Texto seleccionado de noviembre (taller miércoles): LA TRAICIÓN

La traición

Patricia Ferreira

Hace unos minutos él lloraba desconsoladamente, con furia.
Nació hace apenas unos meses, pero le hace saber a este mundo al que lo han traído, que está aquí y que llegó para ser escuchado aunque más no sea con las únicas armas de que hoy dispone: sus gritos y su llanto. El hambre es asunto serio para él y para todos los de esta especie humana a la que pertenece.
Igualmente él sabe, confía, porque en tan corto tiempo, su experiencia de bebé le ha enseñado que hay un ser que siempre lo escucha y lo calma.
Lo levanto de su cuna y no puedo evitar que se me arrugue el corazón al ver su carita enrojecida y empapada de lágrimas, al escuchar esos sollozos que le convulsionan el cuerpo. Enojado, agita en el aire sus piernas y sus brazos con las manitos cerradas cual puños ya prontos para pelear contra este mundo hostil.
Por más que ya está en mis brazos y se da cuenta, no puede dejar de llorar de golpe e intercala pequeños gemidos con nuevos pucheros y exhalaciones.
Sé que identifica mi perfume al mismo tiempo que yo reconozco su maravilloso aroma de bebé. Mantiene los ojos cerrados, hinchados de tanto llanto y abre la boca buscando desesperadamente mi pecho. Cuando lo acerco a él y lo encuentra, suspira y empieza a succionar el dulce alimento, que cual la droga más potente que pueda existir, lo tranquiliza y le devuelve la confianza por momentos perdida.
A veces duele. El útero suele contraerse con la primera succión en una misteriosa conexión, que como un látigo, va desde el pecho al centro de mi vientre. Me recuerda con tristeza que ese ser especial ya no habita dentro de mí.
Pero el dolor pasa y vuelvo a maravillarme por su existencia.
Él, agradecido, habla conmigo en silencio. Abre sus ojitos todavía claros y vidriosos por las lágrimas, me mira y los vuelve a cerrar complacido. Me hace saber que me conoce y establece contacto conmigo mientras apoya su mano en mi pecho y la cierra cada tanto con fuerza, casi pellizcando con sus diminutas uñas. Son sus primeros intentos de supervivencia y se aferra a la fuente del néctar sagrado.
Mientras toma, mi dedo índice repasa con suavidad su rostro, sus cejas, su nariz para mí perfecta, su pelo finito. No quiero distraerlo pero es tan hermoso lo que me provoca, que es imposible no acariciarlo. Son esos momentos en que el amor se siente a través de las yemas de los dedos.
Las lágrimas todavía le corren por el cuello y le mojan la batita celeste que le tejió la abuela. Le saco un escarpín y aprovecho su distracción para contar nuevamente sus cinco deditos y envolver su pie tibio con mi mano mientras le digo que lo amo.
Toma con mucha avidez. Necesita una pausa y me suelta; quiere seguir y no puede; no lo entiende y se enoja. Lo enderezo y lo apoyo sobre mi hombro y le doy golpecitos en la espalda mientras camino aún con mi pecho desnudo.
Se alivia emitiendo esos sonidos terribles, que no parecen salir de un ser tan pequeño y que son capaces de levantar los techos y asombrar a cualquiera. Tira un poco de lo que le sobra. Lo limpio y parece decirme enseguida que ya está pronto para que continuemos. Que no hace falta esperar más. Que te apures, mamá.
Lo pongo en el otro pecho y sigue tomando esta vez más tranquilo, paciente. La calma parece haberse instalado definitivamente entre nosotros, y él se ha rendido en esta batalla para que disfrutemos de la tregua. Se adormece y me suelta. Le hago cosquillas en la pera y vuelve a aferrarse del pezón y toma un poco más. Se duerme de nuevo. Lo dejo quedarse así, con esa expresión de satisfacción en el rostro.
Es inexplicable la fascinación que me produce el instante. Me siento hacedora de milagros, participante sin querer del proceso de la creación, como si el momento se salpicara de brillantes gotitas mágicas, que lo vuelven único e irrepetible.
Sin embargo, yo tampoco he dejado de llorar desde que me desperté a la mañana. Este sentimiento se me adhiere dentro y me aprieta el alma hasta casi no dejarla respirar.
-Hoy es un día triste, el primero de los que en la vida nos tocará vivir, hijo- le digo.
Hoy voy a traicionarlo y me siento el ser más despreciable que existe.
Ajeno a mis pensamientos, él ya duerme plácidamente. Levanto su bracito, lo suelto y lo deja caer exhausto. Lo llevo despacio hasta su cuna y lo acuesto con cuidado para que no se despierte y respire bien. Es temprano pero ya hace un poco de calor. Le tapo las piernas con una sábana blanca que tiene una guarda con ositos bordados.
La brisa suave de la mañana que entra por la ventana semiabierta mueve la cortina, dejando entrar un poco de sol. A través del prisma de un juguete que cuelga del tul de su cuna, la luz blanca se descompone en infinitos arco iris que giran por el piso y las paredes. Lo beso suavecito, apenas rozando su cabeza con mis labios.
Lo miro; no puedo dejar de observarlo, así que aprovecho al máximo el tiempo y sin quitar mis ojos de su tierna imagen, camino hacia atrás hasta llegar a la puerta del dormitorio. La arrimo y me dirijo a la cocina.
Mi madre acaba de llegar. Me saluda como si no pasara nada y me habla de temas sin importancia. Ella sabe. Es que hoy vuelvo al trabajo y por primera vez, no voy a estar al lado de mi bebé cuando se despierte.
Tomo el odioso envase de plástico y lo vuelvo a lavar por enésima vez. Le pongo hasta la mitad la leche que herví tres veces con un poquito de azúcar y la diluyo con agua también hervida.
Antes de taparlo, le echo tres gotitas de limón.
Entonces rompo a llorar desconsoladamente, como llora mi bebé cuando siente hambre.
Mi madre no sabe qué hacer, pero obedeciendo al instinto que decenas de generaciones de mujeres le han estampado en sus genes, me abraza fuerte y me dice bajito palabras muy dulces, de esas que arrullan casi como si fueran un canto ancestral.

