Texto seleccionado de noviembre (taller de la tarde)

La bufanda roja

Stella Vazquez

bufanda

Con el pasaje en la mano, tironeando del bolso y abriéndome paso entre la muchedumbre, llegué al ómnibus que estaba por partir. Entregué el equipaje y el conductor hizo señas para que me apurara. Subí y pedí disculpas. Mientras buscaba el asiento, me llamó la atención la cantidad de pasajeros: eran pocos, quizás doce y estaban sentados del lado de la ventanilla; pensé que subirían más en alguna parada del recorrido, como había pasado otras veces.
Al salir de la terminal, me extrañó pasar por calles desconocidas, entonces pensé que tal vez hubiesen cambiado el recorrido. No había nadie sentado a mi lado; en realidad no había nadie a mi alrededor. Decidí contemplar el despertar de la ciudad y repasar el programa de la jornada, esperaba que esta vez los aparatos funcionaran bien. Palpé el portafolio y suspiré al sentir los adaptadores.
Poco a poco el gris iba dando paso al verde; yo seguía sin reconocer el camino, traté de hacer memoria y la única respuesta era que nunca había viajado sola a esa hora.
Estaba inquieta, trataba de encontrar alguna señal de dónde estaba: el sendero de las palmeras, la portera de la casa blanca, la estación de servicio. Nada, nada, nada.
Al llegar a una radial, el conductor dejó la ruta y tomó por un camino de balasto. Ahora sí, iba tomando conciencia de no estar dónde tenía que estar. Caminé por el pasillo mirando a los pasajeros, todos parecían muy confiados en el destino, se habían entregado a Morfeo en una sinfonía opaca y disonante. Dando tumbos llegué hasta el conductor.
—¿Falta mucho para llegar a Buenhora? —pregunté tratando de mantenerme en pie.
—Este recorrido termina en Pombino —contestó sin mirarme.
—¿Pombino?
—Sí, Pombino.
—¿Y dónde queda eso? —pregunté entre angustiada y sorprendida.
—En Pombino, dos pueblos más adelante —y detuvo la marcha.
Cuatro somnolientos hombres me saludaron tocando el borde del sombrero y bajaron acomodando las palabras, los gestos, el paso. El conductor pidió permiso y también bajó. Caminé hasta mi lugar y vi cómo los que estaban abajo, al mirarme, movían la cabeza y sonreían. Los otros, al parecer, descenderían en el próximo pueblo. Uno de ellos se paró para bajar una caja atada con varias vueltas de hilo sisal, me miró de reojo y susurró algo al que trataba de ayudarlo. Imaginé que hablaban de mí; sentí frío, tomé la bufanda roja y la envolví alrededor del cuello. La suavidad de la lana entibió mis temores, tenía que pensar qué hacer. Lo primero sería avisar lo que estaba pasando, busqué el celular pero no tenía señal: había olvidado cargar la batería. ‹‹¡Pombino! ¿Dónde diablos queda Pombino? Pronto empezará el encuentro, se preocuparán, pensarán que pasó algo… ¡y vaya si ha pasado! Tomar el ómnibus equivocado, no lo puedo creer…››.
Miré por la ventanilla. El cartel con el nombre del pueblo estaba oxidado, solo podía distinguir la última letra, una «N» blanca raspada que dejaba ver el fondo verde.
Los hombres bajaron sin apuro, uno rengueaba. Descubrí que no todos eran hombres: había dos mujeres, una rubia y otra castaña, que desaparecían debajo de los abrigos gruesos, largos, oscuros. Llevaban gorros de lana, algunos pelos sueltos les ondulaban en el viento. El conductor les dio el equipaje, siguieron a los otros que ya estaban cruzando la vía. El ómnibus arrancó; giré la cabeza, quería encontrar una mirada, un saludo suelto en el aire, pero pronto fueron un bulto, un punto, nada.
*
Al llegar a Pombino averiguaría cómo llegar a Buenhora y buscaría un teléfono. En un rato el sol no daría sombras.
—Última parada —dijo el conductor y los frenos chirriaron.
Avancé por el pasillo, mirando para no olvidar algo.
—¿Aquí es Pombino?
—Sí, le alcanzo el equipaje, permiso —dijo haciéndome a un lado.
Al entregarme el bolso le pregunté dónde estaban las oficinas.
—No hay, solo es un puesto de llegada y salida —contestó cerrando el ómnibus.
—Pero … ¿cuándo sale el próximo viaje?
—Mañana —subió el cierre de la campera, se fue silbando.
Desconcertada miré alrededor. Un muro alto de bloques y ladrillos impedía ver lo que había más allá del portón por donde había desaparecido el conductor ante mi desesperación.
Caminé hasta la única salida sin darme cuenta de que arrastraba la bufanda roja, sentía la boca seca y el portafolio pesaba más de lo que recordaba.
Empujé el destartalado portón de tablas apolilladas, desvanecidas; en la maniobra, enganché los flecos de la bufanda en un clavo, pero logré sacarla sin dañarla; la sacudí mientras miraba un camino amplio rojizo que llegaba hasta las primeras casas. Avancé sin mirar atrás: un silencio de pedregullo golpeando los zapatos me acompañó hasta la primera esquina, una ola de maldiciones explotaba en mi boca.
