Texto seleccionado de noviembre (taller de la tarde)

Los perros están atacando

Ana Arjona

El celular marcaba un mensaje nuevo. Lo descubrí en la mañana después de pasar por la niebla de la ducha caliente.
Era de Sara.
«Los perros están atacando».
Miré la hora. 1.58 de la madrugada.
¡Otra vez! No podía creerlo. Farfullé algo a punto de enojarme, pero opté por reír. Me vestí. Calcé los championes. Me eché encima un buzo de lana y crucé las habitaciones ya frías a esa altura del año.
Ignacio preparaba el desayuno en la cocina. Me sonrió desde el olor a manzana rallada y el barullo de la licuadora que molía las semillas duras del girasol, las alargadas y brillantes del lino y las minúsculas del ajonjolí. Los platos de barro esperaban. Por la ventana entraba una luz plateada que alisaba los antiguos azulejos blancos, se hacía espesa en las mesadas de madera dura y se detenía en la vieja cocina inglesa. La mañana verde del campo se empinaba en los vidrios empañados.
—Sara mandó un mensaje, pero recién me entero.
—«Los perros están atacando»…
—¿Lo leíste anoche?
—Sí, y le contesté: «Por acá todo tranquilo». Volvió a mandar otro.
—Ay, no…
—«Ya tiramos cuatro tiros».
Miré su cara de resignación. Sara es un personaje estrafalario y angustiado que pone a prueba toda nuestra paciencia y hasta las reglas de buena vecindad. Nunca sabemos si las cosas ocurren o son una invención de su desvarío y su soledad.
Con la charla y el mate, la mañana fue cerrando su círculo.

A la siesta, arrebujada en el edredón tratando de echar el frío y atraer el sueño, sentí ruidos de lloriqueos de niños.
—¡Carajo! —dije y me vestí apurada mientras atisbaba por la persiana. Como una ilusión óptica, en el medio del patio, Sara, rodeada de sus perras famélicas, debajo de varios abrigos y con la cabeza envuelta en una bufanda, miraba hacia mi ventana. Con una picardía casi infantil. La sonrisa descolocada.
—¡Ya voy! —grité, a pesar de la inutilidad del gesto.
Recorrí rápida los cuartos vacíos con la bolsa de agua caliente apretada bajo la ruana. Abrí la puerta y me eché afuera adentrándome en el aire blanco y frío.
Las raíces de la magnolia, como ríos opacos de abultadas venas, viajaban entre el pasto, ahora ralo, del patio. El manto de hojas caídas no lograba apaciguar el vaho helado que respiraba la tierra.
—¡Qué frío hace! —dijo y se abrazó a sí misma—. ¿No tendrá unos diarios para darme? Pocha se me hiela y no tengo cómo calentarla.
Di unos pasos acompañándola hacia el galponcito, pero al fin la dejé ir sola. Quedé prendida al jardín del fondo que parecía haberse detenido en el tiempo y resplandecía. La claridad como un gélido ramaje se me metió en el pecho. Olía a invierno desmesurado.
Sara volvió con un inmenso montón de diarios. Apenas se distinguían sus ojitos brillando. Se despidió.
Al dar vuelta a la casa para irse me dijo:
—Me llamó Fornio. El hijo encontró una carretilla llena de cosas, allá —y movió la cabeza hacia el bajo—. ¿No le falta nada?
—Creo que no —dije, siguiendo desganada su gesto con los ojos.
—Es una carretilla —insistió nuevamente.
—Ajá —susurré, tratando de finalizar la conversación.
—Fíjese —volvió a decir sentenciosa.
Luego, medio doblada bajo la pila de periódicos, giró alegremente. Cruzó los esqueletos enloquecidos de los ceibos entre el griterío de las perras que saltaban como marionetas desarticuladas.
A los pocos pasos se dio vuelta y gritó:
—¡Estoy esperando a los israelíes!


