Relato de bares: El ático


El ático

Juana Flores

Me desperté como casi todos los días en medio de un duelo mudo, desacoplado, solo. Nada que decirle a los que con amor impotente me rodeaban; nada que decirme a mí misma.
La primavera estaba llegando a Montevideo y era imposible desprenderse del baile del plátano loco, del aire traslúcido y de los primeros soles fuertes.
Decidí almorzar encerrada en mi cuarto. No quería verle la cara a Ramona; no podía soportar su gesto de vieja indígena resistente e impenetrable, su olor a hipoclorito en las manos curtidas, su terquedad en ir recogiendo mis bombachas hace 15 años, hace 50 años, hace 300 años, ancestralmente. Le preocupaba que no riera; yo quería gritarle que la odiaba, que ella no entendía nada. También quería patear las paredes a grito pelado, llorar a mares y hacerme un nudo. Pero el bichito de la humedad estaba sellado: una bolita altiva que rodaba desapercibida en el patio enorme en el que jugaban los niños y los perros; las pisadas asesinas cerca, los hocicos amenazantes, la imposibilidad de caminar ligero hacia algún lado, hacia el pasto atrás de las hortensias. No, giraba a un lado y a otro en virtud de estas pataditas, de aquel lengüetazo, vagando encascarado en el desierto de un patio de baldosas frío.
Los tallarines estaban ricos y los comí todos. Luego, me quedé mirando el techo un largo rato hasta que sonó el teléfono. Una voz aguda de mujer que reconocí en seguida: la prima de la amiga de mi amiga. Se presentó por su sobrenombre y me espetó una frase armada con cuidado. Me había mexicaneado al chico con quien salía de vez en cuando y se sentía con una absurda obligación de hacérmelo saber. Emití alguna contestación ácida y escueta, y corté. Aquel tipo atractivo e inteligente, mentiroso y adicto, era el Barba Azul del cuento, pero como me sentía herida en mi orgullo, pensé que no valía la pena advertírselo. Por la misma razón y porque no tenía nada que perder, esa noche me fui a un bar.
Estuve maquillándome durante media hora, remarcando mis ojos oscuros, dándoles profundidad, haciéndolos penetrantes e impenetrables. Me vestí rápido y salí.
La noche estaba deliciosa, dulce. Las flores abiertas por el calor dejaban su estela en cada esquina y hasta los hombres que revuelven la basura parecían amigables. Incluso no desentonaban con las niñas rubias que flotaban dormidas, transportadas en brazos por sus padres bien vestidos.
El bar quedaba a unas cuadras de casa y meterse ahí no tenía sentido. La primera puerta no se notaba porque enseguida comenzaba una escalera encrespada de madera; cada escalón una curva, una forma pulida a fuerza del peso de los cuerpos subiendo y bajando. De hecho, una vez adentro, también se percibían las presencias anteriores. Aunque las ventanas estaban abiertas, la sensación era de estar nadando entre vapor estancado. Pero no en todo el lugar, sino solo desde algunos rincones venían bocanadas algo viejas y húmedas, algo muertas.
Me pedí una cerveza y me senté contra una de las ventanas. La música era buena y una brisa fresca comenzó a mover mi cabello suelto. “No está tan mal después de todo”, pensé sin alegría.
Tuve la impresión de que el ático se había poblado en pocos minutos. Bebí un vaso de cerveza y observé la luna cansada; tan agotada como yo, que sentía mis hombros y pómulos pesando toneladas de acero invisibles. La observaba sin expectativas, ahí colgada en medio de un cielo perfecto, aburrida, llena de polvo y de tedio.
La muchedumbre no me importaba, pero el golpeteo impertinente de un joven de espaldas a mi mesa me importunaba o, al menos, llamaba mi atención. Su pierna izquierda chocaba, a ritmo, contra mi mesa una y otra vez. Dejé entonces la crueldad impávida de la luna y me quedé en su espalda vivaz, contenta diría. Hablaba con otros gesticulando y movía, dale que dale, la pierna. No sentí enojo, sino que más bien me causaba un poco de gracia la situación; pero apenas sí dejé escapar una muequita ambigua que tal vez, para un observador, significaría algo así como un: “¿y este?”.
Por fin Miguel se dio vuelta desplegando una sonrisa enorme y blanca. Para colmo no dudó en invitarme a brindar con su vaso en alto, risueño. Yo le seguí la corriente mientras pensaba que ese tipo no podía ser uruguayo: tenía demasiada luz. Alguna capa de recelo fue ganada por mi curiosidad y aunque me sintiera como un topo bajo tierra, hosco y desanimado, había regresado hacía demasiado poco a mi ciudad. Todavía no había olvidado esa sensación de juego fresco en la charla entre desconocidos fronteras afuera.
Hablamos durante horas. Pasamos el tiempo jugando con las palabras, regalándonos pedacitos de nuestra historia, reconstruyendo de a poco la de todos.
Miguel tiene los pómulos huesudos y la piel tersa y amarronada, los ojos y el cabello muy oscuros, y las manos grandes. Además, se le nota el esqueleto y el alma en sus movimientos algo súbitos e inesperados. Fuma todo el tiempo y saca música de cualquier objeto: un pasto recién arrancado, una sábana y dos cuerdas, una botella a medio llenar, una caldera vieja.
Miguel sólo podía ser medio uruguayo y eso nos mantuvo cerca esas horas.
Sorpresivamente el ático nos dejó solos y junto con la claridad del día volvieron amenazantes mis fantasmas. Huí como poseída por el demonio; corrí hasta casa como si a las 7 los corceles se fueran a transformar en ratones y no paré hasta estar bajo el peso de mi acolchado.

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