No sé si estaba en medio de Pombino, lo qué sí sabía era que nunca me había sentido tan sola, estaba a punto de llorar cuando percibí la sombra de una mujer.
Parecía que caminaba lento pero sin embargo movía los pies ligero, era baja, redondeada, un chal violeta le cubría la cabeza y la mitad de la espalda algo encorvada.
—¿Necesita ayuda? —dijo tocándome con la mirada.
—Sí, necesito un teléfono.
—¿Me da propina? —y extendió la mano.
—Sí, claro —sonreí y le di una moneda de cinco.
Ella empezó a caminar, la seguí por las calles adoquinadas, sentía el viento y el polvo en los ojos. No veía a nadie, las casas estaban en silencio, las puertas cerradas, algunas ventanas tenían corridas las cortinas, otras estaban guardadas por postigos toscos.
La mujer señaló un edificio, pude leer ‹‹Lo María››, crucé la calle, di vuelta para saludar, otra vez estaba sola.
La puerta cedió con un quejido. El lugar estaba en penumbra, a pesar de la hora que era. En un sofá azul un gato dormía enroscado, el reloj marcaba una hora que había sido o sería. Un mostrador de madera cortaba la habitación en dos y por detrás colgaba la cortina de tiras de plástico; algo como un olor rancio brotaba de las paredes turquesa que en algunas partes dejaban ver el rosado anterior.
—Hola, buenos días —y toqué una campana que señoreaba en la pared.
Entre las tiras de colores apareció una anciana vestida de negro; tenía la mirada quieta, la boca era una línea en un mar de arrugas.
—¿Tiene teléfono?
Sin contestarme se agachó detrás del mostrador, dejó apoyada la mano izquierda sobre la madera gastada. Tenía la piel salpicada de manchas y surcada por venas gruesas verdes moradas, las uñas desparejas; surgió con el aparato anaranjado junto al pecho. Con voz seca me dijo que hablara poco; luego, arrastrando los pies, se alejó por el pasillo.
Después de varios intentos logré comunicarme con el coordinador del encuentro; me dijo que trabajaría en mi lugar y yo lo haría el próximo fin de semana. De todos modos, tendría que ver cómo pasar el resto del día, todavía más, dónde pasar la noche.
Volví a tocar la campana, escuché los pasos marchitos.
—¿Sabe dónde puedo alquilar una habitación hasta mañana?
—Tengo una —dijo mirando el tablero cubierto de llaves.
—¿Puedo verla?
—Sígame —y la seguí.
De uno de los bolsillos del vestido sacó un manojo de llaves. Cada una tenía enganchada una chapa con un número; las miró sin apuro, tomó una y abrió la puerta. El moho dibujaba formas extrañas en el techo; corrió la cortina verdosa de la ventana, la luz del mediodía reveló la capa de polvo que cubría los muebles.
—¿La quiere?
—Sí, ¿dónde está el baño?
—Allí —señaló una puerta que yo pensaba era el ropero.
María se fue. Saqué la toalla del bolso, me lavé las manos, la cara, tomé un poco de agua deseando no me hiciera mal. Salí; tenía hambre, quería hablar con alguien.
No sé cuánto anduve hasta que encontré la plaza. Gorriones y palomas bebían agua de la mano de la sirena en la fuente de mármol; junto a los canteros de malvones los bancos de hierro y madera estaban vacíos; en las esquinas los álamos mecían secretos. Nada había cambiado, el viento seguía mis pasos, mis pensamientos, todo olía a tierra seca. Pero sentía que mil ojos me acompañaban.
Seguí caminando sin rumbo. Los zapatos de taco alto comenzaban a molestarme, escondí la mitad de la cara detrás de la bufanda roja.
*
Escuché pasos, me detuve, miré hacia atrás. Eran María y la mujer del chal violeta, movían las manos para que las siguiera. Así lo hice. Me sentía cansada.
Cuando llegué a ‹‹Lo María››, las dos mujeres me esperaban al pie de la escalera. Las seguí. Ahora la puerta estaba abierta; la habitación olía a lavanda, la cama estaba cubierta por una colcha blanca de algodón, las fundas de las almohadas lucían puntillas anchas de hilo, el polvo había desaparecido, la ventana parecía más grande con la cortina de voile. En el baño las toallas estaban esponjadas y había jabón perfumado.
Bajé para agradecerles, pero no las encontré. Entonces decidí ducharme, ansiaba el agua; luego buscaría un lugar para comer.
Frotaba la toalla en el pelo cuando escuché voces que venían de la calle. Me asomé y pude ver un grupo de personas que miraban hacia mi ventana. Levantaban las manos, llamaban a otros que venían corriendo y quedaban parados mirando, mirándome.
Traté de vestirme rápido, pero me sentía torpe, nerviosa. Me miré en el espejo, estaba pálida. Deslicé el pelo hacia un lado, crucé la bufanda roja sobre el cuello, la dejé caer sobre los hombros.
Bajé la escalera aferrada a la baranda, la puerta estaba abierta, en la calle el gentío se apretujaba.
María se acercó y me dio un portarretrato. Desde la foto, una mujer con una bufanda roja se miraba en mis ojos.