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Texto seleccionado de octubre (taller de la tarde)

Insomnio

Cecilia Cardoso

Usualmente, a eso de las nueve, a Sara le sobreviene el tedio. Como una niebla espesa, se le cuela hasta los huesos en las noches de invierno. Despachada la cena liviana, a sus ochenta y cinco años, encuentra poco que hacer. Con su audición debilitada, la tele y la radio ya no le atraen mucho. Libros y crucigramas son favoritos de la tarde, pero infelizmente los juegos nocturnos con sus hermanas se han cortado a raíz de las discusiones.
Coloca el bastón a su alcance y, frotándose la pierna enferma, se sienta suspirando frente al ventanal de su dormitorio. La pared oscura del edificio de enfrente se anima aquí y allá con luces dispersas. Le recuerdan a las luciérnagas sobre el césped. ¡Cómo se divertía correteándolas con sus hermanas para echarlas en tarros de vidrio! A propósito: Cora y Beba están francamente insufribles. La convivencia se torna difícil. Cora, siempre quejosa: que el reuma, que los ruidos, que las corrientes, que las empleadas… En los últimos tiempos, la cantilena es la indigestión. ¡Bien merecida! Por esconder los bombones y apurárselos de una vez evitando el convite. Así está: regordeta, descuidada, paseando sus pesados lamentos por las habitaciones.
La menor, Beba, antes tan divertida, liberal y ocurrente. Otra Beba. Bien distinta a esta: seca, avinagrada, prejuiciosa. Santurrona, prendida al rosario. Con los ojos irritados por no quitarse los lentes de contacto de noche. Terca. Ya la rezongó el óptico.
A pesar de todo, Sara no puede negarlo: las extraña. Extraña el scrabble, aunque tenga que ayudarlas a formar palabras. Extraña la conga, aunque deba explicarle las reglas a Cora cada vez y Beba demore un siglo en el descarte. Aunque a veces tenga que mirarles las cartas, soplarles qué tirar. Aunque Beba se atufe, acusándolas de ladronas cuando pierde. Por lo menos es mejor que este ostracismo autoimpuesto. Con el último bocado, dejan la mesa sepulcral para encerrarse a lidiar con el insomnio como puedan. Noches interminables, con los ojos apretados intentando atrapar el sueño. Negros pensamientos, monstruos de la oscuridad. De lo contrario, sucumbir. Al lado del agua y la servilleta con puntilla, allí nomás, la pildorita blanca. Tan ínfima. Tan inocente. Un mazazo. Para despertar, embotada, con aliento pastoso, al día siguiente.

Con el vaso a medio camino de la boca, Sara se frena. Han encendido una luz potente en el apartamento de enfrente. Ella recuerda la reciente mudanza ruidosa, temprano en la mañana, después de meses de oscuridad y silencio. Vuelve el somnífero a la mesita vestida de satén y toma los pequeños binoculares que custodian los retratos de su fugaz gloria.
Un morocho joven con el pelo atado, musculosa ceñida y pantalón negro, ha entrado en la habitación. No hay muebles. Las paredes son espejos y un aparato de música lo aguarda pasivo en un rincón. El muchacho se le acerca y al instante las lucecitas verdes le sonríen. Ni un acorde escapa por el ventanal hermético. El artista se apoya en una barra y comienza, con pliés, su rutina. La mujer queda fascinada: la armonía del bailarín la hipnotiza. Sara va componiendo la música y lo acompasa.
El joven ahora danza en el medio de la habitación. Sus movimientos son apasionados. Gira. Se lanza a un lado y otro. Sus bíceps brillan. Sara lo persigue con los binoculares. Al borde de la butaca, ella es etérea, con pies expertos que la equilibran para acompañar a su partenaire en los grand jetés, en las piruetas, en todas las acrobacias. Un suave perfume de rosas emana de sus retratos y se esparce por la habitación en penumbra. Sara es Odette, el cisne. Y no le duele nada.

