Para leer los diez textos de Letras del Sótano 2013

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progama letras

En febrero, iremos publicando individualmente cada texto con su ilustración, subiremos la galería de fotos y  -lo mejor- el registro editado en video con la lectura  de los textos seleccionados (a cargo de sus autores), más  la preciosa actuación del grupo Trelew aquella noche. Valdrá la pena rememorar estas Letras del Sótano para quienes estuvieron y descubrirlas para los que no!

Texto seleccionado de noviembre (taller de los lunes)

Renacer y morir

Edgar Dattoli

La crisálida ya es casi transparente, señal de que pronto todo estará listo para la partida. Desde un árbol cercano, el murciélago observa y espera ansioso el despertar de su banquete. En la oscuridad, el lobo con ojos de fuego acecha con sigilo a un pequeño lince, quien ya tiene sus patas traseras flexionadas y listas para el salto, a punto de hacer del murciélago un bocado digno.

«Ya es hora», piensa el búho mientras observa la escena desde la copa de un árbol.

La crisálida florece y el insecto, aún débil, deja asomar sus antenas y luego su cabeza. Con esfuerzo logra sacar todo el cuerpo. Enseguida extiende sus magnificas alas, ya plenas de color; solo necesita unos instantes para fortalecerse y emprender su viaje. El murciélago se percata del movimiento y se deja caer para volar en busca de la presa; en ese instante el lince salta y, detrás de él, los ojos incandescentes del lobo.

El silencio frágil se quiebra con gritos de bestias, ramas rotas, chillidos y aletear de pájaros que huyen desde otras copas. Luego silencio otra vez.

El búho gira completamente su cabeza a un lado y luego al otro, como inspeccionando los alrededores; deja su rama y aletea con gracia sobrevolando el lugar.
La escena está manchada de rojo por todas partes. Huele a tierra, algunas hojas caen y débiles quejidos se pierden en la brisa.

Cuando la nube de polvo y hojas se disipa, el búho logra ver al murciélago que yace sobre una piedra apenas vivo, herido de muerte por un certero arañazo en el cuello provocado por la garra del lince. El lobo sacude sus patas traseras, pero solo es reflejo post mortem: la ansiedad del salto en busca de una presa fácil lo enfrentó por sorpresa a una rama fuerte que ahora atraviesa su corazón. En su boca cuelga el cuerpo del pequeño lince con el cráneo aplastado por una mordida precaria, pero fatal.

Luego de rodear la escena dos veces, con oscura habilidad y elegancia sombría, el búho se posa frente a la mariposa, que aún vive. Pero a merced del ave y sin fuerzas para volar.

El cuerpo no es más que un medio de volverse temporalmente visible.
Todo nacimiento es una aparición.
AMADO NERVO


Texto seleccionado de octubre (taller de los lunes)

Cuando comencé a andar

Susana Segú

Crecí atada a cadenas de silencio ya que mis padres tenían pánico a una comunicación natural, a un gesto jocoso, a una palabra con doble sentido.

Cuando le preguntaba a papá qué hacían esos animales montados, desviaba la mirada y me decía que solo jugaban. Yo miraba azorada a los caballos, tan ausentes en su pastar, con el miembro flácido al aire, mostrándolo impúdicamente; los perros lamiéndose el suyo, tan pulcros ellos; los gatos después de una brutal pelea por la hembra, con el de ellos tan desigual al de los otros. Y el del gallo ¡puf! tan pequeño.

Cuando mayorcita, escuché repetidas veces que mis cuatro tías solteronas aseguraban que lo único que conocían sobre este tema era el de bronce del David.

La estampa austera de mi cuarto de niña solo estaba alterada por la presencia de una cunita de cesto; ahí, un muñeco de goma de ojos móviles, que después de haber dragoneado meses en la vidriera de una juguetería yo misma me regalé. Estaba rebajado porque sus puños se habían agrietado al sol. Junté el dinero con esmero y cuando volví a casa estaba feliz de tener en mis brazos la simiente de mi instinto maternal. Era mío, le inventé ropa, lo arropé, lo mimé. Mamá me espetó que ya era «una grandota» para eso, que tenía que estudiar.

