Texto seleccionado de noviembre (taller de la tarde)

Los perros están atacando

Ana Arjona

El celular marcaba un mensaje nuevo. Lo descubrí en la mañana después de pasar por la niebla de la ducha caliente.
Era de Sara.
«Los perros están atacando».
Miré la hora. 1.58 de la madrugada.
¡Otra vez! No podía creerlo. Farfullé algo a punto de enojarme, pero opté por reír. Me vestí. Calcé los championes. Me eché encima un buzo de lana y crucé las habitaciones ya frías a esa altura del año.
Ignacio preparaba el desayuno en la cocina. Me sonrió desde el olor a manzana rallada y el barullo de la licuadora que molía las semillas duras del girasol, las alargadas y brillantes del lino y las minúsculas del ajonjolí. Los platos de barro esperaban. Por la ventana entraba una luz plateada que alisaba los antiguos azulejos blancos, se hacía espesa en las mesadas de madera dura y se detenía en la vieja cocina inglesa. La mañana verde del campo se empinaba en los vidrios empañados.
—Sara mandó un mensaje, pero recién me entero.
—«Los perros están atacando»…
—¿Lo leíste anoche?
—Sí, y le contesté: «Por acá todo tranquilo». Volvió a mandar otro.
—Ay, no…
—«Ya tiramos cuatro tiros».
Miré su cara de resignación. Sara es un personaje estrafalario y angustiado que pone a prueba toda nuestra paciencia y hasta las reglas de buena vecindad. Nunca sabemos si las cosas ocurren o son una invención de su desvarío y su soledad.
Con la charla y el mate, la mañana fue cerrando su círculo.

A la siesta, arrebujada en el edredón tratando de echar el frío y atraer el sueño, sentí ruidos de lloriqueos de niños.
—¡Carajo! —dije y me vestí apurada mientras atisbaba por la persiana. Como una ilusión óptica, en el medio del patio, Sara, rodeada de sus perras famélicas, debajo de varios abrigos y con la cabeza envuelta en una bufanda, miraba hacia mi ventana. Con una picardía casi infantil. La sonrisa descolocada.
—¡Ya voy! —grité, a pesar de la inutilidad del gesto.
Recorrí rápida los cuartos vacíos con la bolsa de agua caliente apretada bajo la ruana. Abrí la puerta y me eché afuera adentrándome en el aire blanco y frío.
Las raíces de la magnolia, como ríos opacos de abultadas venas, viajaban entre el pasto, ahora ralo, del patio. El manto de hojas caídas no lograba apaciguar el vaho helado que respiraba la tierra.
—¡Qué frío hace! —dijo y se abrazó a sí misma—. ¿No tendrá unos diarios para darme? Pocha se me hiela y no tengo cómo calentarla.
Di unos pasos acompañándola hacia el galponcito, pero al fin la dejé ir sola. Quedé prendida al jardín del fondo que parecía haberse detenido en el tiempo y resplandecía. La claridad como un gélido ramaje se me metió en el pecho. Olía a invierno desmesurado.
Sara volvió con un inmenso montón de diarios. Apenas se distinguían sus ojitos brillando. Se despidió.
Al dar vuelta a la casa para irse me dijo:
—Me llamó Fornio. El hijo encontró una carretilla llena de cosas, allá —y movió la cabeza hacia el bajo—. ¿No le falta nada?
—Creo que no —dije, siguiendo desganada su gesto con los ojos.
—Es una carretilla —insistió nuevamente.
—Ajá —susurré, tratando de finalizar la conversación.
—Fíjese —volvió a decir sentenciosa.
Luego, medio doblada bajo la pila de periódicos, giró alegremente. Cruzó los esqueletos enloquecidos de los ceibos entre el griterío de las perras que saltaban como marionetas desarticuladas.
A los pocos pasos se dio vuelta y gritó:
—¡Estoy esperando a los israelíes!