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Relato de amigas: La ida

La ida

Machi

Tenemos que ir a verla, dice I. Yo la miro moviendo la cabeza. Pienso que no vale la pena decir lo mucho que me mortifica la situación. Me corren las lágrimas cuando apago la luz y se aparece su cara sin que yo la llame. Tengo que ir, tengo que ir, parece un eco mi voz. Siento que el esfuerzo de enfrentarme a esa situación es tan grande como si me obligaran a subir una montaña.
Tuve un sueño extraño esta semana. Caminaba por un sendero empinado, angosto y pedregoso. Subía ayudada por un tronco fino que tiñó la mano de negro y la volvió pegajosa. Llevaba un pañuelo blanco en la cabeza y era anciana. Al llegar a la cima entré a una especie de fortaleza, allí me rejuvenecía. Se acercaba un hombre de mediana edad. Me tomaba de las dos manos y yo lo permitía con una tranquilidad y una entrega sorprendente. Al hacerlo todo su cuerpo temblaba y la cara se transformó en un globo gigante a punto de estallar, los ojos se le pusieron saltones y se lo veía sufriente. Yo lo miraba fijo, enfrentando aquel dolor y en ese preciso instante sentía como me despegaba de mi cuerpo viajando por el tiempo y el espacio. Mi energía iba y venía, traviesa y feliz, por todos los lugares que me gustan. Al regresar el hombre me abrazó y dijo que estoy curada, que puedo descender y así lo hice.
Queda poco tiempo pero me niego a verla así. Busco en la biblioteca los libros que me trajo de México y los que le robé : Neruda y el cancionero de la Guerra Civil Española .
Acaricio el escarabajo que me regaló cuando fue a Egipto. Le saco el polvo y paso mi dedo como si se pudiera despintar, a la máscara del Carnaval de Nueva Orleáns que tanto disfrutó. Abro la vasija de porcelana azul pintada tan delicadamente por manos griegas y respiro el aroma del aceite que guarda, hamaco en la palma de mi mano la nuez del huerto de sus antepasados sicilianos. El platito de cerámica de Fes ocupa un lugar preponderante, es que ese viaje a Marruecos fue especial . Me parece verla con sus largas uñas rojas, el cigarrillo en la mano derecha, centro absoluto, contando sus aventuras. París, San Petesburgo, Vietnam, España, el mundo entero saboreó. Nada le gustaba tanto como viajar.
Ya sé que debo ir. Me niego a darle un beso y no sentir sus exquisitos perfumes franceses y en cambio aceptar estos aromas nuevos que la invaden: fármacos, éter, pañales descartables, alcohol, pomadas para las éscaras.
Todavía conservo alguna toalla de las que me regaló cuando tomé la decisión de mudarme sola, ella lo festejó como una adolescente . Heredé cantidad de ropa que ella había usado con gran amor. Me las ofrendó contándome deliciosos secretos de cada prenda. Y yo las acepté con alegría, sabiendo lo que significaba aquel traspaso de prendas, sabiduría pura, de compinches.
