Algunas imágenes de Letras del Sótano 2012

Texto seleccionado de octubre (taller de los martes)

Inmaculada

Gora Sakas

Va hacia el fondo por el pasillo, arrastrando piedritas con la suela del zapato contra el piso. Llega a un asiento vacío y, sin levantar los pies, logra sentarse. Me irrita, no lo puedo evitar, ese sonido de dejadez que raspa y me eriza. Será que me estoy volviendo vieja y maniática.

Antes de llegar a Solymar el ómnibus ya está lleno, todos malhumorados, cargando sus bolsos, con solo dos ideas en la cabeza: conseguir un asiento y llegar. Yo voy sentada al fondo, calculando cómo voy a hacer para bajar entre tantos pasajeros. El gigante que duerme a mi lado bloquea el paso con sus enormes piernas. Decido pararme con tiempo, pido permiso despacito para no molestar. El gigante abre un ojo y corre apenas sus zancas que siguen atravesadas en mi camino. –No paso –le digo–. Refunfuña y trata de recostarse más hacia un lado: por lo visto no piensa pararse. Trato de atravesar una pierna y me quedo trancada ¡Es imposible pasar con semejante valla humana! Suspiro molesta, pero él sigue sentado. Ya que técnicamente no puedo, aplico la fuerza bruta: empujo hacia adelante con violencia hasta lograr estar en el pasillo a la vez que siento en la nuca su mirada de odio.

Mientras me arrimo a la puerta, ya se abalanzó uno sobre el asiento vacío que dejó el gigante al deslizarse hacia la ventanilla para cerrarla de un golpe. ¡Qué manía de cerrar todo cuando vamos apretados como sardina en lata! No corre una gota de aire, si hay un virus bollando no tiene escapatoria. Menos mal que ya me bajo, si no, me daría náuseas tanto encierro. Toco el timbre; en cuanto el ómnibus se detiene, la puerta nos escupe para afuera a los que por suerte zafamos. Aire libre al fin.

Cruzo Gianattasio y voy en busca del Banco República. No sé para qué lado ir pero me imagino que puede estar cerca de la estación de servicio. Camino una cuadra y llego a un Banred. Antes de entrar, la veo peinando a su muñeca junto a unos arbustos, en otro mundo, ajena al peligro, indefensa. Las veces anteriores que pasé por este lugar también estaba. Nuestro primer encuentro involuntario fue hace más de un año, yo salía del cajero y me topé con ella junto a la puerta. Sería de mi altura, un poco más ancha tal vez. Parecía joven, aunque su aspecto descuidado hacía difícil determinar su edad. Ella me miraba fijo, abrazando a su muñeca envuelta en trapos sucios. Permanecimos en silencio las dos, reconociéndonos. Me sentía un poco incómoda, era como una aparición salida de ningún lugar. Tal vez estuviera un poco sugestionada porque acababa de sacar mucho dinero para saldar una deuda y quería hacerlo lo antes posible. Antes de entrar al Banred, había mirado con cautela a mi alrededor para que no me fuera a ver algún rastrillo que pudiera andar por ahí; luego, lista para salir, miré a través del vidrio, que era traslúcido a la altura de mis pies, y no vi a nadie. Sin embargo ella estaba ahí, a menos de dos metros. Yo me quedé quieta hasta que ella dejó de observarme para atender a su bebote. Se fue alejando entre el rugir de los autos y el olor nauseabundo a nafta y gasoil, tan expuesta e invisible a la vez.

Apuré el paso y me fui, cuidando los bolsillos, a resolver mis asuntos pendientes antes de que se me fuera el día.

Nos volvimos a ver cuando retorné a los meses al mismo lugar. Tuve ganas de abrazarla, mecerla en mis brazos como ella a su muñeca. Regalarle algo, al menos, a su soledad desamparada entre tanta indiferencia. Pero no me animé a hacer nada: seguí de largo, hice mis cosas y volví a casa a ocuparme de mis perros, a olvidarme de todo lo demás.

Hoy me la encuentro por tercera vez y otra vez la recuerdo, es como una cachetada en medio de la cara. Me freno, la miro, ella no me ve. Simulo buscar algo, doy unos pasos y tropiezo. Al levantar la vista veo una mujer gorda que me sonríe con ternura, le respondo con una mueca tímida. Entonces entiendo. La mujer niña nunca estuvo sola, su madre cuida autos en el mundo real para que las dos coman. Y mientras tanto, ella atiende a su muñeca en su otro mundo inmaculado, lejos del tránsito y la polución, lejos de todo.


