Texto seleccionado de octubre (taller de la tarde)

Enemigos en la cabeza

Virginia Mórtola

Acababa de golpear pero no quería que me atendieran, no quería hacer la pregunta. Miré la puerta enorme y me enojé con mi madre. Otra vez lo mismo; deseaba que existiera un antídoto que los hiciera desaparecer para siempre, así yo no tenía que andar pidiendo para liberarme de ellos.
Desde hacía varios días me picaba la cabeza. Traté de rascarme lejos de mi madre. Si ella estaba cerca, yo apoyaba la cabeza en la pared y me movía despacito para calmar la picazón sin que me descubriera, o rascaba a Pancho y me concentraba en pasar mis uñas por el lomo negro para distraerme.
A mí no me gustaba vivir con enemigos en la cabeza, pero le temía mucho más al ataque de mi madre para eliminarlos.
El plan funcionó solo dos días, al tercero ella me vio con las manos enredadas en el pelo; parecía que mis piojos le daban picazón, porque cada vez que me veía se rascaba nerviosa. Entonces escuchaba lo que no quería escuchar: «Te estás rascando, tenés piojos. Hay que sacarlos». Esa era la frase más terrible que me podía decir, porque sabía lo que venía después.
Cada vez que tenía piojos mi madre me bañaba en vinagre y yo me sentía una ensalada para viejos. Después, con una toalla en la cabeza, me mandaba a pedir un peine fino a los vecinos. Aunque me daba mucha vergüenza tenía que ir igual, fingiendo que era natural tener bichitos caminándome entre los pelos.
Esperaba frente a la puerta de Doña Felipa, que aunque no tenía hijos casi siempre guardaba un peine fino para prestarme. Creo que los compraba para mí. Además, sus cachetes rojos y redondos me daban confianza, entonces mi corazón no latía tan rápido.
El ruido de las llaves acercándose me obligó a prepararme para ser atendido. Acomodé la toalla que parecía un turbante y me pesaba. Doña Felipa abrió la puerta y me miró sonriendo.
–Parece que otra vez tenés piojos –me dijo mientras se limpiaba las manos con un trapo.
Asentí como un muñequito moviendo la cabeza y la toalla.
–¿Estas necesitando un peine fino?
Repetí el mismo gesto, esta vez agarrando la toalla.
–Pasá.
Caminé atrás de Doña Felipa siguiendo el vaivén de su culo que no me dejaba ver nada más. A medida que avanzaba sentía un olor a torta de manzana que me animaba. Cuando llegamos a la cocina vi los pedazos humeantes arriba de la mesa. Creo que quedé pasmado, con los ojos y la boca abiertos, mirando la torta porque Doña Felipa enseguida me dio un pedazo en un platito. La pasta tibia se deshacía en mi boca y bajaba suavecita llenándome de dulzura el cuerpo. Mis patitas se hamacaban en la silla mientras saboreaba aquel manjar. Si creyera en Dios diría que escuché ángeles cantar y aletear alrededor mío mientras comía.
Ella volvió con el peine en una bolsita de plástico. Cuando lo ví sentí la toalla aplastándome y mi cuero cabelludo se imaginó a mi madre, como una guerrera en combate, cinchando de mis pelos. Entonces tuve un súbito sentimiento de piedad conmigo mismo y, por qué no decirlo, también hacia ellos. Iban a ser atrapados entre los finísimos dientes del peine y depositados en una palangana donde flotarían en sus últimos momentos, lejos de mí, su hábitat natural. El campo de batalla estaba en mi cabeza, así que iba a ser torturado: mi madre no iba a parar hasta haber eliminado la última liendre.
No podía ser todo sufrimiento para los seres de este mundo.
Me saqué la toalla olorosa y húmeda, como un condenado a muerte cumpliendo su último deseo. Luego, liberé a mis piojos envinagrados de la opresión y me entregué a las delicias de otro pedazo de torta de manzana.

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8 comentarios en “Texto seleccionado de octubre (taller de la tarde)

  1. Genial!! Alguien tenia que escribir algo acerca de los piojos y esta realmente maravilloso, senti el olor a vinagre y me senti un poco como esa madre guerrera en combate en la cabeza de mis hijos….ja ja, espero seguir con la misma firmeza usando el peine fino, pero de ahora en mas con una sonrisa por el bello relato que nos dejaste. Muy lindo, de verdad.

  2. Parece que tus piojos crecían para adentro. ¡Que lindo! Esperé un vuelco reparador que mostrara a “tu madre” un poco más lúcida y comprensiva, me gustan los finales rescatístas. Ahora el cachorro humano crece adentro para estar afuera. No hay parásitos en la costra.

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