Soñé también con niños que me tocaban timbre, estaban vestidos de riguroso negro, sus caras con máscaras de la muerte. Me miraban fijo y yo sostenía la mirada, enseguida me rodeaban y no me dejaban mover. Lloraba con miedo, sentía las lágrimas saladas quemándome las mejillas y dejando una gran cicatriz, como un hueco en la tierra. Uno de los niños con voz muy aguda me ordenaba: “tenés que ir”, y el coro de los otros niños con voz grave:”debe ir” . Me despierto sollozando, empapada la almohada y digo: voy a ir.
Hasta el año pasado caminamos juntas en la Marcha del Silencio; cada Primero de Mayo nos encontró cantando el Himno . Y en el Palacio Legislativo, con quimioterapia de por medio, casi sin pelo, estuvimos paradas en un muro.
Respiro coraje, ya se acaban los tiempos. Me baño, me perfumo, me pinto. Me preparo como si de un cumpleaños se tratara. Envuelvo en papel verde la botella de vino hecha por mi hijo y que le tengo prometida. Hace calor, transpiro, me duele el estómago. Quedé en llegar a las cinco pero he dado tantas vueltas que se me hizo tarde, tomaré un taxi. Ella es tan ansiosa como yo, seguro que ya está mirando el reloj. El ojo de vidrio azul que me trajo de Turquia para conjurar los maleficios parece abrir y cerrarse con los reflejos del sol. Desistí de las flores porque ya me dijo que la hacen pensar en su velorio. Ya casi no come así que nada de tortas. Está escribiendo un libro para sus tres hijas con todas sus recetas, a mano , porque nunca se amigó con la computadora. ¿Le alcanzará el tiempo?
Cuando llego está con L. y él le acaricia la mejilla. En ese preciso instante M. abre la mano para devolverle la caricia y empiezan a llover flores sobre la cama.

Relato de manicomios: Mi primer libro

Mi primer libro

Cecilia Perez

El cinco de octubre de 2003 fui internada en Villa Carmen al borde de la locura.

El médico que me atendió me prohibió terminantemente las visitas.

Todos los días, a las tres de la tarde, cuando los familiares de las demás internas hacían su ingreso, mi madre me enviaba, con alguno de ellos, una caja.

Sentada en un rincón, emocionada hasta las lágrimas, abría mi botín que consistía en masitas, chocolates, revistas de moda y alguna que otra novela.

A cambio yo le enviaba por el mismo mensajero una cartita, contándole mis peripecias del día; en la posdata agregaba siempre “mami, más masitas, más chocolates y revistas, los libros los podemos ir dejando, por el momento no los uso”

Vivir en un lugar como Villa Carmen no es tarea fácil; no tardé en darme cuenta que debía elaborar estrategias de supervivencia.

Resolví entonces que las masitas irían para la gorda Nelly quien corría tras de mí gritándome palabras incoherentes al oído.

La revistas de chimentos serían para Sibila; a cambio le haría prometer que mantendría alejadas de mi a sus compañeras de cuarto, Maruja y Pocha, las cuáles se divertían pintándome el pelo con pasta de dientes.

Los libros los pondría en la mesita de luz con un marcador que iría corriendo según el transcurso de los días, con el fin de captar la atención del siquiatra y que éste pensara que la mía era una buena y culta evolución.

