Texto seleccionado de septiembre (taller de la tarde)

Siete de trébol

Magdalena Vidiella

Siete de trébol


Yo esperaba con ansiedad el lunes. Llegaba del colegio a las cinco, justo para tomar la merienda con ellas. Por aquella época se reunían en la casa de mis padres.
Ese día la camioneta se demoró. Bajé del ascensor apurada y me colgué del timbre. Por debajo de la puerta se colaba el olor a té con leche y escones calientes con manteca. Mi abuela tenía la costumbre de llenar la tetera grande de peltre con demasiados sobrecitos de té negro. Quedaba tan fuerte, que se te metía hasta en las muelas.
Abrió la puerta mamá y todas me saludaron con cariño. Las cuatro viejas ya estaban prontas; los restos de comida se encontraban apilados en la mesa auxiliar. Estaban sentadas en la mesa de madera cuadrada; habían colocado el mantel de paño verde billar y prendido la luz de la lámpara de pie.
Me senté en la silla que sobraba, entre mi abuela y Ester, para mirar bien. Nunca me perdía detalle.
De golpe me llegó una mezcla de olor a crema para manos y fijador de pelo. Respiré hondo, creí escuchar mis latidos. Había un silencio tenso. Ester tomó decidida el mazo, lo separó en dos mitades exactas y las enfrentó. Con los pulgares hizo que las cartas cayeran en cascada, entreverándose. Sus dedos eran largos, huesudos y llenos de manchas. En casi todos tenía un anillo y sus uñas estaban prolijamente limadas y pintadas de nácar perlado. Las venas azuladas y gruesas sobresalían a través de su piel fina y recorrían, como si fueran raíces, toda su mano ramificándose hasta el brazo. Comenzó a lanzar las cartas, cortando el aire. Los pliegues de la piel sobrante que colgaban de sus brazos delgados se sacudían con cada carta. Las pulseras finitas de oro agregaban música a la tarde.
–¡A partir de ahora está prohibido hablar sobre el juego! –sentenció como siempre. Las reglas eran las mismas que se usaban en los campeonatos internacionales. Ester no permitía a nadie, ni a ella misma, quebrantarlas.
Así era en todo. Un día llegó chorreando agua y tiritando de frío porque, a pesar de la lluvia, no quiso cambiar su rutina de venir caminando desde el centro. Treinta y seis cuadras con tacos.
–Sos mano, Rosita –dijo dando vuelta la primera carta del mazo: era un tres negro.
–No hay dos sin tres –cantó bajito como acostumbraba cuando aparecía una tapa.

Lentamente, Rosita miró el abanico de las cartas que se amontonaban desparejas en sus manos y se estiró perezosamente para agarrar una carta del mazo. Un dejo a perfume dulzón llegó hasta mi nariz. Después de tomarse unos segundos más la colocó en el extremo izquierdo.
A Ester no se le escapó el detalle: suspiró triunfante, estiró su cuello arrugado de tortuga y levantó su pera filosa.
Rosita no hizo caso de su reacción y tiró una carta alta. Como era de esperar, dio el pozo. Levantó con esfuerzo sus hombros en señal de que no le importaba. Al hacerlo su espalda se encorvó, acentuando su joroba.
A mí me gustaba su joroba. Ella la llevaba con tierna resignación, como una mochila pesada que tuviera que cargar todo el tiempo.
Tenía el pelo blanco y un halo de tristeza la envolvía.
–Gracias –dijo Chela con voz grave, casi de hombre. Aplaudió y levantó el pozo. Ese día usaba el vestido más feo de todos los que alternaba cada lunes. Era el estampado con grandes flores verdes, rosadas y azules, con la ridícula chaqueta haciendo juego. Tenía un escote en “v” bastante pronunciado por donde sobresalía una verruga, como una peluda mora en el medio de su pecho.
El aire se lleno de humo. Mi abuela, ante el primer error de su compañera, se puso nerviosa y prendió un cigarro. La columna de humo salía con fuerza desde los agujeros oscuros de su nariz, bajaba por sus mejillas de bulldog, su doble papada, y volvía a subir metiéndose entre sus lentes rojizos de armazón grande y su pelo castaño.
Muchas veces, era yo la que la acompañaba a lo de Caqui. Iba todos los viernes, justo cuando había más gente, y se pasaba toda la mañana. Caqui –mientras nos ponía al día con los últimos chismes– le hacía la tinta, el lavado, el brushing y después el batido para disimular los lamparones con poco pelo. Le arreglaba las manos, las cejas, y le pasaba una crema especial para las manchas y varices de las piernas. Tenía una piel tan delicada que ante cualquier golpe se le rompían las venitas y se le formaban costras de sangre oscura y seca.

El humo se hizo insoportable. –Está la nena… –susurró Ester, algo indignada. Pero en eso mi abuela no cedía. Siguió fumando su cigarro.
Rosita y Ester me miraron con lástima, como si fuera una rata de laboratorio a la que le inyectaban algo para hacer un experimento. Chela terminó de bajar sus cartas.
–¡Pobre! –insistió Rosita, haciendo un chasquido curioso al pasarse la lengua por sus dientes postizos. Siempre se quejaba de que le molestaban. Una vez había pedido un vaso y se los había sacado. Yo, incrédula, no podía quitar la vista de esa dentadura macabra que me sonreía con malicia flotando en el agua.

Chela tomó una carta para tirarla al pozo. –Si por lo menos la nena pudiera jugar… –agregó y se detuvo. El siete de trébol quedó en su mano a medio camino, como suspendido en el aire.
Sentí la fuerza de cuatro pares de ojos chiquitos, nublados pero vivaces, posándose sobre mi cara de niña. Me estaban mirando raro. Parecían mafiosos decidiendo si iban a perdonarle la vida a alguien.
Ester frunció el labio superior, que quedó como un acordeón; hizo un gesto afirmativo moviendo apenas la cabeza y suspiró. Sin siquiera hablar, las demás también se pusieron de acuerdo.
Yo me di cuenta de lo que iba a pasar y sentí que mi corazón saltaba de alegría.

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11 comentarios en “Texto seleccionado de septiembre (taller de la tarde)

  1. !!!Me encantó!!! qué escena intensa, llena de colores, olores e impresiones, con personajes tan vívidos y familiares en su sencillez. Buenísimo.

  2. Muy vívidos los personajes y su escenario. Los detalles nos trasladan a ese mundo tan entrañable que hasta la verruga es casi comestible:una mora peluda(me encantó)
    Todos los sentidos del escritor alerta.Muy disfrutable.

  3. Yo también me sentí sentada a la mesa y pude ver , oir y oler lo mismo que la autora. Las descripciones de las manos, cuello, labios , verrugas,fueron realmente fotos.
    Felicitaciones!!!

  4. Muy divertido, todas chicas Almodóvar de la tercera edad. Me encanta el modo en que la narradora va hilando escena con retacitos de anécdotas de las jugadoras. Me gusta mucho también el lugar de la niña, de observadora y heredera a la vez. Encantador!

  5. Muy muy bueno!!!!!!!! El cuento te transporta a ese momento. Me encanto el estilo con que lo escribiste, la cantidad de detalles que son tal cual!! Y el final te lleva a seguir el cuento en tu imaginacion; me quede viendote a ti jugando con ellas. Te felicito

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