Relato de abuelas: De tu mano


De tu mano

Juana Flores

“Es hora de ir a dormir”, me dijo la abuela. Hace un rato, ella me había bañado y ahora yo estaba en el cuarto de la tele sentada en uno de los sillones verdes.
Se me cierran los ojos. Siento la mano de la abuela que tironea de la mía. No llego a bajar al piso; el tirón solo me arrastra un poco hacia delante del sillón haciendo que mis rodillas se flexionen. Es que tengo tanto sueño que se me cae la cabeza. Debo hacer un gran esfuerzo por estirar el otro brazo en señal de súplica. Por suerte ella comprende y me alza. Es fácil prenderse a la abuela; ella me sostiene la cola y yo me abrazo a su cuello, apoyo la cabeza en su hombro y me olvido de todo. Me encanta viajar dormida a upa sintiendo el perfume de la abuela. Lo malo es que se termina.
Ya llegamos al dormitorio de ella y del abuelo, y me baja al piso. Hay que tender la cama. Intento ayudarla parándome contra a la mesa de luz y sostener las sábanas cuando ella las lanza volando desde la otra punta del colchoncito. Después de las dos sábanas, viene una frazada y por último, una colcha de colores.
Salto a la cama grande y me meto adentro. La abuela me mira con cara de reprobación pero ya no discute; sabe que no voy a acostarme hasta que ella no se ponga el camisón, vaya al baño, se saque el collar de perlas frente al espejo de la cómoda y me diga: “bueno, ahora sí vámonos a dormir”. Ahí empiezo a prepararme. Todavía falta buscar el vaso con agua en la cocina, apoyarlo en la mesa de luz y sentarse al lado mío. Entonces le doy el lugar y me paso a mi cama de colores en el piso. Ella se toma alguna pastilla, se estira boca abajo, me da la mano y apaga la luz. Así, de la mano de la abuela, yo me duermo.

* * *

La abuela me había obligado a acompañarla al supermercado.
Mientras ella se pinta los labios gruesos en el espejo, yo me abrigo a regañadientes observándola. Adentro de mi uniforme gris, me siento un escuerzo; es decir, algo desconocido, mezcla de flacura y fealdad al que se parecen todas las flacas feas de las que habla mi hermano con desprecio.
Caminamos los pocos metros que nos distancian del lugar e ingresamos al enorme galpón de luz brillante. Si miro al frente, intentando seguir a la abuela que, de tanto en tanto, manotea alguna cosa hacia su canasto de plástico amarillo, los colores frenéticos de los productos en las góndolas se transforman en un solo gran color indistinguible. Ella, además, habla. Habla todo el tiempo y pretende que yo le responda; pero su voz intermitente de puntadas histéricas, se pierde en medio de los carros metálicos, las pastas de dientes y los algodones.
De pronto, la veo cuchicheando con un joven vestido de blanco. Siento una vergüenza infinita y me mantengo alejada. Luego la abuela me mira por un segundo y masculla un callado “dale, vení” alzando las cejas. Los sigo a los dos, que ágilmente y en fila india, esquivan gente como se sortean obstáculos en el primer nivel de un videojuego malo. El destino es una pequeña puerta escondida tras unas palmeras falsas que adornan la zona de las frutas, con un cartel que dice “privado” y que el joven de blanco amablemente abre para nosotras.
Es un baño. Entramos a la piecita y cerramos con tranca. Quedo atónita mirando a la abuela. Ella, sonriente, saca del bolsillo de su tapado rústico una caja azul y blanca con un Ricardito adentro. Sin emitir comentario, abre la caja, descubre el aluminio que recubre al enorme bombón, lo mira por un instante y se mete medio merengote bañado en chocolate en su gran boca roja. Mientras lo saborea con bigotes blancos y ojos cerrados, estira el pedazo sobreviviente hacia mi cara intentando hacerme cómplice de todo aquel asunto. Apenas alcanzo a comer algo del postre, que ella ya me lo está arrebatando entre risas y muecas de silencio. Devora y dice “shhhh”, al tiempo que tira de la cisterna y arruga el envoltorio en su bolsillo.
Al salir del cuartito, noto incrédula los restos delatores en las comisuras de sus labios. Súbitamente tomo coraje, agarro a la abuela de la mano y le agradezco al joven de blanco por la gentileza. Nos perdemos nuevamente entre las góndolas.