Enseguida puse en marcha mi plan maestro .Las bombas de chocolate y las tarteletas de frutilla silenciaron, para siempre, a la bulliciosa Nelly, quien ahora a mi paso ensayaba amplias sonrisas.

Con Sibila de compinche volví a circular con el cabello limpio.

Todo iba marchando de maravilla hasta una tarde que el siquiatra vino a verme. El doctor ni siquiera me miró, (menos aún a los libros que por él esperaban en la mesa de luz) simplemente se limitó a decir con voz áspera y amarga que debía prolongar mi estadía allí.

.

Abatida, me retiré a mi habitación, un poco antes del toque de queda.

Grande fue mi sorpresa, al encontrar una nueva compañera de cuarto. Era una señora mayor, con el cabello gris perla y los ojos desorbitados, rezaba sin parar en un tono perturbador, casi agónico.

La enfermera que en ese instante le acomodaba las sábanas me miró con aflicción y me susurró “ dicen que cuando le leen se calla”.

El tiempo transcurría lento, los rezos se volvieron gritos insoportables.

Entonces me acosté y tomé de mi mesita de luz “El retrato de Dorian Gray” que mi madre me había enviado. Comencé a leerlo en voz alta y poco a poco las plegarias fueron cesando.

La luz del alba me sorprendió terminando la novela. Fue mi primer libro; tenía 28 años.

Al día siguiente, cuando llegó mi botín, en la posdata de mi carta podía leerse “mami, seguimos igual con las masitas, los chocolates y las revistas pero agrégame muchas novelas de las que a vos te gustan.”

Los veinte días restantes me encontraron sentada, mañana y tarde, bajo el timbó devorando, uno a uno, los libros que con infinito amor mi madre había seleccionado.

Ese universo nuevo, lleno de color y aventura, me devolvió a la vida.


Relato de títeres: Luz de Luna Azulada


Luz de Luna Azulada

Carolina Temesio

Llegó para mi cumpleaños. Venía envuelta en un paquete casero que me entregó Infiernos Azulados con la sonrisa delatora de sus tímidas picardías. Las dos sentadas en la cama con el regalo, mirándolo. Yo sabía que sería algo especial viniendo de sus manos, lo abrí sin trámite. Me quedé alucinada con lo que encontré: un títere bellísimo, con una mirada gatuna, verde, viva, perturbadora. Los ojos estaban hechos con bolitas de vidrio que simulaban muy bien el cristalino, le daban a la pupila un mirar hondo. Venía vestida con un traje largo de terciopelo rojo. La cabellera azul abundante, hecha con muchísimas cintitas de papel crepé, se le movía en olas; al menor movimiento se le alborotaba como una marea enrulada. Tenía una luz especial, de luna, ciertamente.
“Por favor”, exclamé, “¡qué bruja más linda!”.

Infiernos me aclaró que venía con un sobre que abrí con premura y curiosidad, mientras ella se la calzaba en la mano derecha y ensayaba los primeros movimientos de su nueva vida. Nosotras conocíamos bien el significado de los muñecos que hablan delante de una mano. O de las manos que hablan detrás de un muñeco. Recordé aquella comunidad en la India, donde niños y adultos aprendían y resolvían conflictos usando títeres para comunicarse.

Nuestra historia había estado signada varias veces por aventuras que nos convertían en titiriteras de afición. Tiempo atrás, cuando Alada se iba a Canadá le llevé al aeropuerto al Pelirrojito (un personaje entrañable) para saldar un desencuentro afectivo y que la acompañara en su viaje. Era un titerito de dedo diminuto, con nariz roja de payaso, remerita verde a rayas y sonrisa algo tristona. Tenía una personalidad muy especial el Pelirrojito; cuando hablaba en retablos improvisados, rápidamente se hacía querer. Había sido regalo de mi primer novio, que a su vez le había sido regalado por alguien especial para los dos. El sabía que a mí me encantaba y me lo dio cuando decidimos alejarnos; nos unió más. El pobre Pelirrojito estaba acostumbrado a cambiar de mano en momentos difíciles, y con ese cuerpito pequeño que entraba en el dedo índice, había aprendido a decir algunas palabras; de esas que salen mejor de manos que de labios. A ese espectáculo de palabras y despedidas habíamos asistido las dos, Infiernos y yo.