Los eslabones que me ataban iban cediendo a mis ansias de descubrir secretos. Algo decían los ruidos de la noche, en la pieza de mis padres. Con mi hermana, después de acallar la risa y los nervios, nos íbamos descalzas hasta el tope de la escalera, pegado a su puerta. Nos tentábamos por la torpeza. ¿Qué veríamos? Nada, por supuesto, pero escuchábamos otras palabras, otros tonos. Aprendimos que había otros contactos y que había suspiros que se desprendían del alma por el juego del placer de dos cuerpos jóvenes. Yo volvía a la cama con más peso, con los ojos muy abiertos por la incertidumbre misma, por llevar una mochila vacía de información. Nos entregábamos a nuestras luchas de gurisas para que el sueño nos rindiera.

Mi muñeco seguía durmiendo, ajeno a los cambios en su madre. Algo abandonado, no supo llorar o reírse cuando ella, ya con incipientes alas de fragilidad, aprendía a volar picoteando información, animándose a buscarla, saciándose al encontrarla. Mi amiga del liceo compraba todos los meses una revista sobre sexualidad y yo hice lo mismo. Las atesoraba en escondites seguros y en la cama deglutía la información como si comiera el más delicioso manjar. ¡Tal era el hambre!

Cuando comencé el liceo, doce años, mamá aún nos lavaba la cabeza. La ceremonia incluía una pastilla nueva de jabón Bao y un platillo con un limón en mitades para el enjuague, así el pelo quedaba brilloso y suave. Zambullida en agua siempre muy caliente y bajo la presión poderosa de sus manos, ahogada casi con la espuma del jabón, me dijo que no sería raro que un día de esos tuviera la ropa interior manchada de sangre. Que eso era que me estaba desarrollando («¿Y qué era estar desarrollándose?»). Me explicó que encontraría en el ropero lo necesario para proteger mi ropa interior. Me imaginé las piezas íntimas, iguales a las que ella religiosamente extendía al sol cuando se manchaban. Ni comentar con mis amigas del liceo, tan despiertas e informadas, no fuera que el ridículo me comiera el alma. De todas formas sentí haber tenido a mi madre cerca por un instante.

En mi cuerpo de casi niña, me enamoré; me zambullí en el placer del amor solo intuyendo. Ese silencio lleno de sensaciones me empujó a saber que transitarlo me llevaría al supremo destino de mi vida.


Texto seleccionado de noviembre (taller de los lunes)

Seductorpe

Edgar Dattoli

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Ya habíamos pasado por dos moteles buscando habitación, pero sin éxito. «La tercera es la vencida», pensé mientras entrábamos al último que nos quedaba por visitar.
Detuve el auto en la recepción y un hombre de traje se acercó.

–Bienvenidos.
–Una habitación, por favor_dije, ya esperando el «no tengo disponibles».
–Me queda una habitación común y una temática.
–La común –dije sin dudarlo.
–Es la habitación número ocho, siga por aquí hasta el final, es la penúltima.

Seguí las instrucciones y entré en la cochera. Bajamos del auto y, envueltos uno en el otro, subimos la escalera dejando rastros de fuego. Ella entró primero, sus caderas me arrastraron hasta que se dio media vuelta al tiempo que caía sobre la cama. Sin prisa y aún de pie frente a ella comencé a quitarme la camisa, cuando su cara se transformó.

–¿Qué pasó? –pregunté con algo de desconcierto.

Ella no contestó, sólo me miraba y parecía petrificada.

–¿Estás bien? –insistí preocupado.

Lo único que pudo hacer fue señalar al techo detrás de mí.
Conocía esa cara de pánico.

–¿Qué? ¿Un bicho? –pregunté con principios de cara de sicótico.