A lo lejos, en el comedor, suenan once campanadas del reloj de pie. La presencia de Cora a su lado, sobresalta a la hermana mayor.
—¿Qué pasa?
— No puedo dormir, Sarita, —le murmura Cora al oído, como cuando eran chicas.
—Bueno, acercáte la butaca, vení.
—Te traje chocolates, ¿querés?
—¿Qué?… No, gracias. En un rato… —replica la hermana.
—¿Es el nuevo vecino, no? Yo miraba también, pero de mi dormitorio no tengo buena perspectiva —comenta Cora arrastrando el asiento.
—Sí —responde Sara—. Es un puro deleite verlo bailar.
Cora, resoplando, se apoltrona en la butaca. Desenvuelve con destreza el crujiente papel dorado y se mete un bombón en la boca.
—Sarita, decime, ¿qué está bailando ahora? No me doy cuenta, no conozco ese baile, ¿tu? —pregunta, ajustándose los lentes.
—A ver… Noo. Calláte… esperá… ¿Cóoomo? Se está quitando la camiseta. Mirá, la está revoleando. La largó al piso —relata Sara, inclinándose hacia delante y ajustando el foco con las manos temblorosas.
— Yo distingo el movimiento, pero… ¿será por mis cataratas? Esos detalles no los veo.
—¡Corita!¿Qué hace? ¡Se quitó el pantalón!
—¿Estás segura? —pregunta Cora, casi chocando la cabeza con el vidrio y frunciendo tanto la nariz que por poco pierde los lentes—. ¿Y ahora?
—Se está acercando más al ventanal. ¿Ves? Y sigue bailando. En slip blanco. De frente, más lento. Es muy sensual este chico. ¿No lo ves?
—No mucho. Ay, ahora mejor, sí. Cerrá las cortinas. Por favor, que no nos vea. Me da vergüenza, Sarita.
—¿Qué? ¿Que te da vergüenza? Dejáte de embromar. ¿A esta altura, vergüenza? ¡Por favor! Tenemos show propio —ríe Sara, divertida, codeando a su hermana.
—¿Te parece? Bueno, puede que tengas razón. Pero a Beba, ni una palabra, ¿eh? —concede la gordita sonriendo con picardía. Y agrega con la boca llena—: Mañana pido hora con el oculista.

En camisón de franela blanco, con la cara cubierta de crema y una cruz de nácar colgando sobre el pecho, Beba revuelve su bolsito de medicamentos. Constatando que se ha quedado sin somníferos, cruza al dormitorio de Sara. Sus hermanas, concentradas frente al ventanal, no se percatan de su presencia. A ella le pica la curiosidad. Se acerca, cuidando de no arrastrar las pantuflas. En ese mismo momento el stripper se deshace de la última prenda. Así, como Dios lo trajo al mundo, hace una profunda reverencia y luego sopla besos a sus dos fans que, a las carcajadas, se ponen de pie para aplaudirlo. Beba, apretando contra sí la cruz, chilla—: ¡Ave María Purísima!


Texto seleccionado de noviembre (taller de la tarde)