Luego vivimos cosas peores y más hermosas, como cuando nos pasamos un fin de año pegando polifones y pintando animales de colores para una obra que nunca se pudo realizar. El camionero gentil que nos recogió en la ruta 1 rumbo a Colonia, ató muy mal la bolsa de títeres a la caja del camión. Qué congoja tan grande nos invadió al llegar y encontrar que los quince muñecos ya no estaban; habían volado espectacularmente por el aire. El viento les había dado vuelo a los personajes; sin saber cómo ni cuándo, les había conferido vida y destino. Quedó un solo títere de ese titericidio, una jirafa con lunares verdes y nariz redonda que habíamos apodado Girasol, y que fue rebautizada como el Sobreviviente. Lo había sacado de la bolsa para aprovechar el viaje y ensayar una parte de la obra en el camino. Resultó que el Sobreviviente tuvo que inventar para los niños de Carmelo otra obra basada en el infortunio de su vida real. Terminó haciendo apología de orfandad y contando la historia de sus compañeros volados en la ruta.

Todo eso tenía que ver con nuestra historia común de inventarle vidas a personajes de tela, polifon o papel maché. Y ahora salía a escena alguien mas.

Luz de Luna saltó de su mano a la mía, y la vistió de inmediato. Empezó a revolotear por el aire y a repetir hechizos incongruentes, como si la hubieran tenido amarrada en el paquete, o amordazada por décadas. Con sus guantecitos de raso blanco me quitó la carta que yo sostenía en la otra mano. Me aclaré la garganta, buscando una voz aguda, nítida, que se demoró un instante detrás de la fila de dientes como si existiera alternativa. Sin hallarla saltó al vacío por el trampolín de mi lengua.
Leí gesticulando sobre el papelito arrugado, con esa sensibilidad suya que no aprendí, que no aprendo. Seguramente fue entonces cuando me escondió en la mano el secreto añejo que sin saber contuve, apretado. Sus ojos de gata se clavaron en Infiernos, tras hacer una pausa, buscando complicidad. Las palabras salieron como destellos azules, y espadearon entre sí, sin herir la nada mi ausencia.

Texto seleccionado de octubre (taller miércoles): DESPEDIDA

Despedida

Cecilia Perez

Mi hermano murió una fría mañana de abril a los veintitrés años.

Cuando su respiración se volvió entrecortada, tomé su mano con fuerza y la aferré entre las mías, como desafiando al destino en una batalla que ya sabía perdida.

De pronto, ya no pudo respirar; rodeé entonces con mis brazos su cuello pálido, acaricié su lacio y renegrido pelo, y llené sus mejillas de desesperados besos. Miré su rostro, una y mil veces, olí su piel intentando retener para siempre su delicado aroma.

Me acurruqué en su pecho, primero cálido y luego ya frío, y así permanecí, en el más profundo silencio.

*

Ya entrada la tarde, caminábamos lentamente por entre las tumbas, con los ojos tristes, las mejillas rojas, las cabezas gachas.

El silencio inmenso sólo se rompía por desgarradores llantos.

Llovía, el agua caía sumisa en diminutas gotas sobre panteones, cipreses y deudos que la recibían también con actitud obediente y resignada.

El aroma de los pinos y de las flores se mezclaba dando un aspecto primaveral a ese otoño desolado y gris.

Mi madre, ataviada en un riguroso traje negro y con gran compostura, presidía la marcha. Unos pasos detrás lo hacía mi padre, con el andar sombrío y los ojos atormentados.

Cuando el féretro fue cubierto por el último trozo de tierra no pude evitar gritar de dolor y de espanto.