Ella solo siguió señalando detrás de mí, y un sutil «Sí» de su cabeza activó mi estado de pánico.
«Macho macho macho», pensé para tomar fuerzas y enfrentar la situación. Cerré los ojos, levanté las manos a la altura del pecho y apreté los puños. Lentamente me di vuelta. “Macho macho macho”, pensé otra vez y abrí los ojos.
Una bestia negra de ocho patas nos miraba desde el techo.
Sin quitarle los ojos de encima, fui hasta el teléfono y llamé al conserje.

–Buenas noches. ¿En qué le puedo ayudar?
–Escúcheme, tengo un problemita. Tengo un bicho en la habitación –dije, simulando tranquilidad.
–Ahh.. De seguro usted se levantó a la Lulú, la que para en Propios. Lamento decirle que no puedo hacer nada por usted. Es fea mismo y no hay con qué remediarlo.
–¡No sea tarado! Tengo un bicho en serio –repliqué.

Luego de un silencio, el hombre respondió:

–¿Y qué puedo hacer por usted?
–No tengo idea, pero haga algo.
–Si quiere, los cambio de habitación, pero no me quedan habitaciones comunes, sólo me queda una temática.

–Sí, sí, lo que sea pero sáqueme de aquí –respondí apurado.
–Pase a la número nueve, es la siguiente.

Abroché mi camisa, puse a Celeste detrás de mí y, sin perder de vista a la bestia, caminamos rumbo a la puerta. Cuando solo faltaba medio metro para llegar, ella no pudo contener los nervios y un grito fue la señal de partida para salir corriendo. Así fue como llegamos a la nueva habitación.

El lugar tenía dos partes: el estar y la habitación, separados por una puerta corrediza pero de dos hojas, como las que aparecen en las naves espaciales de las películas.
Examinamos el estar en busca de bestias. Dos asientos de ómnibus interdepartamental hacían las veces de butacas de nave espacial; frente a ellos una pequeña mesa con un PC recauchutado. Las paredes estaban pintadas de azul con estrellitas blancas que parecían brillar por efecto de los cuatro tubos de luz negra en el techo.

–¿Cómo entramos? –preguntó ella.
–Mi amor, no te preocupes: yo me encargo.

Examiné y no encontré pestillo ni forma alguna de abrir; ya cansado por los contratiempos metí mis manos entre las puertas e intenté abrir, pero sin éxito. «Macho macho macho», pensé otra vez, y le di con todo hasta que algo sonó a roto, entonces la puerta cedió lo suficiente como para pasar. Así fue como llegamos a la habitación, la cama era redonda y sobre ella almohadones de color plata; en el techo un espejo rodeado por tubos de neón y, lo mejor de todo, un jacuzzi al pie de la cama.
Después de lo vivido, qué mejor que un baño sensual y reparador. Sin decirnos palabra alguna, comenzamos a llenar la cuna de agua; nos quitamos la ropa sin reparos. Ella enseguida se metió, yo fui al frigobar, tomé una botella de champagne, dos copas y entré al jacuzzi que rápidamente se estaba llenando. Descorché y, entre arrumacos que comenzaban a sacar chispas otra vez, brindamos. Era momento de encender el jacuzzi, pero no encontraba la forma de hacerlo. Me cubrí con una toalla, fui hasta el teléfono que estaba junto a la cama y llamé al conserje.

–¿Otro bicho? –preguntó desconcertado.
–No, no, es que tengo otro problemita. ¿Podría decirme cómo se enciende el jacuzzi?
–Cuando usted diga se lo encendemos. Tome en cuenta que el agua debe llegar hasta el nivel indicado.

Sabía que aún no había llegado al nivel, apenas faltaban un par de centímetros, pero claro, no podía ser tan grave.

–Sí, sí, ya está en el nivel, por favor, enciéndalo –contesté impaciente.

