Relato de aeropuertos: ¿Dónde está la salida de emergencia?


¿Dónde está la salida de emergencia?

Juana Flores

La cola para embarcar fue una pesadilla. Cerca de una hora a paso de tortuga con un hombre inmenso atrás, que no solo carecía de la noción de “distancia mínima” para con un desconocido – en este caso yo – sino que además, hablaba al aire.
Al primer “hola” al oído, salté asustada como un resorte, mientras me daba vuelta para ver qué quería. Pero no; no era conmigo.
El tipo, con la mirada perdida más allá de los ventanales del aeropuerto, gesticulaba revoleando la mano libre en el aire. Pensé que en cualquier momento iba a ligarme un cachetazo de rebote e intenté apretarme contra la señora de adelante; fue peor, porque él también se adelantó, dejándome con poco aire y sin escapatoria.
Flaco, de nariz puntiaguda y ojos pequeñitos, pero grande; un esqueleto gigante adentro de una gabardina beige.
Al principio traté de tomármelo con humor interior. Pensé que sería un hombre de negocios e hice un cuadro veloz de su vida cotidiana en mi mente. Luego, pasé a observarlo en forma entre curiosa y fastidiada pero sobre todo apuntando directamente a sus ojos, con todas las esperanzas puestas en intimidarlo. Imposible; ni se inmutó. Mi mirada inquisidora tuvo cero efecto. Seguía ñeque ñeque, presionando una y otra vez su celular mínimo con el pulgar, como si estuviera haciendo zapping, solo, en el living de su casa.
Los auriculares eran casi invisibles. De hecho, me llevó algo de tiempo descartar la hipótesis del delirio y el panorama que se abría, entonces, dentro de un avioncito con este sujeto adentro.
Encima, no estaba solo. Lo acompañaba una mujer de tapado de piel, que iba y venía alcanzándole papeles para firmar, le recordaba con señas argumentos que el flaco estaría olvidando mencionar y que seguramente eran cruciales en el diálogo que estaba manteniendo, y sobre todo aprobaba. Aprobaba y festejaba con muecas. Una escena terrible.
Al rato me di cuenta de que el resto de las personas de la cola también pasaron de un fisgoneo veloz a verdaderos gestos reprobatorios sin tapujos.
El colmo fue cuando llegamos al interrogatorio del personal de tierra de American. Además de tener que tolerar reiteradas preguntas acerca de mi equipaje, de permitirles esparcir polvo pimienta por mi computadora y regalarles mi shampoo porque con esa cantidad de mililitros era posible fabricar una bomba e inmolarme en el aire en el trayecto de 20 minutos hasta Buenos Aires, había que seguirle el ritmo al monstruito este de al lado.
La chica de las preguntas – mezcla de agente secreto y muñeca inflable – se afanaba obsesivamente en mantener el protocolo, mientras él, al mismo tiempo, sostenía una discusión con una empresa de alarmas, en la que alzó realmente el volumen de su voz, les tomó el pelo, burlándose del pobre desgraciado que estaba del otro lado del tubo, de una forma que no hacía más que dejarlo en ridículo y crispar los nervios del resto de la fila. Él miraba a la multitud socarronamente, enfrascado, supongo, en el asunto de la alarma, y el resto, lo miraba con cara de espanto, escuchando la quinta llamada de embarque, pensando que lo único que les faltaba era perderse el vuelo por un imbécil.
Cuando finalmente obtuve mi tarjeta de embarque, salí corriendo como una loca y no paré hasta llegar al asiento del avión. Lentamente se me fue calmando el acelere cardíaco con el que venía, mientras meditaba si aquello había sido una prueba del universo o qué.
En eso veo entrar, algo encorvado, al buen hombre. Era más bien una nariz y una gabardina acercándose por el corredor. Me saludó atento y se sentó a mi lado.

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