Algunas imágenes de Letras del Sótano 2012

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Texto seleccionado de octubre (taller de los martes)

Arena

Guadalupe Dos Santos

Milena llegó temprano; eligió una mesa cerca de la ventana. Mejor, así tendría un ratito para pensar. Pidió un cortado mientras miraba hacia dentro; desde un tiempo atrás una idea daba vueltas en su cabeza. Trató de organizar sus pensamientos, que a veces eran como manchas o retazos. Estaba en una edad con perspectiva, tal vez por eso tenía la pretensión de entender. Milena pretenciosa.

¿Quién le va a contar a nuestros hijos de nosotros, los anónimos? ¿Se puede comparar una relación con la historia? ¿Por qué ahora este caprichoso pensamiento? Alfredo todavía no aparece. La vida mosaico o arena desbordada formando una duna. Alfredo viento. Nadie escribió sobre nosotros, nadie nos cantó. ¿O tal vez sí? Ni cárcel, ni exilio, demasiado jóvenes, demasiado ingenuos. Piedra pequeña. Los años confunden imágenes, rostros, situaciones, amigos, hombres. Alfredo lobo. Cada palabra sin sospecha alguna, enamorados, ilusionados. Tan crédulos, con esperanza. Palabras bonitas, imágenes hermosas: no pasarán. Canto rodado, piedra pequeña, granito de arena. Milena desilusión.

-Hola.
Milena levantó la cabeza. La cara conocida, sus ojos azules, de pronto venían del pasado.
–Hola –y sonrío mientras Alfredo le daba un beso–. Se te hizo tarde.
–Sí, ¿andás bien?
Sabe de memoria que no obtendrá una disculpa pero insiste en exponerse a lo mismo. Milena cachorro. Ahora, nerviosa, pide otro cortado, ¿será una premonición? Mientras él habla vaguedades, contando su día, su sinfin de reuniones, o critica a algún compañero, Milena le mira las manos armoniosas con dedos un poquito gordos, apenas, uñas delicadas. Sus manos no van con el resto de su cuerpo grande y su andar como doblando de más las rodillas, cuando llega y se impone todo humanidad y abrazo. Milena anudada.
–Estoy dando vueltas, Milena, en realidad quería decirte… creo que ya lo sabés… necesito un tiempo.
Milena felpudo.
–Nadie escribió sobre nosotros, nadie nos cantó. ¿O tal vez sí?
Sus ojos más grandes y azules que nunca la miraron asombrados.
–¿Milena, estás bien? ¿Por qué deberían cantarnos?
Revolviendo su cortado, Milena no levanta la cara; no quiere que vea sus ojos llenos de lágrimas. Pero si continua así, con la cabeza gacha, será manantial.
–Piedra pequeña…
–Milena… ¿me estás escuchando?
–Cada palabra sin sospecha alguna…
–No creo que sea manera de hablar de estas cosas.
–Demasiado jóvenes, demasiado ingenuos…
Milena catarata.

Se levantó, se puso la campera, cruzó su cartera sobre la espalda.
–Canto rodado, piedra pequeña, granito de arena –le dijo. Y dándole la espalda se fue.
Alfredo decepción.