*

Colgué el teléfono y sin soltarlo miré a Celeste. Aun en el jacuzzi se la veía sexy, con la copa en su mano, el cabello ondeado contorneando su rostro y sus labios rojos llamando al encuentro.
Me quedé un segundo contemplándola desde la cama, entonces escuché el ronroneo del jacuzzi anticipando las caricias acuáticas. En ese momento, un chorro de agua salió disparado desde una de las esquinas impactando con fuerza directamente en medio de su frente, la copa saltó por los aires, ella intentó levantarse pero patinó golpeando con su brazo la champagnera. Botella, hielo y Celeste cayeron al agua en medio de un desparramo total. Cual Fontana di Trevi del fracaso, al menos cinco chorros de agua bañaban la habitación.

Todavía estaba sosteniendo el tubo del teléfono, lo levanté y hablé.

–Por favor… ¿puede apagar el jacuzzi?
–Sí, claro. ¿Ocurrió algo? –preguntó preocupado.
–No, no. Es solo que mi señora no se siente bien, gracias.

Cuando colgué, el motor se apagó; los chorros se agotaron y Celeste emergió, por cierto bastante desalineada y enojada.

–¿Estás bien? –con desatino atiné a preguntar, apretando los dientes y procurando aguantar la risa.
–Si, mi amor, ¿no ves que estoy divina? Solo me falta juntar las moneditas de la fuente –dijo con el cabello chorreando, mientras rescataba botella y copas.

La noche nos reconcilió y amanecimos en un abrazo.

Ya de día, salimos de la habitación sorteando la puerta espacial bastante maltrecha. Celeste se dio media vuelta y señaló otra vez detrás de mí.

–¿Otro? –pregunté con susto.

Ella comenzó a reír sin parar.

–¿Y ahora de qué te reis? –pregunté serio.

Celeste únicamente señalo a un lado de la puerta, donde había un botón rojo del tamaño de un puño y debajo una leyenda de tamaño considerable que decía: «Pulse para abrir».
Con cara de incrédulo presioné el botón: el mecanismo intentó abrir, logrando sólo emitir sonidos de motor forzado y hacer temblequear las puertas.

Texto seleccionado de octubre (taller de los lunes)

La bolsa de galletas

Susana Segú

Estaba aún sin abrir, en el piso de la despensa. El aroma tibio me hacía imaginar un gran mordisco sobre ese migajón blando. Pero no era así de fácil: la bolsa la abría solo mamá y yo sabía de antemano que si le pedía una galleta en ese momento no lograría mi propósito. Toqué la bolsa de arpillera nuevita, sentí la tibieza y en mi boca el gusto deseado de los jueves. Ese día de todas las semanas, el panadero llegaba tan desganado como su caballo, y su carro, lleno de pan y bizcochos. Así y todo llegaba antes de la leche de la tarde.
Me fui a caminar con un palo bastante largo, a cazar víboras. Era una tarde calurosa y húmeda, el pasto no estaba muy alto. De repente, un movimiento a un costado me alertó sobre una culebra que ya se escapaba con su cabeza erguida. La seguí hasta que se detuvo para mirar, expectante. Por su color amarronado me di cuenta de que era una culebra inofensiva y, calzada de zapatillas de yute como estaba, salté sobre ella y le aplasté la cabeza. Sentí sobre mi pie las contorsiones de su cuerpo frío, tranquila de que no podía atacarme. Giré la punta del pie dos o tres veces y cuando la liberé la colgué del palo. Seguí camino mientras miraba cada tanto al animal que lucía inerte. Encontré otra a unos pasos más e hice lo mismo.
Supe que esta era peligrosa, una yara, no muy grande, alerta y de ojos atemorizantes, cabeza erguida sobre los yuyos. Repetí la maniobra pero me pareció estar pisando una cabeza más resistente. Con ella prensada debajo de mi zapatilla, me agaché a mirar bien los dibujos y colores de su piel, esos ochos negros por los que se reconoce a este reptil venenoso. Entre las volteretas, me deleité observando su vientre blanquecino y su lomo de dibujos oscuros. Cuando no sentí más movimiento debajo de mi pie, aflojé la presión y la víbora salió rápida y oronda. Di unos pasos tras ella y la capturé de nuevo. Hice lo mismo y como estaba mareada la colgué en el palo. Caminé con más atención temiendo que otras hubieran sentido las vibraciones de peligro de un exterminador.
Detrás de unas piedras rojizas encontré la pareja de la última víctima. Se sabe en el campo que donde hay una, está la otra, a corta distancia. Esta era más corpulenta y algo más larga pero terminó colgada en la vara.

