Relato de hospitales: Noche


Noche

Machi

La subimos al Fitito descascarado de mi prima como pudimos, una de cada costado. Ella iba flotando, entre cánticos, con su melena alborotada, sus cachetes rojos. Impresionaba su mirada de india perdida, desgajada. Yo le acariciaba la mano fría, rígida por la medicación. Miraba hacia afuera y se notaba su fuerza desbocada, la pérdida de conexión conmigo y con el resto. Yo también estaba rígida, de dolor, los ojos duros, sin pestañear, ni una sola lágrima, mi mente en mil cosas: en las uñas de ella impecablemente pintadas, en el anillo, que es mío y ella usa siempre. Pensé en papá que nos estaría esperando, con su olor a menta , el olor que le siento cuando algo grave pasa. En mamá que se quedó cuidando a la niña.
Habla sin parar cosas incoherentes y mientras lo hace se sonríe apenas. Habla del ángel de la guarda, de los seres que la habitan. En el viaje yo trato de arreglarle el pelo, le paso suave la mano por la mejilla y por un segundo se recuesta en mi hombro y solloza. Enseguida se pone a cantar cosas incomprensibles.
Yo sigo dura, no hablo, casi no respiro. Sigo recordando esos días de vacaciones, tengo que pensar en cosas buenas.
El viaje es largo, el Musto queda muy lejos del centro. Es la primera vez que la internamos, hay que protegerla. Estoy convencida de que es lo mejor para ella pero no puedo aceptar mi limitación para ayudarla. No tolero verla delirar y colgando del mundo como si fuese una cometa sin hilo. Esta vez ni siquiera yo logro que tome los medicamentos, es una especie de huracán que nos arrastra a todos.
Tal vez si estuviéramos solas yo podría mejor con la situación. Pero no estamos solas y no queda lugar para lamentos. Quisiera acurrucarme en la rama de un árbol y sentir el sol en la cara, quisiera escuchar pájaros pero es invierno, la gente camina tapada de lanas, de bufandas que acompañan al viento.
Ya es noche cerrada cuando nos aproximamos al lugar, nunca antes había estado aquí. Impresiona como una cárcel, tiene vidrios por todas partes y algunos puntos luminosos
La tengo que ayudar a bajarse del auto, habla arrastrando la lengua pero en cuanto ve la construcción me dice: “¿acá voy a empezar a trabajar?. Le paso mi brazo por el hombro y le digo que si, que hay muchos enfermos para que ella cuide. Papá está en la puerta . Ha envejecido cien años, nos abraza a las dos y yo lo repelo como si me hubiese acercado a un cable pelado. Si me dejo abrazar me derrumbaré. Me pongo fría, tan fría que no me reconozco. Le digo que no es forma de ayudar esa. No hay que quebrarse , ella nos necesita enteros, murallas, fuertes. Mi pobre padre dice que tengo razón y entre los dos la llevamos para que la ingresen.
Subimos dos pisos hacia una sala vacía, le inyectan algo y ella no quiere acostarse, a los tumbos camina queriendo reconocer el lugar. Hace veinticuatro horas que no duermo y que no veo a mis hijos y que no como ni bebo nada. Me siento tan sola, tan abandonada , enfrentada a tener que tomar estas decisiones. El silencio me aturde, me gustaría escuchar algo de música. La recuerdo pasándose a mi cama porque había monstruos que le daban miedo. Se abrazaba fuerte a mi cuello y su respiración caliente y corta me hacía cosquillas, yo la acariciaba y se iba tranquilizando hasta quedar dormida. Recién ahí podía desprenderme de su abrazo y sigilosa pasarme a su cama para descansar mejor. Muchas veces presentía mi partida y otra vez me abrazaba fuerte hasta que el sueño me vencía a mi también. Llega Luisa a acompañarla para que yo descanse. A veces ella recupera un poquito de luz, y vuelvo a mirarme en sus ojos de niña, ella me reconoce y me abraza. Le prometo que mañana a las siete estaré allí , con ella. Se cierra la puerta y el vigilante pasa la llave.
Bajo las escaleras casi corriendo, la noche y el viento me reviven y entonces la veo haciéndome chau desde aquel ventanal gigante, que por momentos se la traga, igual que la locura.
Cuando encuentro un árbol puedo por fin recostarme y empiezo a llorar. Mis sollozos son una especie de lamento de animal herido, luego se hacen gemidos, tenues, cortos. Respiro casi a mi ritmo normal, entonces me seco las lágrimas con el pañuelito perfumado que ella me puso en el bolsillo y empiezo a caminar.

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4 comentarios en “Relato de hospitales: Noche

  1. Tuve que tomarme un momento de respiros antes de poder dejarte algo que pueda expresar con un dibujo de letras … quizás sólo decirte que lloré junto con esa mujer que encontró el pañuelo que le habían dejado en el bolsillo.

  2. Bravo Machi!! Qué mujer maravillosa.
    Mujer que miércoles a miércoles me deleita con sus magistrales relatos,con la que aprendo de ésto tan nuevo para mi llamado letras.
    Pero sobre todo Machi es una ráfaga de vida,una mujer que brilla,que nos mima y nos protege. La de los abrazos apretados, la de la mano en el hombro la que yo soñé por madre…perdón por hermana mayor. Te quiero Mucho

  3. Impresionante, por lo que se dice y todo lo que se insinua en esa desgarradora soledad en que muchas veces caminamos por la vida con apenas un pañuelito en el bolsillo para secarnos las lagrimas.
    Me gusto muchisimo tu relato, espero poder seguir leyendote.
    Felicitaciones.

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