Anuncios

4 comentarios en “Texto seleccionado de noviembre (taller de la tarde)

  1. Hola Stella: tu relato atrapa desde el principio, tiene buen ritmo. Como dice García Márquez tiene buena “carpintería”. Es realmente irreal e irrealmente real. Una simple historia con el enigma de un sueño. El final está justo, es abierto, como un sueño interrumpido cuando parece que va a resolverse. Me gustó también el clima creado de “estar en medio de la nada”, como suele decirse cuando uno se pierde en un lugar sin referencias familiares. Entonces el final sorprende al aparecer que el personaje se ha convertido en la referencia familiar para el entorno extraño. Está bueno de verdad. Te felicito.

  2. Bravo Stella!! Tu imaginación hizo que la mia vuele mas allá y me transporte muy lejos de la verdadera historia. El subir al micro equivocado, el llegar a un pueblo desconocido, la soledad del mismo, la palidez ante el espejo, el retrato en el cual se reconoció a si misma, me hizo fantasear con el último viaje, en el que la muerte te lleva sin decirte a donde. Por las dudas, no me voy a comprar una bufanda roja este invierno jajaja!!! Te quiero!!!!

  3. ¡Hola Stella! ¡Me encantó tu cuento! Mantiene el interés! Me gustó cómo se presenta al personaje entre la muchedumbre de la estación, medio apurada, y cómo, gradualmente aquella situación tan banal va adquiriendo ribetes de irrealidad, de fantasía o de sueño. La trama me pareció muy bien hilvanada. Creo que las imágenes están muy bien dosificadas, es decir, no se hace abuso de ellas, y hay algunas muy lindas tales como “la bufanda entibiando mis temores” o “el silencio del pedregullo”. ¡Te felicito! Y… emulando aquellos juicios de los profesores en el liceo: “Perservere en el esfuerzo”, sinceramente creo que vale la pena!!! Un abrazo

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s