Relato de arrabal: La tanguería


La tanguería

Carolina Temesio

En la puerta hay un cartel que reza “Paze”. Cada vez que lo leo me lamento de no tener una lapicera, para escribirle encima una S. El cuida-coches en la puerta da la bienvenida con aires de exclusividad y protocolo. La escalera de mármol empinada, con peldaños rotos y manchados, conduce al cielo. El olor a humedad y encierro le reverencian al unísono a quien emprenda el ascenso.
La casa antigua, en penumbra, con pisos de tablas desvencijados y cortinas de voile amarillentas, envuelve en acordes de bandoneón salidos de un parlante en la punta de la pista. Un espejo al fondo, multiplica por dos a las pocas parejas que se mueven cadenciosas dibujando efímeros firuletes. Macuca, detrás de la barra de madera, domina la escena con sus pechos imponentes proyectados hacia delante, como dos miras telescópicas; el pelo rubio teñido a la fuerza sobre la tez morena, los labios repintados. Sirve copas, mandonea a la muchachita que atiende las mesas, y administra la gloria de quienes se agachen a suplicar un poco de su gracia.

Llego los viernes, cuando la noche ya esta mas exprimida y seca que un limón, a la hora en que para conseguirle algo de jugo hay que apretarle la cáscara. Los dueños de la noche siempre son otros. Distintos cada viernes, pero parecidos. Distintos también de ellos mismos a la luz del día. Me entretengo solo, con las historias que imagino tejiendo a partir de señas sugeridas por la escueta realidad que se ve. Desde algún rincón les guiono la existencia, mientras sorbo a discreción alguna lagrima caída del cielo de Macuca. Esta noche al entrar, planeo la mirada en la penumbra para ver quien la habita y buscar mi hueco. Si los personajes que me encuentro aquí no existieran, eso sí, jamás podría inventarlos.

Un petiso compadre, con el pelo aplastado de gomina y sudor, todo vestido de negro desde el cuello hasta los pies, baila envuelto entre las carnes de una gorda que lo triplica en humanidad. Con la cabeza casi enterrada entre los pechos de su compañera, la hace mover siguiendo el compás de la orquesta que suene, con delicados gestos de manos y rodillas diminutas. Aquella mujer parece un contrabajo enorme y obediente ejecutado por un grillo de luto.

Otro bailarín, espigado, flaquísimo, con cara de semilla y gesto de pajarito, de pantalones vaqueros casi cayéndose, abraza a una joven mujer, morocha de pelo corto, vestida con pollerita estampada y por debajo calzas y sandalias artesanales. La hace girar con destreza acrobática. Ella, con levedad de mariposa, sube, baja o se detiene para interpretar el silencio entre dos acordes, con gracia infinita.

En la habitación contigua, la luz de una portátil ilumina una mesita redonda con mantel hasta el piso, ceniceros de porcelana y vasos de plástico. Dos varones, contra otro varón y una dama, dirimen una partida de truco. La mala estabilidad de los vasos y los manotazos al mazo de cartas ha hecho derramar ya varias veces el vino sobre el mantel. La muchacha de Macuca les trae alguna vitualla: un platito con una pizza cortada en pequeños cubitos, y otra jarra de vino de la casa, que no puede dejar de surtir las gargantas.

Al fondo del salón principal, sentado sobre un taburete y casi desparramado sobre el mostrador, el cantor confiesa sus penas de amor ante el altar de Macuca. El gorro apoyado en la barra, debajo de una mano, en la otra mano la copa algo inclinada, apenas despegada del mostrador por los escasos centímetros que se separa de su boca. La música se le descuelga como de una tormenta divina pero lastimera. Y le purga el alma de sus contenidos. Macuca lo escucha, sin perder de vista cada movimiento de la pista. Con el rabillo del ojo domina también la otra sala; los ires y venires de la muchacha; las manos por debajo del mantel de un señor muy formalmente vestido y una chica con mirada de barrio, en otra mesa más alejada. Con su sonrisa congelada escucha al cantor, con el gesto quieto pero dejando los ojos libres para ir y venir escaneando cada situación que preside con imponencia. Un gato blanco y gris salta de su falda al mostrador, y luego aterriza en el piso para desaparecer detrás de una cortinita que se podría presumir conduce a una cocina. El cantor pide ahora un anisado, se templa aún más el garguero, que no se le entibia, como el recuerdo de las ventanas mal cerradas de su casa de pensión.

