alguien se despertara con el escándalo. Pero estaba sola en la casa.

Lentamente, robándole un gesto al pasado, empezó a vaciar la yerba dura y negra del mate viejo.