Texto seleccionado de octubre (taller de los lunes)

Cuando comencé a andar

Susana Segú

Crecí atada a cadenas de silencio ya que mis padres tenían pánico a una comunicación natural, a un gesto jocoso, a una palabra con doble sentido.

Cuando le preguntaba a papá qué hacían esos animales montados, desviaba la mirada y me decía que solo jugaban. Yo miraba azorada a los caballos, tan ausentes en su pastar, con el miembro flácido al aire, mostrándolo impúdicamente; los perros lamiéndose el suyo, tan pulcros ellos; los gatos después de una brutal pelea por la hembra, con el de ellos tan desigual al de los otros. Y el del gallo ¡puf! tan pequeño.

Cuando mayorcita, escuché repetidas veces que mis cuatro tías solteronas aseguraban que lo único que conocían sobre este tema era el de bronce del David.

La estampa austera de mi cuarto de niña solo estaba alterada por la presencia de una cunita de cesto; ahí, un muñeco de goma de ojos móviles, que después de haber dragoneado meses en la vidriera de una juguetería yo misma me regalé. Estaba rebajado porque sus puños se habían agrietado al sol. Junté el dinero con esmero y cuando volví a casa estaba feliz de tener en mis brazos la simiente de mi instinto maternal. Era mío, le inventé ropa, lo arropé, lo mimé. Mamá me espetó que ya era «una grandota» para eso, que tenía que estudiar.

Los eslabones que me ataban iban cediendo a mis ansias de descubrir secretos. Algo decían los ruidos de la noche, en la pieza de mis padres. Con mi hermana, después de acallar la risa y los nervios, nos íbamos descalzas hasta el tope de la escalera, pegado a su puerta. Nos tentábamos por la torpeza. ¿Qué veríamos? Nada, por supuesto, pero escuchábamos otras palabras, otros tonos. Aprendimos que había otros contactos y que había suspiros que se desprendían del alma por el juego del placer de dos cuerpos jóvenes. Yo volvía a la cama con más peso, con los ojos muy abiertos por la incertidumbre misma, por llevar una mochila vacía de información. Nos entregábamos a nuestras luchas de gurisas para que el sueño nos rindiera.

Mi muñeco seguía durmiendo, ajeno a los cambios en su madre. Algo abandonado, no supo llorar o reírse cuando ella, ya con incipientes alas de fragilidad, aprendía a volar picoteando información, animándose a buscarla, saciándose al encontrarla. Mi amiga del liceo compraba todos los meses una revista sobre sexualidad y yo hice lo mismo. Las atesoraba en escondites seguros y en la cama deglutía la información como si comiera el más delicioso manjar. ¡Tal era el hambre!

Cuando comencé el liceo, doce años, mamá aún nos lavaba la cabeza. La ceremonia incluía una pastilla nueva de jabón Bao y un platillo con un limón en mitades para el enjuague, así el pelo quedaba brilloso y suave. Zambullida en agua siempre muy caliente y bajo la presión poderosa de sus manos, ahogada casi con la espuma del jabón, me dijo que no sería raro que un día de esos tuviera la ropa interior manchada de sangre. Que eso era que me estaba desarrollando («¿Y qué era estar desarrollándose?»). Me explicó que encontraría en el ropero lo necesario para proteger mi ropa interior. Me imaginé las piezas íntimas, iguales a las que ella religiosamente extendía al sol cuando se manchaban. Ni comentar con mis amigas del liceo, tan despiertas e informadas, no fuera que el ridículo me comiera el alma. De todas formas sentí haber tenido a mi madre cerca por un instante.

En mi cuerpo de casi niña, me enamoré; me zambullí en el placer del amor solo intuyendo. Ese silencio lleno de sensaciones me empujó a saber que transitarlo me llevaría al supremo destino de mi vida.