La bufanda roja

Stella Vazquez

bufanda

Con el pasaje en la mano, tironeando del bolso y abriéndome paso entre la muchedumbre, llegué al ómnibus que estaba por partir. Entregué el equipaje y el conductor hizo señas para que me apurara. Subí y pedí disculpas. Mientras buscaba el asiento, me llamó la atención la cantidad de pasajeros: eran pocos, quizás doce y estaban sentados del lado de la ventanilla; pensé que subirían más en alguna parada del recorrido, como había pasado otras veces.
Al salir de la terminal, me extrañó pasar por calles desconocidas, entonces pensé que tal vez hubiesen cambiado el recorrido. No había nadie sentado a mi lado; en realidad no había nadie a mi alrededor. Decidí contemplar el despertar de la ciudad y repasar el programa de la jornada, esperaba que esta vez los aparatos funcionaran bien. Palpé el portafolio y suspiré al sentir los adaptadores.
Poco a poco el gris iba dando paso al verde; yo seguía sin reconocer el camino, traté de hacer memoria y la única respuesta era que nunca había viajado sola a esa hora.
Estaba inquieta, trataba de encontrar alguna señal de dónde estaba: el sendero de las palmeras, la portera de la casa blanca, la estación de servicio. Nada, nada, nada.
Al llegar a una radial, el conductor dejó la ruta y tomó por un camino de balasto. Ahora sí, iba tomando conciencia de no estar dónde tenía que estar. Caminé por el pasillo mirando a los pasajeros, todos parecían muy confiados en el destino, se habían entregado a Morfeo en una sinfonía opaca y disonante. Dando tumbos llegué hasta el conductor.
—¿Falta mucho para llegar a Buenhora? —pregunté tratando de mantenerme en pie.
—Este recorrido termina en Pombino —contestó sin mirarme.
—¿Pombino?
—Sí, Pombino.
—¿Y dónde queda eso? —pregunté entre angustiada y sorprendida.
—En Pombino, dos pueblos más adelante —y detuvo la marcha.
Cuatro somnolientos hombres me saludaron tocando el borde del sombrero y bajaron acomodando las palabras, los gestos, el paso. El conductor pidió permiso y también bajó. Caminé hasta mi lugar y vi cómo los que estaban abajo, al mirarme, movían la cabeza y sonreían. Los otros, al parecer, descenderían en el próximo pueblo. Uno de ellos se paró para bajar una caja atada con varias vueltas de hilo sisal, me miró de reojo y susurró algo al que trataba de ayudarlo. Imaginé que hablaban de mí; sentí frío, tomé la bufanda roja y la envolví alrededor del cuello. La suavidad de la lana entibió mis temores, tenía que pensar qué hacer. Lo primero sería avisar lo que estaba pasando, busqué el celular pero no tenía señal: había olvidado cargar la batería. ‹‹¡Pombino! ¿Dónde diablos queda Pombino? Pronto empezará el encuentro, se preocuparán, pensarán que pasó algo… ¡y vaya si ha pasado! Tomar el ómnibus equivocado, no lo puedo creer…››.
Miré por la ventanilla. El cartel con el nombre del pueblo estaba oxidado, solo podía distinguir la última letra, una «N» blanca raspada que dejaba ver el fondo verde.
Los hombres bajaron sin apuro, uno rengueaba. Descubrí que no todos eran hombres: había dos mujeres, una rubia y otra castaña, que desaparecían debajo de los abrigos gruesos, largos, oscuros. Llevaban gorros de lana, algunos pelos sueltos les ondulaban en el viento. El conductor les dio el equipaje, siguieron a los otros que ya estaban cruzando la vía. El ómnibus arrancó; giré la cabeza, quería encontrar una mirada, un saludo suelto en el aire, pero pronto fueron un bulto, un punto, nada.
*
Al llegar a Pombino averiguaría cómo llegar a Buenhora y buscaría un teléfono. En un rato el sol no daría sombras.
—Última parada —dijo el conductor y los frenos chirriaron.
Avancé por el pasillo, mirando para no olvidar algo.
—¿Aquí es Pombino?
—Sí, le alcanzo el equipaje, permiso —dijo haciéndome a un lado.
Al entregarme el bolso le pregunté dónde estaban las oficinas.
—No hay, solo es un puesto de llegada y salida —contestó cerrando el ómnibus.
—Pero … ¿cuándo sale el próximo viaje?
—Mañana —subió el cierre de la campera, se fue silbando.
Desconcertada miré alrededor. Un muro alto de bloques y ladrillos impedía ver lo que había más allá del portón por donde había desaparecido el conductor ante mi desesperación.
Caminé hasta la única salida sin darme cuenta de que arrastraba la bufanda roja, sentía la boca seca y el portafolio pesaba más de lo que recordaba.
Empujé el destartalado portón de tablas apolilladas, desvanecidas; en la maniobra, enganché los flecos de la bufanda en un clavo, pero logré sacarla sin dañarla; la sacudí mientras miraba un camino amplio rojizo que llegaba hasta las primeras casas. Avancé sin mirar atrás: un silencio de pedregullo golpeando los zapatos me acompañó hasta la primera esquina, una ola de maldiciones explotaba en mi boca.