Ahí estoy, contemplando escenas que animan la letra de un tango, cuando lo veo surgir en la punta de la escalera. Como detenido en el borde de un círculo invisible y midiendo el tamaño del paso a dar o ajustando la pupila a la poca luz. Al principio dudé si sería el. ¿Cuantos años, 20? 30? Qué sé yo. Infinitos. Cargaba un bolso pesado y su silueta era delgada y completamente gris. Avanzó lento, primero hacia una mesita alta y redonda ubicada en diagonal con la escalera, y en la mitad del trayecto torció decidido de dirección y avanzó hacia la barra donde estaba el cantor. Descargó su bolso y me retuve de interceptarlo de inmediato. Dejé que fluyeran unos minutos integrándolo a esas escenas que acostumbraba a husmear con deleite, para disimular mi soledad. Lo vi gesticular, acomodarse el jopo entrecano, dialogar con el cantor a quien parecía conocer. Avanzar hacia él, era para mi como retroceder en el tiempo. Algo me inmovilizaba, cierta reticencia a encontrarme con el que fui para otros, o peor aún, encontrarme con el que soy ahora descubierto en mi presente.

Crucé por el medio de la pista, sabiendo que es ley tanguera que se debe bordear para no importunar a los bailarines. Me senté en la barra a su lado y, aprovechando que me daba la espalda, le dije en un susurro: “Pimpo Corrales, entregate”.

El Pimpo se volteó y de la sorpresa atinó a sacarse el gorro. Estaba viejísimo. Vi como le brillaban los ojitos azules, que eran la única e intensa nota de color de su estampa. Me abrazó lo que duró el final de una milonga, para volver luego a mirarme y certificarme vivo. Un muchacho cargando un teclado me pidió permiso con aliento a marihuana. La pista se había llenado de bailarines; la volví a cruzar ahora seguido por el Pimpo con el bolso. Por el apego entendí que se trataba de su bandoneón.

En ese instante en que nos acomodábamos en las sillas empezó a sonar Farabute y no pudimos articular palabra como en rito, hasta que el troesma terminara de cantar la letra del canillita Casciani. Se notaba que ninguno quería hincarle el diente a los quilombos familiares que nos unían y nos distanciaban. Para mi tranquilidad, él seguía llamándome primo, y yo a él tío, como había sido siempre y como le convenía a cada uno para rejuvenecerse frente al otro. Que esa naturalidad se conservara me daba cierta paz. No la nombró para nada. La nombré yo, a propósito, hablando de la herencia que le había dejado un primo suyo, un campito de morondanga después de Blanquillo, pasando el repecho y casi llegando a Zapucay. No me fui en detalles porque él conocía esos camino mejor que yo. Pensé por un instante que los destinos habían quedado mal barajados en su contra. Que de pura casualidad yo había cantado flor, y me había quedado con una prenda que no era mía. Para peor me había durado menos que una botella de amarga en el placar, y que por llevarme la baraja, me había tenido que ir del pueblo. Se sabe que con mazo incompleto no juega nadie.

La gorda que había bailado con el petiso vino a invitarlo a la pista. Cuando se nos acercó vi que llevaba unas delicadas medias de red y tenía cara de rusa, y un hilito de sudor en el escote. El Pimpo Corrales no era milonguero, era de escuchar la orquesta quieto, pero no le permití que la rechazara. Mientras le ofrecía su baile de marcados y sobrios vaivenes, reconocí la humildad y maestría con la que hacía todo. Me arrimé al mostrador. Macuca dejó escapar la sonrisa triste de quien ya ha leído enterlíneas lo que no esta escrito, le pedí mas trago.

Vi que al fondo, la partida de truco había culminado. El cantor y el tecladista se acomodaban ahora al fondo, frente al espejo en un escenario improvisado. Ahí, una silla vacía lo esperaba al Pimpo, porque el bandoneón se toca sentado, con la cabeza gacha, y como mirando para adentro.

