Relato de cárcel: Batallas mínimas

Batallas mínimas

Ana Arjona

La mañana está clara, azul, casi de fiesta. Desparrama frescor y sin involucrarse, acompaña mis pasos que vienen despertando las baldosas y los árboles dormidos, de una calle de barrio, en Punta Carretas, tan larga y a la vez tan corta, en este sábado de guerra.
Me detengo ante el puesto de flores. Todavía es muy temprano. La feria está casi vacía. Rayos oblicuos y empolvados caen sobre las lonas. Soy una de las pocas personas madrugadoras. Pero es que esta es mi rutina de sábado: comprar lo único vivo que logra pasar la requisa. Y llegar a tiempo.

Allí están, somnolientas, igual que siete días atrás. Algunas todavía muestran las gotas de agua de la regadera, como prismas cristalinos sobre los pétalos. Me invade la belleza oscura y apasionada de las anémonas, sus capitas de seda, sus sombreritos negros. Cantan las estrellas blanquísimas de las ilusiones despatarradas entre los alambicados y frágiles tallos, temblando por ser elegidas. Las marimoñas, más pertrechadas de gasas que sus compañeras, ofrecen sus mejores trajes de ballet en procura de seducirme. Sufren las varas de nardo por no tener la flexibilidad de las margaritas o de otras descocadas, pero igual me cautivan con su aroma secreto.

Elijo y me marcho segura. Sé que un pedazo de vida se colará entre los barrotes y los muros como un llamamiento radical a la belleza, como una apertura al aire libre de los campos.
Voy pensando que un pequeño pimpollo tiene la posibilidad de madurar, abrirse, transformarse y contrabandear sensaciones, perfumes. Que un tallo, una hoja o una flor, infiltrará en la celda lo no dicho, la peligrosidad de lo natural, el devenir que esconde la semilla, su fuerza, su futuro marcado por otras leyes que no podrán ser abolidas ni deformadas, ni ocultadas, ni forzadas por decreto. Voy creyendo fuertemente en ello, pero con cara ingenua, no sea cosa que me delate el brillo de los ojos o la contundencia de los pómulos. Voy conspirando.

El aire aún está húmedo. Algunas baldosas retienen un halo oscuro en los bordes.
Paso frente a la iglesia con alegría alerta. Sé que allí, y también en el quiosco de enfrente, todavía se practica el amparo. Un rápido recuerdo me lleva hacia los sacos y gabardinas que surgen nadie sabe de dónde. Préstamos solidarios, que acuden prestos a cubrir algún escote perturbador, alguna falda corta, algún vestido o pantalón apenas insinuante, para desactivar el goce prepotente del manoseo de la guardia, la mordida de rabia e impotencia en el corazón. Oigo volar las campanadas rebotando entre los edificios altos de la calle, pautando el tiempo, regalando normalidad a la mañana.
Cruzo en la esquina y ya no puedo volver a subir el cordón. Transito por la calzada, paralela a la vereda. Nadie puede pisarla, está prohibido. Una sonrisa interior se suelta y me recorre. Es bueno y sano saber que no me pueden quitar esa libertad.
Llego frente al portón de entrada del penal, vuelvo a subir la vereda y enfilo hacia él. Camino sobre las grandes lozas de granito gris y rosado que me siguen pareciendo nobles y ajenas al camino que trazan. Las siento casi pedir disculpas. Están gastadas de tantos pasos, de tanto ir y venir adusto.
El aire se va cargando de murmullos desafinados. Tampoco los arbustos, ni los ceibos, ni las palmeras disfrutan del lugar en que les ha tocado crecer. Un leve escalofrío me eriza la piel, aunque estemos orillando el verano. Las cosas van perdiendo color a medida que me acerco a la alta verja. Detrás se alzan los muros, centinelas grises y prepotentes. Y muy por detrás el cielo encajonado.

Paso bajo la arcada y me dirijo al ala izquierda para depositar el bolso, las flores y las cartas. Lo hago de manera sutil, con firmeza y dignidad, pero de modo tal que no pueda ser tomado como un acto de independencia. Logro esta vez esquivar el malhumor y el destrato metódico de la funcionaria que con los lentes colgados de una piolita, el pelo mal recogido y el uniforme arrugado, parece que estuviera esperando que algún día pase su mala racha.

Allí, me siento en uno de los dos bancos de madera clara, lustrados a fuerza de esperas, cruzando los dedos del alma, para que las otras cartas, las que espero, hayan pasado la censura.
El trámite puede llevar horas, y sólo obedece al propósito de molestar, humillar, hacerte sentir que ni tú, ni tu tiempo, tienen valor. Mostrar el machacón poder de cambiar cada día los códigos. Para que pierdas la huella, desconozcas de qué se trata y nunca sepas dónde estás parado.
Nosotros somos el ratón, ellos el gato. Pero a veces el ratón se agranda.