Decidí regresar; respiré a fondo el siempre delicioso olor de la tarde que cae y deja su sereno; estaba feliz con mis hallazgos. Cuando estuve debajo del techo del segundo patio, dejé el palo en el suelo y ni bien tocaron donde afirmarse, los tres reptiles salieron como si hubieran terminado de hacer gimnasia. En eso apareció Doña María, que salía de la despensa y, al sentir una víbora entreverada en sus pies, se asustó de tal manera que gritó:

—¡Señora, señora, venga que esta chiquilina se enloqueció!

Apareció mamá y tras un buen cachetazo me mandó a buscar las víboras.

—¡Qué inconciencia! No veo la hora que termines esa caja de bichos. Ahora víboras también. ¿Cuántas se escaparon?
—Tres —contesté con congoja—. Ya las voy a buscar.

En un rato las encontré. La culebra se había quedado detrás de la maceta; una de las yaras me dio trabajo: estaba dentro de una de las pantuflas de Doña María, que casi se desmaya cuando la saqué de allí, y la otra estaba alrededor de la bolsa de galletas en una hendidura que dejaba contra el piso. Fue la que mejor escondite tuvo, todo el largo de su cuerpo al calorcito de la preciada bolsa.

Llevé las víboras dentro de una lata de duraznos que dejé al pie de una planta de cardo, tapada con medio ladrillo. Para no levantar sospechas, al rato llevé los frascos, el formol y un cuchillo de hoja fina y filosa. Las terminé de matar, clavándoles la punta de acero donde terminaba el cráneo de cada reptil. Les pasé un trapo afranelado, las arrollé en anillos, les abrí las bocas, llené los frascos con formol; después de taparlos, comprobé que no perdieran.
Y levantándolos a la altura de mis ojos, me los imaginé en el último casillero, como broche de oro, para mi caja de biología.

Texto seleccionado de septiembre (taller de los lunes)

La herencia

Cecilia Abelenda

El contacto con el reloj me sigue provocando escalofríos. No puedo olvidar el momento en que lo recibí.
-Guzmán, te llama tu abuelo -dijo mi madre tomándome del brazo suavemente-. Creo que quiere decirte algo. No lo hagas hablar muy fuerte que se agita.
Sin soltarme el brazo, me llevó adentro y me alcanzó la toalla blanca.
-Tomá, secate un poco la cara, estás hecho un desastre… Y acordate, no lo dejes hablar demasiado.
No le contesté.
Entré al cuarto. El olor a ungüento me volteó. Tuve que hacer un gran esfuerzo para, en la oscuridad del recinto, encontrar el taburete de tres patas para así poder sentarme. Me instalé al lado de la cabecera de la cama.
No podía dejar de temblar, no sé si era porque había transpirado mucho y la camiseta empapada se me pegaba a la piel, o si eran los nervios. O el miedo. Nunca había estado tan cerca de alguien a punto de morir.
El viejo dormía, tan profundo que varias veces me acerqué con cuidado a su nariz para ver si respiraba o no. Casi no se movía, y el aire que exhalaba era mínimo. De golpe tembló y se incorporó en la cama.
El corazón casi se me sale del pecho.
-¿Qué pasó -dijo, volviendo de quién sabe qué viaje.
-Abuelo, soy yo. Mamá me dijo que quería hablar conmigo.
-Sí, m’hijo -contestó, creo que dándose cuenta de dónde estaba-. Quería darle esto, tome -agregó mientras sacaba, con gran lentitud, un paquetito de tela de abajo de su almohada. Lo tomé sin poder decirle nada y lo abrí.
-Este reloj que le doy, me lo regaló mi padre cuando…
Y se quedó dormido. Estuve más de una hora ahí sentado, esperando que dijera algo más.