Texto seleccionado de octubre (taller de los lunes)

La bolsa de galletas

Susana Segú

Estaba aún sin abrir, en el piso de la despensa. El aroma tibio me hacía imaginar un gran mordisco sobre ese migajón blando. Pero no era así de fácil: la bolsa la abría solo mamá y yo sabía de antemano que si le pedía una galleta en ese momento no lograría mi propósito. Toqué la bolsa de arpillera nuevita, sentí la tibieza y en mi boca el gusto deseado de los jueves. Ese día de todas las semanas, el panadero llegaba tan desganado como su caballo, y su carro, lleno de pan y bizcochos. Así y todo llegaba antes de la leche de la tarde.
Me fui a caminar con un palo bastante largo, a cazar víboras. Era una tarde calurosa y húmeda, el pasto no estaba muy alto. De repente, un movimiento a un costado me alertó sobre una culebra que ya se escapaba con su cabeza erguida. La seguí hasta que se detuvo para mirar, expectante. Por su color amarronado me di cuenta de que era una culebra inofensiva y, calzada de zapatillas de yute como estaba, salté sobre ella y le aplasté la cabeza. Sentí sobre mi pie las contorsiones de su cuerpo frío, tranquila de que no podía atacarme. Giré la punta del pie dos o tres veces y cuando la liberé la colgué del palo. Seguí camino mientras miraba cada tanto al animal que lucía inerte. Encontré otra a unos pasos más e hice lo mismo.
Supe que esta era peligrosa, una yara, no muy grande, alerta y de ojos atemorizantes, cabeza erguida sobre los yuyos. Repetí la maniobra pero me pareció estar pisando una cabeza más resistente. Con ella prensada debajo de mi zapatilla, me agaché a mirar bien los dibujos y colores de su piel, esos ochos negros por los que se reconoce a este reptil venenoso. Entre las volteretas, me deleité observando su vientre blanquecino y su lomo de dibujos oscuros. Cuando no sentí más movimiento debajo de mi pie, aflojé la presión y la víbora salió rápida y oronda. Di unos pasos tras ella y la capturé de nuevo. Hice lo mismo y como estaba mareada la colgué en el palo. Caminé con más atención temiendo que otras hubieran sentido las vibraciones de peligro de un exterminador.
Detrás de unas piedras rojizas encontré la pareja de la última víctima. Se sabe en el campo que donde hay una, está la otra, a corta distancia. Esta era más corpulenta y algo más larga pero terminó colgada en la vara.

Decidí regresar; respiré a fondo el siempre delicioso olor de la tarde que cae y deja su sereno; estaba feliz con mis hallazgos. Cuando estuve debajo del techo del segundo patio, dejé el palo en el suelo y ni bien tocaron donde afirmarse, los tres reptiles salieron como si hubieran terminado de hacer gimnasia. En eso apareció Doña María, que salía de la despensa y, al sentir una víbora entreverada en sus pies, se asustó de tal manera que gritó:

—¡Señora, señora, venga que esta chiquilina se enloqueció!

Apareció mamá y tras un buen cachetazo me mandó a buscar las víboras.

—¡Qué inconciencia! No veo la hora que termines esa caja de bichos. Ahora víboras también. ¿Cuántas se escaparon?
—Tres —contesté con congoja—. Ya las voy a buscar.

En un rato las encontré. La culebra se había quedado detrás de la maceta; una de las yaras me dio trabajo: estaba dentro de una de las pantuflas de Doña María, que casi se desmaya cuando la saqué de allí, y la otra estaba alrededor de la bolsa de galletas en una hendidura que dejaba contra el piso. Fue la que mejor escondite tuvo, todo el largo de su cuerpo al calorcito de la preciada bolsa.

Llevé las víboras dentro de una lata de duraznos que dejé al pie de una planta de cardo, tapada con medio ladrillo. Para no levantar sospechas, al rato llevé los frascos, el formol y un cuchillo de hoja fina y filosa. Las terminé de matar, clavándoles la punta de acero donde terminaba el cráneo de cada reptil. Les pasé un trapo afranelado, las arrollé en anillos, les abrí las bocas, llené los frascos con formol; después de taparlos, comprobé que no perdieran.
Y levantándolos a la altura de mis ojos, me los imaginé en el último casillero, como broche de oro, para mi caja de biología.