Texto seleccionado de octubre (taller de la tarde)

Insomnio

Cecilia Cardoso

Usualmente, a eso de las nueve, a Sara le sobreviene el tedio. Como una niebla espesa, se le cuela hasta los huesos en las noches de invierno. Despachada la cena liviana, a sus ochenta y cinco años, encuentra poco que hacer. Con su audición debilitada, la tele y la radio ya no le atraen mucho. Libros y crucigramas son favoritos de la tarde, pero infelizmente los juegos nocturnos con sus hermanas se han cortado a raíz de las discusiones.
Coloca el bastón a su alcance y, frotándose la pierna enferma, se sienta suspirando frente al ventanal de su dormitorio. La pared oscura del edificio de enfrente se anima aquí y allá con luces dispersas. Le recuerdan a las luciérnagas sobre el césped. ¡Cómo se divertía correteándolas con sus hermanas para echarlas en tarros de vidrio! A propósito: Cora y Beba están francamente insufribles. La convivencia se torna difícil. Cora, siempre quejosa: que el reuma, que los ruidos, que las corrientes, que las empleadas… En los últimos tiempos, la cantilena es la indigestión. ¡Bien merecida! Por esconder los bombones y apurárselos de una vez evitando el convite. Así está: regordeta, descuidada, paseando sus pesados lamentos por las habitaciones.
La menor, Beba, antes tan divertida, liberal y ocurrente. Otra Beba. Bien distinta a esta: seca, avinagrada, prejuiciosa. Santurrona, prendida al rosario. Con los ojos irritados por no quitarse los lentes de contacto de noche. Terca. Ya la rezongó el óptico.
A pesar de todo, Sara no puede negarlo: las extraña. Extraña el scrabble, aunque tenga que ayudarlas a formar palabras. Extraña la conga, aunque deba explicarle las reglas a Cora cada vez y Beba demore un siglo en el descarte. Aunque a veces tenga que mirarles las cartas, soplarles qué tirar. Aunque Beba se atufe, acusándolas de ladronas cuando pierde. Por lo menos es mejor que este ostracismo autoimpuesto. Con el último bocado, dejan la mesa sepulcral para encerrarse a lidiar con el insomnio como puedan. Noches interminables, con los ojos apretados intentando atrapar el sueño. Negros pensamientos, monstruos de la oscuridad. De lo contrario, sucumbir. Al lado del agua y la servilleta con puntilla, allí nomás, la pildorita blanca. Tan ínfima. Tan inocente. Un mazazo. Para despertar, embotada, con aliento pastoso, al día siguiente.

Con el vaso a medio camino de la boca, Sara se frena. Han encendido una luz potente en el apartamento de enfrente. Ella recuerda la reciente mudanza ruidosa, temprano en la mañana, después de meses de oscuridad y silencio. Vuelve el somnífero a la mesita vestida de satén y toma los pequeños binoculares que custodian los retratos de su fugaz gloria.
Un morocho joven con el pelo atado, musculosa ceñida y pantalón negro, ha entrado en la habitación. No hay muebles. Las paredes son espejos y un aparato de música lo aguarda pasivo en un rincón. El muchacho se le acerca y al instante las lucecitas verdes le sonríen. Ni un acorde escapa por el ventanal hermético. El artista se apoya en una barra y comienza, con pliés, su rutina. La mujer queda fascinada: la armonía del bailarín la hipnotiza. Sara va componiendo la música y lo acompasa.
El joven ahora danza en el medio de la habitación. Sus movimientos son apasionados. Gira. Se lanza a un lado y otro. Sus bíceps brillan. Sara lo persigue con los binoculares. Al borde de la butaca, ella es etérea, con pies expertos que la equilibran para acompañar a su partenaire en los grand jetés, en las piruetas, en todas las acrobacias. Un suave perfume de rosas emana de sus retratos y se esparce por la habitación en penumbra. Sara es Odette, el cisne. Y no le duele nada.