No sé si estaba en medio de Pombino, lo qué sí sabía era que nunca me había sentido tan sola, estaba a punto de llorar cuando percibí la sombra de una mujer.
Parecía que caminaba lento pero sin embargo movía los pies ligero, era baja, redondeada, un chal violeta le cubría la cabeza y la mitad de la espalda algo encorvada.
—¿Necesita ayuda? —dijo tocándome con la mirada.
—Sí, necesito un teléfono.
—¿Me da propina? —y extendió la mano.
—Sí, claro —sonreí y le di una moneda de cinco.
Ella empezó a caminar, la seguí por las calles adoquinadas, sentía el viento y el polvo en los ojos. No veía a nadie, las casas estaban en silencio, las puertas cerradas, algunas ventanas tenían corridas las cortinas, otras estaban guardadas por postigos toscos.
La mujer señaló un edificio, pude leer ‹‹Lo María››, crucé la calle, di vuelta para saludar, otra vez estaba sola.
La puerta cedió con un quejido. El lugar estaba en penumbra, a pesar de la hora que era. En un sofá azul un gato dormía enroscado, el reloj marcaba una hora que había sido o sería. Un mostrador de madera cortaba la habitación en dos y por detrás colgaba la cortina de tiras de plástico; algo como un olor rancio brotaba de las paredes turquesa que en algunas partes dejaban ver el rosado anterior.
—Hola, buenos días —y toqué una campana que señoreaba en la pared.
Entre las tiras de colores apareció una anciana vestida de negro; tenía la mirada quieta, la boca era una línea en un mar de arrugas.
—¿Tiene teléfono?
Sin contestarme se agachó detrás del mostrador, dejó apoyada la mano izquierda sobre la madera gastada. Tenía la piel salpicada de manchas y surcada por venas gruesas verdes moradas, las uñas desparejas; surgió con el aparato anaranjado junto al pecho. Con voz seca me dijo que hablara poco; luego, arrastrando los pies, se alejó por el pasillo.
Después de varios intentos logré comunicarme con el coordinador del encuentro; me dijo que trabajaría en mi lugar y yo lo haría el próximo fin de semana. De todos modos, tendría que ver cómo pasar el resto del día, todavía más, dónde pasar la noche.
Volví a tocar la campana, escuché los pasos marchitos.
—¿Sabe dónde puedo alquilar una habitación hasta mañana?
—Tengo una —dijo mirando el tablero cubierto de llaves.
—¿Puedo verla?
—Sígame —y la seguí.
De uno de los bolsillos del vestido sacó un manojo de llaves. Cada una tenía enganchada una chapa con un número; las miró sin apuro, tomó una y abrió la puerta. El moho dibujaba formas extrañas en el techo; corrió la cortina verdosa de la ventana, la luz del mediodía reveló la capa de polvo que cubría los muebles.
—¿La quiere?
—Sí, ¿dónde está el baño?
—Allí —señaló una puerta que yo pensaba era el ropero.
María se fue. Saqué la toalla del bolso, me lavé las manos, la cara, tomé un poco de agua deseando no me hiciera mal. Salí; tenía hambre, quería hablar con alguien.
No sé cuánto anduve hasta que encontré la plaza. Gorriones y palomas bebían agua de la mano de la sirena en la fuente de mármol; junto a los canteros de malvones los bancos de hierro y madera estaban vacíos; en las esquinas los álamos mecían secretos. Nada había cambiado, el viento seguía mis pasos, mis pensamientos, todo olía a tierra seca. Pero sentía que mil ojos me acompañaban.
Seguí caminando sin rumbo. Los zapatos de taco alto comenzaban a molestarme, escondí la mitad de la cara detrás de la bufanda roja.
*
Escuché pasos, me detuve, miré hacia atrás. Eran María y la mujer del chal violeta, movían las manos para que las siguiera. Así lo hice. Me sentía cansada.
Cuando llegué a ‹‹Lo María››, las dos mujeres me esperaban al pie de la escalera. Las seguí. Ahora la puerta estaba abierta; la habitación olía a lavanda, la cama estaba cubierta por una colcha blanca de algodón, las fundas de las almohadas lucían puntillas anchas de hilo, el polvo había desaparecido, la ventana parecía más grande con la cortina de voile. En el baño las toallas estaban esponjadas y había jabón perfumado.
Bajé para agradecerles, pero no las encontré. Entonces decidí ducharme, ansiaba el agua; luego buscaría un lugar para comer.
Frotaba la toalla en el pelo cuando escuché voces que venían de la calle. Me asomé y pude ver un grupo de personas que miraban hacia mi ventana. Levantaban las manos, llamaban a otros que venían corriendo y quedaban parados mirando, mirándome.
Traté de vestirme rápido, pero me sentía torpe, nerviosa. Me miré en el espejo, estaba pálida. Deslicé el pelo hacia un lado, crucé la bufanda roja sobre el cuello, la dejé caer sobre los hombros.
Bajé la escalera aferrada a la baranda, la puerta estaba abierta, en la calle el gentío se apretujaba.
María se acercó y me dio un portarretrato. Desde la foto, una mujer con una bufanda roja se miraba en mis ojos.

