Para leer los diez textos de Letras del Sótano 2013

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En febrero, iremos publicando individualmente cada texto con su ilustración, subiremos la galería de fotos y  -lo mejor- el registro editado en video con la lectura  de los textos seleccionados (a cargo de sus autores), más  la preciosa actuación del grupo Trelew aquella noche. Valdrá la pena rememorar estas Letras del Sótano para quienes estuvieron y descubrirlas para los que no!

Texto seleccionado de noviembre (taller de los martes)

Sin fruta será

Carolina Temesio

En la dirección ansiada, me encandilaron reflejos de sol poniente. Estaba sola y me detuve; necesitaba decidirme para continuar avanzando. De a ratos me parecía que el camino debajo de los pies era el equivocado, pero sabía que la certeza de avanzar no siempre se lleva bien con el recorrido desparejo. Me distraje persiguiendo hojas secas en el aire, planeadoras demoradas que intenté atrapar, suspendidas eternas del propio movimiento que las precipitaba al piso. Quise salvarlas antes de que se unieran al barro, al humus orgánico indisociable en el que se cocina nueva vida. Mi mano de trayectoria fugaz juntó sus pedazos en ningún pedazo y se deshicieron. Recordé que tenía que seguir.

El ciclo de noche y día distorsionaba la luz que ya se iba corriendo y el camino parecía lleno de pausas, de motivos para sentarse y sembrar. Me tentó esa idea de la siembra, aunque sabía que era lo contrario a avanzar. No, entonces mejor avanzar. Mejor usurpar frutos que otros han plantado, que cuando llego ya están maduros y jugosos. Elijo a cuál árbol treparme. Subir, rasparme las rodillas con la corteza irregular, ceñirme a una rama tembleque que se comba como protestando. El suelo queda abajo, no me retiene, me deja elevarme y veo cuántas hojas llenan el barro. Que es más largo el pedazo de cielo desteñido, que no todo está húmedo, y que las frutas que otros han plantado me calman la sed y el hambre. La pulpa ácida me colma y me detengo. A ese árbol que me sostiene no lo he plantado, ni a ningún otro.

Podría quedarme acá unos días, meses, esperar a que el carozo de este fruto que termino de engullir se hunda en el barro, que algunos soles lo crezcan y acaso se vuelva árbol. Podría plantarlo. Lo planto, me quedaré esta noche, será muy pronto para ver que se pudra y se seque y sea semilla de afuera hacia adentro. Necesitaría un pedazo de tierra que no esté lleno de hojas, que le den los soles. Voy a buscarlo y me convenzo de que varios metros adelante hay un buen lugar, despejado, con suelo menos gredoso, no tan oscuro, no tan húmedo. Se me van las manos hasta él removiendo la tierra y dejo la simiente. Esta noche me quedaré aquí, me quedaré dos noches, media docena de noches, hasta el verano que viene. Me duermo sintiendo el latido de ese entorno. Todavía no llueve, lloverá mañana. Estoy a una nada del agua que caerá sobre mis pies secos.

En cuanto me despierto, siento que ya no hace tanto frio y me descubro las telas gruesas. Un poco de sol se esparce queriendo ser generoso. Apenas me muevo, veo que no indiqué el lugar en donde puse anoche la semilla. No importa, no hará falta: ni bien brote identificaré la hoja con solo volver hacia atrás a mirar el árbol de los frutos ácidos.

Junto mis cosas, esparzo las hojas secas que quité para dormir y camuflo mi presencia de manera de que ya nadie pueda encontrar dónde he pernoctado. Miro el camino hacia adelante. Estornudo tres veces seguidas y lo sigo, buscando el calor, sin mirar para atrás, sin dejar nada, sin recordar el lugar donde ayer pensé sembrar. Sin siquiera volverme.


Texto seleccionado de octubre (taller de los martes)

Inmaculada

Gora Sakas

Va hacia el fondo por el pasillo, arrastrando piedritas con la suela del zapato contra el piso. Llega a un asiento vacío y, sin levantar los pies, logra sentarse. Me irrita, no lo puedo evitar, ese sonido de dejadez que raspa y me eriza. Será que me estoy volviendo vieja y maniática.

Antes de llegar a Solymar el ómnibus ya está lleno, todos malhumorados, cargando sus bolsos, con solo dos ideas en la cabeza: conseguir un asiento y llegar. Yo voy sentada al fondo, calculando cómo voy a hacer para bajar entre tantos pasajeros. El gigante que duerme a mi lado bloquea el paso con sus enormes piernas. Decido pararme con tiempo, pido permiso despacito para no molestar. El gigante abre un ojo y corre apenas sus zancas que siguen atravesadas en mi camino. –No paso –le digo–. Refunfuña y trata de recostarse más hacia un lado: por lo visto no piensa pararse. Trato de atravesar una pierna y me quedo trancada ¡Es imposible pasar con semejante valla humana! Suspiro molesta, pero él sigue sentado. Ya que técnicamente no puedo, aplico la fuerza bruta: empujo hacia adelante con violencia hasta lograr estar en el pasillo a la vez que siento en la nuca su mirada de odio.

