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Relato de manicomios: Mi primer libro

Mi primer libro

Cecilia Perez

El cinco de octubre de 2003 fui internada en Villa Carmen al borde de la locura.

El médico que me atendió me prohibió terminantemente las visitas.

Todos los días, a las tres de la tarde, cuando los familiares de las demás internas hacían su ingreso, mi madre me enviaba, con alguno de ellos, una caja.

Sentada en un rincón, emocionada hasta las lágrimas, abría mi botín que consistía en masitas, chocolates, revistas de moda y alguna que otra novela.

A cambio yo le enviaba por el mismo mensajero una cartita, contándole mis peripecias del día; en la posdata agregaba siempre “mami, más masitas, más chocolates y revistas, los libros los podemos ir dejando, por el momento no los uso”

Vivir en un lugar como Villa Carmen no es tarea fácil; no tardé en darme cuenta que debía elaborar estrategias de supervivencia.

Resolví entonces que las masitas irían para la gorda Nelly quien corría tras de mí gritándome palabras incoherentes al oído.

La revistas de chimentos serían para Sibila; a cambio le haría prometer que mantendría alejadas de mi a sus compañeras de cuarto, Maruja y Pocha, las cuáles se divertían pintándome el pelo con pasta de dientes.

Los libros los pondría en la mesita de luz con un marcador que iría corriendo según el transcurso de los días, con el fin de captar la atención del siquiatra y que éste pensara que la mía era una buena y culta evolución.

Enseguida puse en marcha mi plan maestro .Las bombas de chocolate y las tarteletas de frutilla silenciaron, para siempre, a la bulliciosa Nelly, quien ahora a mi paso ensayaba amplias sonrisas.

Con Sibila de compinche volví a circular con el cabello limpio.

Todo iba marchando de maravilla hasta una tarde que el siquiatra vino a verme. El doctor ni siquiera me miró, (menos aún a los libros que por él esperaban en la mesa de luz) simplemente se limitó a decir con voz áspera y amarga que debía prolongar mi estadía allí.

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Abatida, me retiré a mi habitación, un poco antes del toque de queda.

Grande fue mi sorpresa, al encontrar una nueva compañera de cuarto. Era una señora mayor, con el cabello gris perla y los ojos desorbitados, rezaba sin parar en un tono perturbador, casi agónico.

La enfermera que en ese instante le acomodaba las sábanas me miró con aflicción y me susurró “ dicen que cuando le leen se calla”.

El tiempo transcurría lento, los rezos se volvieron gritos insoportables.

Entonces me acosté y tomé de mi mesita de luz “El retrato de Dorian Gray” que mi madre me había enviado. Comencé a leerlo en voz alta y poco a poco las plegarias fueron cesando.

La luz del alba me sorprendió terminando la novela. Fue mi primer libro; tenía 28 años.

Al día siguiente, cuando llegó mi botín, en la posdata de mi carta podía leerse “mami, seguimos igual con las masitas, los chocolates y las revistas pero agrégame muchas novelas de las que a vos te gustan.”

Los veinte días restantes me encontraron sentada, mañana y tarde, bajo el timbó devorando, uno a uno, los libros que con infinito amor mi madre había seleccionado.

Ese universo nuevo, lleno de color y aventura, me devolvió a la vida.