Texto seleccionado de octubre (taller de la tarde)

Enemigos en la cabeza

Virginia Mórtola

Acababa de golpear pero no quería que me atendieran, no quería hacer la pregunta. Miré la puerta enorme y me enojé con mi madre. Otra vez lo mismo; deseaba que existiera un antídoto que los hiciera desaparecer para siempre, así yo no tenía que andar pidiendo para liberarme de ellos.
Desde hacía varios días me picaba la cabeza. Traté de rascarme lejos de mi madre. Si ella estaba cerca, yo apoyaba la cabeza en la pared y me movía despacito para calmar la picazón sin que me descubriera, o rascaba a Pancho y me concentraba en pasar mis uñas por el lomo negro para distraerme.
A mí no me gustaba vivir con enemigos en la cabeza, pero le temía mucho más al ataque de mi madre para eliminarlos.
El plan funcionó solo dos días, al tercero ella me vio con las manos enredadas en el pelo; parecía que mis piojos le daban picazón, porque cada vez que me veía se rascaba nerviosa. Entonces escuchaba lo que no quería escuchar: «Te estás rascando, tenés piojos. Hay que sacarlos». Esa era la frase más terrible que me podía decir, porque sabía lo que venía después.
Cada vez que tenía piojos mi madre me bañaba en vinagre y yo me sentía una ensalada para viejos. Después, con una toalla en la cabeza, me mandaba a pedir un peine fino a los vecinos. Aunque me daba mucha vergüenza tenía que ir igual, fingiendo que era natural tener bichitos caminándome entre los pelos.
Esperaba frente a la puerta de Doña Felipa, que aunque no tenía hijos casi siempre guardaba un peine fino para prestarme. Creo que los compraba para mí. Además, sus cachetes rojos y redondos me daban confianza, entonces mi corazón no latía tan rápido.
El ruido de las llaves acercándose me obligó a prepararme para ser atendido. Acomodé la toalla que parecía un turbante y me pesaba. Doña Felipa abrió la puerta y me miró sonriendo.
–Parece que otra vez tenés piojos –me dijo mientras se limpiaba las manos con un trapo.
Asentí como un muñequito moviendo la cabeza y la toalla.
–¿Estas necesitando un peine fino?
Repetí el mismo gesto, esta vez agarrando la toalla.
–Pasá.
Caminé atrás de Doña Felipa siguiendo el vaivén de su culo que no me dejaba ver nada más. A medida que avanzaba sentía un olor a torta de manzana que me animaba. Cuando llegamos a la cocina vi los pedazos humeantes arriba de la mesa. Creo que quedé pasmado, con los ojos y la boca abiertos, mirando la torta porque Doña Felipa enseguida me dio un pedazo en un platito. La pasta tibia se deshacía en mi boca y bajaba suavecita llenándome de dulzura el cuerpo. Mis patitas se hamacaban en la silla mientras saboreaba aquel manjar. Si creyera en Dios diría que escuché ángeles cantar y aletear alrededor mío mientras comía.
Ella volvió con el peine en una bolsita de plástico. Cuando lo ví sentí la toalla aplastándome y mi cuero cabelludo se imaginó a mi madre, como una guerrera en combate, cinchando de mis pelos. Entonces tuve un súbito sentimiento de piedad conmigo mismo y, por qué no decirlo, también hacia ellos. Iban a ser atrapados entre los finísimos dientes del peine y depositados en una palangana donde flotarían en sus últimos momentos, lejos de mí, su hábitat natural. El campo de batalla estaba en mi cabeza, así que iba a ser torturado: mi madre no iba a parar hasta haber eliminado la última liendre.
No podía ser todo sufrimiento para los seres de este mundo.
Me saqué la toalla olorosa y húmeda, como un condenado a muerte cumpliendo su último deseo. Luego, liberé a mis piojos envinagrados de la opresión y me entregué a las delicias de otro pedazo de torta de manzana.