Mientras me arrimo a la puerta, ya se abalanzó uno sobre el asiento vacío que dejó el gigante al deslizarse hacia la ventanilla para cerrarla de un golpe. ¡Qué manía de cerrar todo cuando vamos apretados como sardina en lata! No corre una gota de aire, si hay un virus bollando no tiene escapatoria. Menos mal que ya me bajo, si no, me daría náuseas tanto encierro. Toco el timbre; en cuanto el ómnibus se detiene, la puerta nos escupe para afuera a los que por suerte zafamos. Aire libre al fin.

Cruzo Gianattasio y voy en busca del Banco República. No sé para qué lado ir pero me imagino que puede estar cerca de la estación de servicio. Camino una cuadra y llego a un Banred. Antes de entrar, la veo peinando a su muñeca junto a unos arbustos, en otro mundo, ajena al peligro, indefensa. Las veces anteriores que pasé por este lugar también estaba. Nuestro primer encuentro involuntario fue hace más de un año, yo salía del cajero y me topé con ella junto a la puerta. Sería de mi altura, un poco más ancha tal vez. Parecía joven, aunque su aspecto descuidado hacía difícil determinar su edad. Ella me miraba fijo, abrazando a su muñeca envuelta en trapos sucios. Permanecimos en silencio las dos, reconociéndonos. Me sentía un poco incómoda, era como una aparición salida de ningún lugar. Tal vez estuviera un poco sugestionada porque acababa de sacar mucho dinero para saldar una deuda y quería hacerlo lo antes posible. Antes de entrar al Banred, había mirado con cautela a mi alrededor para que no me fuera a ver algún rastrillo que pudiera andar por ahí; luego, lista para salir, miré a través del vidrio, que era traslúcido a la altura de mis pies, y no vi a nadie. Sin embargo ella estaba ahí, a menos de dos metros. Yo me quedé quieta hasta que ella dejó de observarme para atender a su bebote. Se fue alejando entre el rugir de los autos y el olor nauseabundo a nafta y gasoil, tan expuesta e invisible a la vez.

Apuré el paso y me fui, cuidando los bolsillos, a resolver mis asuntos pendientes antes de que se me fuera el día.

Nos volvimos a ver cuando retorné a los meses al mismo lugar. Tuve ganas de abrazarla, mecerla en mis brazos como ella a su muñeca. Regalarle algo, al menos, a su soledad desamparada entre tanta indiferencia. Pero no me animé a hacer nada: seguí de largo, hice mis cosas y volví a casa a ocuparme de mis perros, a olvidarme de todo lo demás.

Hoy me la encuentro por tercera vez y otra vez la recuerdo, es como una cachetada en medio de la cara. Me freno, la miro, ella no me ve. Simulo buscar algo, doy unos pasos y tropiezo. Al levantar la vista veo una mujer gorda que me sonríe con ternura, le respondo con una mueca tímida. Entonces entiendo. La mujer niña nunca estuvo sola, su madre cuida autos en el mundo real para que las dos coman. Y mientras tanto, ella atiende a su muñeca en su otro mundo inmaculado, lejos del tránsito y la polución, lejos de todo.


Texto seleccionado de septiembre (taller de los martes)

Cinco de cinco

Soraya Herrera

La casa de mi mamá nació alborotada y pachanguera. Ella sabe poco de silencio, de voces bajas y secretos, aunque si es preciso les cede algún rinconcito. Su cocina no conoce de mesura o de dietas, tampoco las palabras «poquito» o «chiquito». Sus paredes invitan a cantar, gritar, tomar, comer, reír o llorar sin filtros ni vergüenzas. Toda ella honra al pasado adueñándose del presente y abriéndose entusiasta al futuro en un constante fluir que la mantiene vital y palpitante.

Es un alegre camaleón que ha sabido sobrevivir su paulatino vaciamiento gracias a su capacidad para cambiar de color. Aunque regreso siempre a la misma dirección donde me abrazan los mismos cuadros, los mismos relojes, el mismo espíritu, los cambios han sido tan dramáticos que ya no es más aquella casona que mi padre proyectara para una familia de seis, sino tres pintorescos departamentos. Mi mamá ocupa la planta baja, es dueña y señora de la sala de cien metros cuadrados y la cocina de setenta que le dan la seguridad de seguir recibiendo a sus hijas, familia y amigos sin escatimar en cupos.