A lo lejos, en el comedor, suenan once campanadas del reloj de pie. La presencia de Cora a su lado, sobresalta a la hermana mayor.
—¿Qué pasa?
— No puedo dormir, Sarita, —le murmura Cora al oído, como cuando eran chicas.
—Bueno, acercáte la butaca, vení.
—Te traje chocolates, ¿querés?
—¿Qué?… No, gracias. En un rato… —replica la hermana.
—¿Es el nuevo vecino, no? Yo miraba también, pero de mi dormitorio no tengo buena perspectiva —comenta Cora arrastrando el asiento.
—Sí —responde Sara—. Es un puro deleite verlo bailar.
Cora, resoplando, se apoltrona en la butaca. Desenvuelve con destreza el crujiente papel dorado y se mete un bombón en la boca.
—Sarita, decime, ¿qué está bailando ahora? No me doy cuenta, no conozco ese baile, ¿tu? —pregunta, ajustándose los lentes.
—A ver… Noo. Calláte… esperá… ¿Cóoomo? Se está quitando la camiseta. Mirá, la está revoleando. La largó al piso —relata Sara, inclinándose hacia delante y ajustando el foco con las manos temblorosas.
— Yo distingo el movimiento, pero… ¿será por mis cataratas? Esos detalles no los veo.
—¡Corita!¿Qué hace? ¡Se quitó el pantalón!
—¿Estás segura? —pregunta Cora, casi chocando la cabeza con el vidrio y frunciendo tanto la nariz que por poco pierde los lentes—. ¿Y ahora?
—Se está acercando más al ventanal. ¿Ves? Y sigue bailando. En slip blanco. De frente, más lento. Es muy sensual este chico. ¿No lo ves?
—No mucho. Ay, ahora mejor, sí. Cerrá las cortinas. Por favor, que no nos vea. Me da vergüenza, Sarita.
—¿Qué? ¿Que te da vergüenza? Dejáte de embromar. ¿A esta altura, vergüenza? ¡Por favor! Tenemos show propio —ríe Sara, divertida, codeando a su hermana.
—¿Te parece? Bueno, puede que tengas razón. Pero a Beba, ni una palabra, ¿eh? —concede la gordita sonriendo con picardía. Y agrega con la boca llena—: Mañana pido hora con el oculista.

En camisón de franela blanco, con la cara cubierta de crema y una cruz de nácar colgando sobre el pecho, Beba revuelve su bolsito de medicamentos. Constatando que se ha quedado sin somníferos, cruza al dormitorio de Sara. Sus hermanas, concentradas frente al ventanal, no se percatan de su presencia. A ella le pica la curiosidad. Se acerca, cuidando de no arrastrar las pantuflas. En ese mismo momento el stripper se deshace de la última prenda. Así, como Dios lo trajo al mundo, hace una profunda reverencia y luego sopla besos a sus dos fans que, a las carcajadas, se ponen de pie para aplaudirlo. Beba, apretando contra sí la cruz, chilla—: ¡Ave María Purísima!


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6 comentarios en “Texto seleccionado de octubre (taller de la tarde)

  1. Cecilia, es un tan tierno y divertido a la vez ¡¡
    Me imagino a mis abuelas en esa situación y me las comería a besos. Ya lo habia leido en tu blog , es realmente estupendo .
    un beso Claudia

  2. ¡Que precioso cuento! ¡Qué divertido! Que forma tan linda, tan clara de redactar algo. Pude “transportarme” a la casa de las 3 hermanas… Está tan bien ilustrado que los que lo leemos nos sentimos, en cierta forma partícipes de la historia. ¡Felicitaciones!

  3. CECI, ME ENCANTÓ EL CUENTO DE LAS TRES HERMANAS. LO VIVÍ JUNTO A ELLAS MINUTO A MINUTO, ESTÁ MUY BIEN ARMADO Y
    HASTA PODRÍA LLEVARSE AL TEATRO. TE FELICITO, MUY BUENO,
    UN BESO, PATRICIA

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