Texto seleccionado de septiembre (taller de la tarde)

Siete de trébol

Magdalena Vidiella

Siete de trébol


Yo esperaba con ansiedad el lunes. Llegaba del colegio a las cinco, justo para tomar la merienda con ellas. Por aquella época se reunían en la casa de mis padres.
Ese día la camioneta se demoró. Bajé del ascensor apurada y me colgué del timbre. Por debajo de la puerta se colaba el olor a té con leche y escones calientes con manteca. Mi abuela tenía la costumbre de llenar la tetera grande de peltre con demasiados sobrecitos de té negro. Quedaba tan fuerte, que se te metía hasta en las muelas.
Abrió la puerta mamá y todas me saludaron con cariño. Las cuatro viejas ya estaban prontas; los restos de comida se encontraban apilados en la mesa auxiliar. Estaban sentadas en la mesa de madera cuadrada; habían colocado el mantel de paño verde billar y prendido la luz de la lámpara de pie.
Me senté en la silla que sobraba, entre mi abuela y Ester, para mirar bien. Nunca me perdía detalle.
De golpe me llegó una mezcla de olor a crema para manos y fijador de pelo. Respiré hondo, creí escuchar mis latidos. Había un silencio tenso. Ester tomó decidida el mazo, lo separó en dos mitades exactas y las enfrentó. Con los pulgares hizo que las cartas cayeran en cascada, entreverándose. Sus dedos eran largos, huesudos y llenos de manchas. En casi todos tenía un anillo y sus uñas estaban prolijamente limadas y pintadas de nácar perlado. Las venas azuladas y gruesas sobresalían a través de su piel fina y recorrían, como si fueran raíces, toda su mano ramificándose hasta el brazo. Comenzó a lanzar las cartas, cortando el aire. Los pliegues de la piel sobrante que colgaban de sus brazos delgados se sacudían con cada carta. Las pulseras finitas de oro agregaban música a la tarde.
–¡A partir de ahora está prohibido hablar sobre el juego! –sentenció como siempre. Las reglas eran las mismas que se usaban en los campeonatos internacionales. Ester no permitía a nadie, ni a ella misma, quebrantarlas.
Así era en todo. Un día llegó chorreando agua y tiritando de frío porque, a pesar de la lluvia, no quiso cambiar su rutina de venir caminando desde el centro. Treinta y seis cuadras con tacos.
–Sos mano, Rosita –dijo dando vuelta la primera carta del mazo: era un tres negro.
–No hay dos sin tres –cantó bajito como acostumbraba cuando aparecía una tapa.