Relato de hospitales: Noche


Noche

Machi

La subimos al Fitito descascarado de mi prima como pudimos, una de cada costado. Ella iba flotando, entre cánticos, con su melena alborotada, sus cachetes rojos. Impresionaba su mirada de india perdida, desgajada. Yo le acariciaba la mano fría, rígida por la medicación. Miraba hacia afuera y se notaba su fuerza desbocada, la pérdida de conexión conmigo y con el resto. Yo también estaba rígida, de dolor, los ojos duros, sin pestañear, ni una sola lágrima, mi mente en mil cosas: en las uñas de ella impecablemente pintadas, en el anillo, que es mío y ella usa siempre. Pensé en papá que nos estaría esperando, con su olor a menta , el olor que le siento cuando algo grave pasa. En mamá que se quedó cuidando a la niña.
Habla sin parar cosas incoherentes y mientras lo hace se sonríe apenas. Habla del ángel de la guarda, de los seres que la habitan. En el viaje yo trato de arreglarle el pelo, le paso suave la mano por la mejilla y por un segundo se recuesta en mi hombro y solloza. Enseguida se pone a cantar cosas incomprensibles.
Yo sigo dura, no hablo, casi no respiro. Sigo recordando esos días de vacaciones, tengo que pensar en cosas buenas.
El viaje es largo, el Musto queda muy lejos del centro. Es la primera vez que la internamos, hay que protegerla. Estoy convencida de que es lo mejor para ella pero no puedo aceptar mi limitación para ayudarla. No tolero verla delirar y colgando del mundo como si fuese una cometa sin hilo. Esta vez ni siquiera yo logro que tome los medicamentos, es una especie de huracán que nos arrastra a todos.
Tal vez si estuviéramos solas yo podría mejor con la situación. Pero no estamos solas y no queda lugar para lamentos. Quisiera acurrucarme en la rama de un árbol y sentir el sol en la cara, quisiera escuchar pájaros pero es invierno, la gente camina tapada de lanas, de bufandas que acompañan al viento.
Ya es noche cerrada cuando nos aproximamos al lugar, nunca antes había estado aquí. Impresiona como una cárcel, tiene vidrios por todas partes y algunos puntos luminosos
La tengo que ayudar a bajarse del auto, habla arrastrando la lengua pero en cuanto ve la construcción me dice: “¿acá voy a empezar a trabajar?. Le paso mi brazo por el hombro y le digo que si, que hay muchos enfermos para que ella cuide. Papá está en la puerta . Ha envejecido cien años, nos abraza a las dos y yo lo repelo como si me hubiese acercado a un cable pelado. Si me dejo abrazar me derrumbaré. Me pongo fría, tan fría que no me reconozco. Le digo que no es forma de ayudar esa. No hay que quebrarse , ella nos necesita enteros, murallas, fuertes. Mi pobre padre dice que tengo razón y entre los dos la llevamos para que la ingresen.
Subimos dos pisos hacia una sala vacía, le inyectan algo y ella no quiere acostarse, a los tumbos camina queriendo reconocer el lugar. Hace veinticuatro horas que no duermo y que no veo a mis hijos y que no como ni bebo nada. Me siento tan sola, tan abandonada , enfrentada a tener que tomar estas decisiones. El silencio me aturde, me gustaría escuchar algo de música. La recuerdo pasándose a mi cama porque había monstruos que le daban miedo. Se abrazaba fuerte a mi cuello y su respiración caliente y corta me hacía cosquillas, yo la acariciaba y se iba tranquilizando hasta quedar dormida. Recién ahí podía desprenderme de su abrazo y sigilosa pasarme a su cama para descansar mejor. Muchas veces presentía mi partida y otra vez me abrazaba fuerte hasta que el sueño me vencía a mi también. Llega Luisa a acompañarla para que yo descanse. A veces ella recupera un poquito de luz, y vuelvo a mirarme en sus ojos de niña, ella me reconoce y me abraza. Le prometo que mañana a las siete estaré allí , con ella. Se cierra la puerta y el vigilante pasa la llave.
Bajo las escaleras casi corriendo, la noche y el viento me reviven y entonces la veo haciéndome chau desde aquel ventanal gigante, que por momentos se la traga, igual que la locura.
Cuando encuentro un árbol puedo por fin recostarme y empiezo a llorar. Mis sollozos son una especie de lamento de animal herido, luego se hacen gemidos, tenues, cortos. Respiro casi a mi ritmo normal, entonces me seco las lágrimas con el pañuelito perfumado que ella me puso en el bolsillo y empiezo a caminar.