Texto seleccionado de noviembre (taller miércoles): LA TRAICIÓN

La traición

Patricia Ferreira

Hace unos minutos él lloraba desconsoladamente, con furia.
Nació hace apenas unos meses, pero le hace saber a este mundo al que lo han traído, que está aquí y que llegó para ser escuchado aunque más no sea con las únicas armas de que hoy dispone: sus gritos y su llanto. El hambre es asunto serio para él y para todos los de esta especie humana a la que pertenece.
Igualmente él sabe, confía, porque en tan corto tiempo, su experiencia de bebé le ha enseñado que hay un ser que siempre lo escucha y lo calma.
Lo levanto de su cuna y no puedo evitar que se me arrugue el corazón al ver su carita enrojecida y empapada de lágrimas, al escuchar esos sollozos que le convulsionan el cuerpo. Enojado, agita en el aire sus piernas y sus brazos con las manitos cerradas cual puños ya prontos para pelear contra este mundo hostil.
Por más que ya está en mis brazos y se da cuenta, no puede dejar de llorar de golpe e intercala pequeños gemidos con nuevos pucheros y exhalaciones.
Sé que identifica mi perfume al mismo tiempo que yo reconozco su maravilloso aroma de bebé. Mantiene los ojos cerrados, hinchados de tanto llanto y abre la boca buscando desesperadamente mi pecho. Cuando lo acerco a él y lo encuentra, suspira y empieza a succionar el dulce alimento, que cual la droga más potente que pueda existir, lo tranquiliza y le devuelve la confianza por momentos perdida.
A veces duele. El útero suele contraerse con la primera succión en una misteriosa conexión, que como un látigo, va desde el pecho al centro de mi vientre. Me recuerda con tristeza que ese ser especial ya no habita dentro de mí.
Pero el dolor pasa y vuelvo a maravillarme por su existencia.
Él, agradecido, habla conmigo en silencio. Abre sus ojitos todavía claros y vidriosos por las lágrimas, me mira y los vuelve a cerrar complacido. Me hace saber que me conoce y establece contacto conmigo mientras apoya su mano en mi pecho y la cierra cada tanto con fuerza, casi pellizcando con sus diminutas uñas. Son sus primeros intentos de supervivencia y se aferra a la fuente del néctar sagrado.
Mientras toma, mi dedo índice repasa con suavidad su rostro, sus cejas, su nariz para mí perfecta, su pelo finito. No quiero distraerlo pero es tan hermoso lo que me provoca, que es imposible no acariciarlo. Son esos momentos en que el amor se siente a través de las yemas de los dedos.
Las lágrimas todavía le corren por el cuello y le mojan la batita celeste que le tejió la abuela. Le saco un escarpín y aprovecho su distracción para contar nuevamente sus cinco deditos y envolver su pie tibio con mi mano mientras le digo que lo amo.
Toma con mucha avidez. Necesita una pausa y me suelta; quiere seguir y no puede; no lo entiende y se enoja. Lo enderezo y lo apoyo sobre mi hombro y le doy golpecitos en la espalda mientras camino aún con mi pecho desnudo.
Se alivia emitiendo esos sonidos terribles, que no parecen salir de un ser tan pequeño y que son capaces de levantar los techos y asombrar a cualquiera. Tira un poco de lo que le sobra. Lo limpio y parece decirme enseguida que ya está pronto para que continuemos. Que no hace falta esperar más. Que te apures, mamá.
Lo pongo en el otro pecho y sigue tomando esta vez más tranquilo, paciente. La calma parece haberse instalado definitivamente entre nosotros, y él se ha rendido en esta batalla para que disfrutemos de la tregua. Se adormece y me suelta. Le hago cosquillas en la pera y vuelve a aferrarse del pezón y toma un poco más. Se duerme de nuevo. Lo dejo quedarse así, con esa expresión de satisfacción en el rostro.
Es inexplicable la fascinación que me produce el instante. Me siento hacedora de milagros, participante sin querer del proceso de la creación, como si el momento se salpicara de brillantes gotitas mágicas, que lo vuelven único e irrepetible.
Sin embargo, yo tampoco he dejado de llorar desde que me desperté a la mañana. Este sentimiento se me adhiere dentro y me aprieta el alma hasta casi no dejarla respirar.
-Hoy es un día triste, el primero de los que en la vida nos tocará vivir, hijo- le digo.
Hoy voy a traicionarlo y me siento el ser más despreciable que existe.
Ajeno a mis pensamientos, él ya duerme plácidamente. Levanto su bracito, lo suelto y lo deja caer exhausto. Lo llevo despacio hasta su cuna y lo acuesto con cuidado para que no se despierte y respire bien. Es temprano pero ya hace un poco de calor. Le tapo las piernas con una sábana blanca que tiene una guarda con ositos bordados.
La brisa suave de la mañana que entra por la ventana semiabierta mueve la cortina, dejando entrar un poco de sol. A través del prisma de un juguete que cuelga del tul de su cuna, la luz blanca se descompone en infinitos arco iris que giran por el piso y las paredes. Lo beso suavecito, apenas rozando su cabeza con mis labios.
Lo miro; no puedo dejar de observarlo, así que aprovecho al máximo el tiempo y sin quitar mis ojos de su tierna imagen, camino hacia atrás hasta llegar a la puerta del dormitorio. La arrimo y me dirijo a la cocina.
Mi madre acaba de llegar. Me saluda como si no pasara nada y me habla de temas sin importancia. Ella sabe. Es que hoy vuelvo al trabajo y por primera vez, no voy a estar al lado de mi bebé cuando se despierte.
Tomo el odioso envase de plástico y lo vuelvo a lavar por enésima vez. Le pongo hasta la mitad la leche que herví tres veces con un poquito de azúcar y la diluyo con agua también hervida.
Antes de taparlo, le echo tres gotitas de limón.
Entonces rompo a llorar desconsoladamente, como llora mi bebé cuando siente hambre.
Mi madre no sabe qué hacer, pero obedeciendo al instinto que decenas de generaciones de mujeres le han estampado en sus genes, me abraza fuerte y me dice bajito palabras muy dulces, de esas que arrullan casi como si fueran un canto ancestral.

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3 comentarios en “Texto seleccionado de noviembre (taller miércoles): LA TRAICIÓN

  1. Lo que más me llegó: “habla conmigo en silencio” Todo el texto es un canto de amor y no quedó nada por describir. Precioso. Además te felicito.

  2. Después de conocer ayer a tu hijo, no puedo creer que recuerdes tan bien todo esto! Parece un mundo aparte, otra persona… Qué locura la maternidad.

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