Suena una clarinada impresionante en el aire estanco, aún mojado.
“¿Quién es este tipo que puede hacer estallar las paredes, dulcificar el día, transformar el cuadrado inamovible del cielo en una maravillosa lámina de luz?”, me pregunto a pesar mío.
La música trepa los muros en las notas del viento y se marcha sin que nadie de los que mandan se percate.

Me avisan que me concedieron la audiencia que pedí con el director de la cárcel.
Respiro hondo. Me paro. Me concentro en la fortaleza y en la sagacidad que necesitaré para argumentar.
Atravieso el patio de piedras que separa el cinturón de los muros de entrada, del contundente edificio. Detrás de él están presos la sangre, los corazones y los cuerpos de otros muchos.
No sus pensamientos, no sus amores, no sus ansias. Y él está entre ellos.
Imagino su sonrisa iluminada y me preparo para, dentro de instantes u horas, lograr una visita especial.

Uno de los policías que hace la guardia, me señala la puerta de la oficina del director.
Entro despacio. Un escritorio grande de madera oscura, una mole cuadrada sin gracia con un sillón de brazos detrás, está enfrentado hacia la puerta, y una sillita, de espaldas, más baja, casi enclenque, parece estar esperando a su víctima.
Es una sala amplia, algo oscura, creo que por las estanterías llenas de libros, que intentan contar algo que desestimo al instante. Hay estatuillas, banderines, papeles, legajos, frases del prócer descontextualizadas, como les gusta ostentar, y un olor pesado, opresivo, que parece envolverlo todo.
Con una media sonrisa que nadie le ha pedido, el director me tiende la mano. Ese gesto parece fuera de lugar, pero se la estrecho, cómo no, mientras sus ojos impávidos trabajan en la radiografía de quién soy, clasificando, intimidando y a la vez señalándome la sillita.
Es alto, la cara cortada a cuchillo, la piel aceituna. Se sabe elegante y poderoso, pero lo disimula detrás del movimiento lento de su cuerpo.
Toma asiento. Del otro lado de la mesa, parece más alto, más erguido.
Comienzan las preguntas.
-Usted sabe que no le corresponde esta visita, -me espeta.
-No la común, claro. Por eso le estoy pidiendo una especial, -le contesto, tratando de que mi rostro se vea impasible pero suelto, que mi mirada sea inteligente pero no tanto que se transforme en sospechosa, que mi cuerpo esté firme pero no orgulloso, que mi voz sea serena y no me traicione.
Algo pasa en su mirada. Espero.
Somos dos equilibristas enfrentados, balanceándonos en una misma cuerda, intentando un diálogo que sabemos imposible.
-¿Por qué cree que debiera concederle la visita?- insiste, mientras alcanzo a percibir un dejo de interés en la voz y una pizca de luz en los ojos.
-Usted sabe que hace meses que no he tenido una,-le contesto sosteniéndole la mirada casi con ingenuidad. -También sabe que puede corresponderme. Por eso,-insisto algo subida en los pedales-he pedido la entrevista.
Después me quedo en silencio y pienso que tengo que lograr convencerle de que necesito esta visita, pero no tanto que le sea placentero negarla. Aún más, que él, mesías todopoderoso de esta cárcel, de este reino policíaco y absoluto, se autoconvenza de que sería bondadoso, su buena acción del día, levantar el pulgar y otorgar casi con emoción este pedido mínimo.
Sigo a la espera. Y algo me dice que he dado en el blanco. O que hoy, el azar nos ha tocado.
Se levanta, sale sin despedirse.
-Suban al preso,-le ordena a la guardia.
-Tiene quince minutos,- le oigo decirme por encima del hombro.

Miro la escalera desde la altura en donde estoy, y parece no terminar nunca. Es ancha y larga. Allá abajo, todo se oscurece, se ensucia, se confunde. De pronto, desde el vano de una puerta que se abre, lo veo avanzar entre dos policías. Algo en su andar me parece raro y me doy cuenta de que viene esposado, con las manos a la espalda, y que no tengo recuerdo de esta forma de andar. Una tensión espesa en al rostro y en la mirada me hace casi desconocerlo, mientras comienza a subir de uno en uno los escalones flanqueado por los cancerberos.
Apenas se suaviza cuando, ya al lado mío, le quitan las esposas y me oye susurrarle alegremente:
-Tenemos quince minutos de visita sin rejas, -como si fuese todo el tiempo del mundo.

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2 comentarios en “Relato de cárcel: Batallas mínimas

  1. Hermoso relato. Imágenes poéticas inmersas en la hecatombe. Sagacidad en los detalles escogidos para pintar la perversión reinante. Cómo se pudo sobrevivir a tanta inclemencia? Seguro que gracias a gente como vos.
    Me encantó Ana, y seguimos en deuda con la memoria. Espero que este sea el primero de muchos textos con esta temática. Lindazo

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