Texto seleccionado de octubre (taller de los lunes)

La bolsa de galletas

Susana Segú

Estaba aún sin abrir, en el piso de la despensa. El aroma tibio me hacía imaginar un gran mordisco sobre ese migajón blando. Pero no era así de fácil: la bolsa la abría solo mamá y yo sabía de antemano que si le pedía una galleta en ese momento no lograría mi propósito. Toqué la bolsa de arpillera nuevita, sentí la tibieza y en mi boca el gusto deseado de los jueves. Ese día de todas las semanas, el panadero llegaba tan desganado como su caballo, y su carro, lleno de pan y bizcochos. Así y todo llegaba antes de la leche de la tarde.
Me fui a caminar con un palo bastante largo, a cazar víboras. Era una tarde calurosa y húmeda, el pasto no estaba muy alto. De repente, un movimiento a un costado me alertó sobre una culebra que ya se escapaba con su cabeza erguida. La seguí hasta que se detuvo para mirar, expectante. Por su color amarronado me di cuenta de que era una culebra inofensiva y, calzada de zapatillas de yute como estaba, salté sobre ella y le aplasté la cabeza. Sentí sobre mi pie las contorsiones de su cuerpo frío, tranquila de que no podía atacarme. Giré la punta del pie dos o tres veces y cuando la liberé la colgué del palo. Seguí camino mientras miraba cada tanto al animal que lucía inerte. Encontré otra a unos pasos más e hice lo mismo.
Supe que esta era peligrosa, una yara, no muy grande, alerta y de ojos atemorizantes, cabeza erguida sobre los yuyos. Repetí la maniobra pero me pareció estar pisando una cabeza más resistente. Con ella prensada debajo de mi zapatilla, me agaché a mirar bien los dibujos y colores de su piel, esos ochos negros por los que se reconoce a este reptil venenoso. Entre las volteretas, me deleité observando su vientre blanquecino y su lomo de dibujos oscuros. Cuando no sentí más movimiento debajo de mi pie, aflojé la presión y la víbora salió rápida y oronda. Di unos pasos tras ella y la capturé de nuevo. Hice lo mismo y como estaba mareada la colgué en el palo. Caminé con más atención temiendo que otras hubieran sentido las vibraciones de peligro de un exterminador.
Detrás de unas piedras rojizas encontré la pareja de la última víctima. Se sabe en el campo que donde hay una, está la otra, a corta distancia. Esta era más corpulenta y algo más larga pero terminó colgada en la vara.

Decidí regresar; respiré a fondo el siempre delicioso olor de la tarde que cae y deja su sereno; estaba feliz con mis hallazgos. Cuando estuve debajo del techo del segundo patio, dejé el palo en el suelo y ni bien tocaron donde afirmarse, los tres reptiles salieron como si hubieran terminado de hacer gimnasia. En eso apareció Doña María, que salía de la despensa y, al sentir una víbora entreverada en sus pies, se asustó de tal manera que gritó:

—¡Señora, señora, venga que esta chiquilina se enloqueció!

Apareció mamá y tras un buen cachetazo me mandó a buscar las víboras.

—¡Qué inconciencia! No veo la hora que termines esa caja de bichos. Ahora víboras también. ¿Cuántas se escaparon?
—Tres —contesté con congoja—. Ya las voy a buscar.

En un rato las encontré. La culebra se había quedado detrás de la maceta; una de las yaras me dio trabajo: estaba dentro de una de las pantuflas de Doña María, que casi se desmaya cuando la saqué de allí, y la otra estaba alrededor de la bolsa de galletas en una hendidura que dejaba contra el piso. Fue la que mejor escondite tuvo, todo el largo de su cuerpo al calorcito de la preciada bolsa.

Llevé las víboras dentro de una lata de duraznos que dejé al pie de una planta de cardo, tapada con medio ladrillo. Para no levantar sospechas, al rato llevé los frascos, el formol y un cuchillo de hoja fina y filosa. Las terminé de matar, clavándoles la punta de acero donde terminaba el cráneo de cada reptil. Les pasé un trapo afranelado, las arrollé en anillos, les abrí las bocas, llené los frascos con formol; después de taparlos, comprobé que no perdieran.
Y levantándolos a la altura de mis ojos, me los imaginé en el último casillero, como broche de oro, para mi caja de biología.

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4 comentarios en “Texto seleccionado de octubre (taller de los lunes)

  1. Releyéndolo me gustó más aún que en el taller.
    Realmente está muy bueno y original.
    Se me ocurren dos preguntas:
    ¿Qué nota te pusieron en la caja de biología?
    ¿Lograste finalmente comer una galleta?

  2. Me gusto muchisimo. Que lindo cuando uno salia a buscar bichos….cosas de la infancia, verdad?. Y tal cual parece que un niño nos lo estuviera contando, felicitaciones!

  3. Encantador! Lo que más me gusta es esa crueldad no disimulada de la niña, sobre todo en estos tiempos -ahora con esta cultura Discovery Channel, matar una hormiga se ha vuelto un crimen de lesa humanidad-. Me hizo acordar a cuando pasaba HORAS llenando con agua los huecos de los sapos para que salieran y poder agarrarlos. Qué paciencia! La infancia estaba hecha de puro tiempo para perder.

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