Texto seleccionado de agosto: RETAGUARDIA


Retaguardia

Gora

Hacía mucho calor, recuerdo. Avanzábamos en bloque, tratando de conseguir agua a cada rato para no deshidratarnos. Yo estaba en el cordón, justo en la unión entre franceses y suecos. La cadena humana estaba tan tensa como nosotros mismos. Sed y nervios no amainaban la firmeza. Al grito de raus, raus, raus, avanzábamos. Un coro a capella de distintas voces, en infinidad de idiomas, mantenía los ánimos encendidos. Y salían las señoras a sus balcones para saludar a la multitud que pedía algo para refrescarse. Cada vez que caía un baldazo o una botella desde algún edificio, llovía una fiesta de aplausos. Aquel líquido maravilloso renovaba nuestras energías.
Una emboscada casi frustra nuestros objetivos. Tuvimos que atravesar un túnel largo y oscuro. Nuestras manos se aferraron unas a otras con más fuerza que nunca, para lograr atravesar, ilesos, la negrura de un lugar recóndito en una ciudad desconocida para nosotros. Caminamos a ciegas con el pecho apretado, agudizando los sentidos y manteniendo el estado de alerta. Los cánticos se hicieron oír más aún, retumbaban junto al eco de los pasos como verdaderos gritos de guerra, imprescindibles para enaltecer el coraje en condiciones adversas.
Sin ver sus rostros sentíamos los escudos. Respirábamos adrenalina temiendo que algún novato imprudente fuera soltar un gas en aquel recinto claustrofóbico. Oímos un grito, que por efecto dominó fue propagado en varias gargantas. Las consecuencias podrían haber sido nefastas de no ser porque ellos tenían más miedo que nosotros.
Volvimos a la luz agitados, el cordón lateral izquierdo se desarmó por algún motivo que nunca supe. Algunos abandonamos el sector derecho para controlar la situación lo antes posible. En eso veo a Neven derribado en el suelo y palazos de todos lados. Me arrojé delante de él para sujetarlo con fuerza. Trataban de apartarlo de la multitud y llevárselo a golpes de cachiporra. Yo me aferraba a él con todo mi ser, aguantar los garrotes no era nada para mí; las posibles secuelas físicas eran incomparables al daño que podían hacerme si lograban arrancarlo de mi lado. Neven se sujetaba a mí tratando de cubrirme. Y así rodamos hacia el centro del bloque, encadené su brazo con el mío y juntos, abrazados, continuamos la marcha.

Relato de camillas: Sangre


Sangre

Gora

No exageres”, se decía a sí misma, “no puede ser tan doloroso. Cuanto más pienses en ello más va a doler.” Pero enseguida la sensación de una cuchilla raspando una herida abierta en lo más íntimo de su ser le nublaba la vista como un fundido, como un telón negro delante de sus ojos y chispas que saltaban de un lado a otro. Insoportable simplemente.
-Ya está -le dijo el médico, justo cuando creía estar a punto de desvanecerse. –Que guapa sos, ni un solo grito, impresionante.
Ella bajó de la camilla y al sentir que sus tontas piernas no le respondían, tomó asiento en el sillón más próximo. Él le acercó un vaso con agua a la vez que depositaba una cucharada de azúcar debajo de su lengua.
-¿Te sentís bien o te quedás un rato? -le preguntó sin mirarla.
-No, me voy –respondió sin titubeos.
Bajó las escaleras como si nada y salió del edificio. Hacía calor y estaba nublado. “Tengo hambre” pensó, “mucha hambre”. Fue tan rápido todo que no había tenido tiempo de desayunar aún. Comenzó a deambular sin dirección preestablecida y a los pocos minutos ya estaba mareada. El vapor del asfalto la asfixiaba. Las siluetas humanas iban transformándose en sombras cada vez más indefinidas. Al principio sentía el arrastrar de sus pies, luego tuvo la sensación de ser transportada por un cuerpo que ya no era el suyo. Todo daba vueltas, creía ver a través de un lente fuera de foco. Sintió nauseas y comenzó a acelerar el tranco, trató de poner los pies en la tierra, reconocer su entorno, tomar conciencia de sí. Sólo quería llegar, desaparecer del tumulto. Sentía el calor de la sangre que manaba con fuerza como una catarata. “¿Y si estoy haciendo el ridículo?” pensó. “Capaz que voy goteando y no me doy cuenta”. El barullo infernal de coches, bocinas, gente, no le permitía pensar con claridad. En medio de la confusión vio un ómnibus y siguiendo la corriente de una masa indefinida lo tomó. Temía que algo le pasara, que su cuerpo traicionara su mente y le impidiera llegar a destino.
Cuando bajó del ómnibus su malestar era el mismo o peor, pero la tranquilizaba el hecho de estar cerca de casa. Sombras de niños, perros, bicicletas se le cruzaban por todas partes; al no poder ver con claridad, no le quedaba otra más que caminar despacio.
Al llegar Gabriela la retuvo con fuerza; la angustia de la espera se acrecentó al ver a su hermana hecha un despojo humano, pálida y con los ojos desorbitados. Ella volteó la mirada y con suavidad se sacó de encima las manos que la sujetaban. Entró a su cuarto, se cubrió de pies a cabeza y deseó, como nunca, dormirse para siempre.