Esa primera mañana bajé las escaleras a oscuras y en silencio rumbo a mi primera taza de café. La emoción de estar de este lado del mundo y la diferencia horaria entre Uruguay y México atropellaron la posibilidad de dormir a mis anchas. Atravesé la sala en puntitas de pie, cuidadosa de no despertar a mi embarazada hermana que dormía enredada a su esposo en un futón. La casa entera se había convertido en un campamento y el hospitalario dicho de mi mamá, «de pared a pared todo es cama», era una tangible realidad. A esas horas reinaba una frágil quietud, la que se haría añicos ni bien se despertara el siguiente dormilón y se desatara la cadena hasta alcanzar el volumen esperado para estas ocasiones.

No pasó demasiado tiempo hasta que todos estuvimos en la cocina. La barra tan generosa le daba albergue a los fuegos y a cuanto quisiera rodearla para cocinar recuerdos o compartir proyectos. Las cazuelas en las hornallas gorgoteaban alegres imitando el cacareo de tanta mujer junta. La emoción que nos provocaba el logro de haber coincidido tres de las cuatro hermanas, y que al encuentro se hubieran sumado mi tía y mi prima, nos tenía en permanente alboroto. Hacía ya años que nos habíamos desperdigado por el mundo y coincidir se volvía cada vez más difícil: tres cuartas partes era un número exitoso. Endy, único representante adulto del género masculino, lucía orgulloso como ninguno el mandil a cuadritos de mi madre y los cuatro varoncitos menores de cinco años nos mantenían sin descanso con un ojo al gato y otro al garabato; su sola presencia era el presagio de que la era del matriarcado podría estar tomando rumbos diferentes para la siguiente generación.

Este encuentro giraba en torno a la barriga de Lorena, una barriga que resultó muy poderosa. Ya habíamos aprendido a aceptar que no siempre se puede coincidir en los momentos importantes: Vanessa no pudo ir a mi boda, yo no pude ir a la de Lorena, Paola bautizó a sus hijos sin nosotras y la urna con las cenizas de mi papá vivió en su librero casi un año, esperando hasta que pudiéramos juntarnos para llevarlo a Chihuahua. Esta vez mi madre, que tan buen olfato tiene para las necesidades espirituales de sus hijas, supo leer que el viaje de Lorena embarazada desde Alemania tendría que coincidir con uno mío.Así, sin más, mandó un pasaje a Montevideo y se regocijó saboreando la sorpresa que les daría a mis hermanas cuando me presentara, como si nada, a la gran reunión familiar que tenía planeada por esos días. Café va, café viene, una quesadilla con aguacate por aquí, unos huevitos revueltos por allá, todas reconstruíamos la cara que había puesto Lorena el día anterior cuando me le personifiqué cual aparición divina entre un grupo de personas a las que ella iba a saludar. Cuando enfocó bien y se dio cuenta de que no era una alucinación, sus ojos se abrieron cual platos soperos, sus pasos se tambalearon para atrás, sus manos alcanzaron su boca. Pasado el susto, nos abrazamos y lloramos como si siempre nos hubiéramos llevado bien. Como si la historia de tantos años de pleitos entre hermanas no hubieran existido, como si no hubieran volado ceniceros cual armas letales entre nosotras, como si naturalmente hubiéramos tenido la certeza de que el tiempo, la distancia y lo vivido nos harían borrar las diferencias que alguna vez consideramos irreparables.

Estábamos juntas y mi mamá no podía estar más contenta. Al menos eso pensaba antes de ver pasar por la ventana una colorida figura femenina que abrió de golpe la puerta de entrada:

­ —¡Qué! ¿Ya no hay lugar para otra más?

Lorena, Paola, mi mamá, la tía Alma, la prima Lisette, Endy, las menudencias y yo pusimos los mismos ojos de platos soperos, nos tambaleamos para atrás, nos llevamos las manos a la boca y corrimos a abrazar a mi hermana Vanessa, que de alguna forma se las había ingeniado para hacerse de dos días y llegar sin aviso con un ramo de flores desde Los Ángeles . Esta vez la más sorprendida resultó ser mi mamá. La tan aficionada a regalar y desperdigar su magia por doquier no podía emitir ni un sonido, señal de que la sorpresa la había realmente rebasado. Sus ojazos verdes centellaron por largo tiempo calladitos, mirando cómo sus hijas iban sintonizando el latido de sus corazones a un solo ritmo, al ritmo de su casa.