Lentamente, Rosita miró el abanico de las cartas que se amontonaban desparejas en sus manos y se estiró perezosamente para agarrar una carta del mazo. Un dejo a perfume dulzón llegó hasta mi nariz. Después de tomarse unos segundos más la colocó en el extremo izquierdo.
A Ester no se le escapó el detalle: suspiró triunfante, estiró su cuello arrugado de tortuga y levantó su pera filosa.
Rosita no hizo caso de su reacción y tiró una carta alta. Como era de esperar, dio el pozo. Levantó con esfuerzo sus hombros en señal de que no le importaba. Al hacerlo su espalda se encorvó, acentuando su joroba.
A mí me gustaba su joroba. Ella la llevaba con tierna resignación, como una mochila pesada que tuviera que cargar todo el tiempo.
Tenía el pelo blanco y un halo de tristeza la envolvía.
–Gracias –dijo Chela con voz grave, casi de hombre. Aplaudió y levantó el pozo. Ese día usaba el vestido más feo de todos los que alternaba cada lunes. Era el estampado con grandes flores verdes, rosadas y azules, con la ridícula chaqueta haciendo juego. Tenía un escote en “v” bastante pronunciado por donde sobresalía una verruga, como una peluda mora en el medio de su pecho.
El aire se lleno de humo. Mi abuela, ante el primer error de su compañera, se puso nerviosa y prendió un cigarro. La columna de humo salía con fuerza desde los agujeros oscuros de su nariz, bajaba por sus mejillas de bulldog, su doble papada, y volvía a subir metiéndose entre sus lentes rojizos de armazón grande y su pelo castaño.
Muchas veces, era yo la que la acompañaba a lo de Caqui. Iba todos los viernes, justo cuando había más gente, y se pasaba toda la mañana. Caqui –mientras nos ponía al día con los últimos chismes– le hacía la tinta, el lavado, el brushing y después el batido para disimular los lamparones con poco pelo. Le arreglaba las manos, las cejas, y le pasaba una crema especial para las manchas y varices de las piernas. Tenía una piel tan delicada que ante cualquier golpe se le rompían las venitas y se le formaban costras de sangre oscura y seca.

El humo se hizo insoportable. –Está la nena… –susurró Ester, algo indignada. Pero en eso mi abuela no cedía. Siguió fumando su cigarro.
Rosita y Ester me miraron con lástima, como si fuera una rata de laboratorio a la que le inyectaban algo para hacer un experimento. Chela terminó de bajar sus cartas.
–¡Pobre! –insistió Rosita, haciendo un chasquido curioso al pasarse la lengua por sus dientes postizos. Siempre se quejaba de que le molestaban. Una vez había pedido un vaso y se los había sacado. Yo, incrédula, no podía quitar la vista de esa dentadura macabra que me sonreía con malicia flotando en el agua.

Chela tomó una carta para tirarla al pozo. –Si por lo menos la nena pudiera jugar… –agregó y se detuvo. El siete de trébol quedó en su mano a medio camino, como suspendido en el aire.
Sentí la fuerza de cuatro pares de ojos chiquitos, nublados pero vivaces, posándose sobre mi cara de niña. Me estaban mirando raro. Parecían mafiosos decidiendo si iban a perdonarle la vida a alguien.
Ester frunció el labio superior, que quedó como un acordeón; hizo un gesto afirmativo moviendo apenas la cabeza y suspiró. Sin siquiera hablar, las demás también se pusieron de acuerdo.
Yo me di cuenta de lo que iba a pasar y sentí que mi corazón saltaba de alegría.

Haikus de Libélulas (taller de la tarde)

Entre la hierba
las libélulas trenzan
aros azules.

El viento pasa
moviendo las lavandas
frente a la niña

Danza de voces,
estrellas en el cielo.
Silencio, nada.

Te negro dulce
un chocolate con pan
beso de abuela

Tarde de niebla.
Entre las ramas grises,
paredes tristes.

Dejó de llover
Los aromas húmedos,
se desperezan.

Batir de alas
libélulas reunidas
tierras fértiles

Duerme mi niño
con piel de manzanilla
su siesta dulce

En el camino
las libélulas besan
los pinos tristes.