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Texto seleccionado de noviembre (taller de los martes)

Misericordia

Raquel Nuñez

La duna, muralla incandescente, enemiga, crepita fuego. Se interpone frente al alivio. Es la gran prueba, la final, tal vez.
El hombre la mira y los ojos encandilados se le enturbian. Montado sobre el camello, siente un vahído y le parece que viene del animal. Este, luego de un instante de vacilación, quiebra su paso para caer de rodillas, desplomado.
Cuando se da cuenta, el hombre está mascando arena, revolcado en el colchón blando e hirviente. Solo. Perdido.
Se deja estar, hundido en su desazón, hasta que el sentimiento se convierte en nada.
Con los brazos en cruz y la carne floja, tan sólo está ahí, fundido y entregado. El sol hace crujir la tela de su túnica, pincelada de mar profundo en el lienzo de arena destellante.
A través de los párpados cerrados, mil chispazos le danzan cual djinnes fulgurantes del desierto.
El sonido gutural de su compañero de trajines lo reaviva. Se sobrepone y gateando se acerca. Tantea sus alforjas de largos flecos multicolores en busca del recipiente de agua, que todavía guarda.
Vuelca algunas gotas en los labios del animal, que lo mira con ojos ardidos.
Destina otras para él.
El cuerpo, hábil economizador de humedades, las redistribuye.
Las piernas responden, lo levantan. Algunas palabras salen de su boca para alentar al animal.
Los dos, una vez más, lo intentan.
El hombre del desierto y su camello, un punto añil y un punto marrón, avanzan, paralelos, sin expectativa, sin angustia. Nada más entregados a su marcha.
La duna los ve y en su gran misericordia comienza a tenderles sus dedos oscuros.
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Texto seleccionado de octubre (taller de los martes)

Arena

Guadalupe Dos Santos

Milena llegó temprano; eligió una mesa cerca de la ventana. Mejor, así tendría un ratito para pensar. Pidió un cortado mientras miraba hacia dentro; desde un tiempo atrás una idea daba vueltas en su cabeza. Trató de organizar sus pensamientos, que a veces eran como manchas o retazos. Estaba en una edad con perspectiva, tal vez por eso tenía la pretensión de entender. Milena pretenciosa.

¿Quién le va a contar a nuestros hijos de nosotros, los anónimos? ¿Se puede comparar una relación con la historia? ¿Por qué ahora este caprichoso pensamiento? Alfredo todavía no aparece. La vida mosaico o arena desbordada formando una duna. Alfredo viento. Nadie escribió sobre nosotros, nadie nos cantó. ¿O tal vez sí? Ni cárcel, ni exilio, demasiado jóvenes, demasiado ingenuos. Piedra pequeña. Los años confunden imágenes, rostros, situaciones, amigos, hombres. Alfredo lobo. Cada palabra sin sospecha alguna, enamorados, ilusionados. Tan crédulos, con esperanza. Palabras bonitas, imágenes hermosas: no pasarán. Canto rodado, piedra pequeña, granito de arena. Milena desilusión.

-Hola.
Milena levantó la cabeza. La cara conocida, sus ojos azules, de pronto venían del pasado.
–Hola –y sonrío mientras Alfredo le daba un beso–. Se te hizo tarde.
–Sí, ¿andás bien?
Sabe de memoria que no obtendrá una disculpa pero insiste en exponerse a lo mismo. Milena cachorro. Ahora, nerviosa, pide otro cortado, ¿será una premonición? Mientras él habla vaguedades, contando su día, su sinfin de reuniones, o critica a algún compañero, Milena le mira las manos armoniosas con dedos un poquito gordos, apenas, uñas delicadas. Sus manos no van con el resto de su cuerpo grande y su andar como doblando de más las rodillas, cuando llega y se impone todo humanidad y abrazo. Milena anudada.
–Estoy dando vueltas, Milena, en realidad quería decirte… creo que ya lo sabés… necesito un tiempo.
Milena felpudo.
–Nadie escribió sobre nosotros, nadie nos cantó. ¿O tal vez sí?
Sus ojos más grandes y azules que nunca la miraron asombrados.
–¿Milena, estás bien? ¿Por qué deberían cantarnos?
Revolviendo su cortado, Milena no levanta la cara; no quiere que vea sus ojos llenos de lágrimas. Pero si continua así, con la cabeza gacha, será manantial.
–Piedra pequeña…
–Milena… ¿me estás escuchando?
–Cada palabra sin sospecha alguna…
–No creo que sea manera de hablar de estas cosas.
–Demasiado jóvenes, demasiado ingenuos…
Milena catarata.

Se levantó, se puso la campera, cruzó su cartera sobre la espalda.
–Canto rodado, piedra pequeña, granito de arena –le dijo. Y dándole la espalda se fue.
Alfredo decepción.