* * *

Papá estaciona el auto de punta contra la vereda a rayas. El día está despejado y el mar, frente a nosotros, tranquilo. No es verano aún. Al descender, siento el aire frío en la cara y me cierro la campera hasta el cuello.
Caminamos unos metros en silencio hasta encontrar la primer escalera que comunica con la arena de la playa querida. Al llegar a la orilla, nos reunimos alrededor de la pequeña caja de metal que mi tío transporta cuidadosamente. Cuando la abre, yo tomo dos puñados de abuela.
Me alejo de los demás y camino con ella en mis manos. Vamos juntas, de la mano, ella chiquita y enorme, yo solo chiquita. De a poco logro alzar la vista: a la derecha la ciudad, a la izquierda el agua. No quiero soltarla y camino. Doy la vuelta como cuando uno sale a pasear de vacaciones y sin una razón clara en cierto momento gira y vuelve a su sombrilla. Ahora puedo ver a los otros. Cada uno se desprende de la fracción de polvo lascoso que había agarrado. Vuelvo a girar; no quiero verlos.
Me acerco al agua y junto mis manos a la altura del pecho. Me despido de la abuela. Después, en algún momento, abro mis manos y la veo volar lejos.

* * *

Primero se me apareció en medio de la noche. Me desperté sobresaltada y sudorosa, tanteando a oscuras la mesa de luz. Algún pensamiento oculto me había dejado un hueco en la mitad del pecho y esa sensación de guerra perdida, de cansancio en cada músculo. Al encender la lámpara, busqué desesperada adentro del cajón, como un ladrón que no conoce lo que revuelve; sin cuidado ni amor fui desprendiéndome de papeles, cartas, remedios, hasta que di con el collar de perlas de la abuela. Estaba ahí suelto en medio de aquel basural infame, brillando. Una víbora pura y blanca, poderosa, que tomé entre mis manos segura de que me cuidaría el sueño.
Apenas dos días más tarde, sentí vibrar el teléfono dentro del bolsillo interno de mi abrigo. Fue una especie de cosquilleo a la altura del corazón al que no pude responder a tiempo. Mientras el quiosquero me daba el vuelto, yo me apuraba en abrir los botones rústicos de lana sin éxito. “Abuela”, señalaba la llamada perdida en la pantalla verde fluo. Guardé el vuelto y me quedé ahí parada en la esquina más ventosa del barrio con el Ricardito recién comprado en una mano y el teléfono en la otra. Mientras intentaba reconstruir con mi mente quién era que se había quedado con ese número, mi corazón tomaba unas dimensiones desconocidas, latiendo ruidosamente, tanto que tapaba los bocinazos frecuentes del tránsito de las 6 de la tarde.

* * *

La avenida que bordea la playa querida está vacía. Sentada en el auto, soy como el vino que se transporta por una cinta adentro de una única botella circulante. Al llegar a la escalera, apago el motor y desciendo.
La humedad infinita del día se vuelve llovizna y una agüita fría va mojándome la cara, el pelo, las manos. No me importa; hace días que la abuela me viene llamando.
Enfrente el horizonte es difuso, los grises azulados y plomizos se confunden, se unen en un solo gran movimiento. Cierro los ojos y escucho. El mar con su ronroneo eterno y sus bramidos repentinos, las gotitas golpeando mi campera, muriendo en la arena, perforando la superficie del mar. Por un momento me olvido de mí; no hay calor en mi cuerpo ni pensamientos, solo mis piernas que insisten en sostenerme y la resistencia de mi piel al viento salado.
Todo empezó con un hormigueo diminuto en la punta de los dedos, algo así como el inicio de un calambre generalizado y sutil. En lugar de inquietarme, volé al recuerdo de una foto pequeña en la que la abuela me festejaba con risas y palmas, un baile arriba de suecos de madera, con labios pintados y pañuelos de colores atados a la cintura. Esa foto me llevó a otra que tal vez estuviera al lado de la anterior en la biblioteca, o arriba, una de mi adolescencia en la que aparecía ella sola leyendo un libro bajo un árbol en el balneario. Pero eso me condujo al balneario y a la biblioteca y al olor de la manteca derretida sobre los scones calientes a la hora del té. El hormigueo ya es un estremecimiento fuerte, casi un temblor en las manos. La abuela está ahí, la siento en mis manos mojadas. Un calor me recorre el pecho y es como si nos abrazáramos bajo la lluvia.
Luego, desaparece. Al abrir los ojos, me asusta el frío. Antes de correr al auto, observo mis manos heladas, arrugadas y me doy cuenta de que ellas sí lloran.

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3 comentarios en “Relato de abuelas: De tu mano

  1. Realmente me gustó mucho, me hizo recordar el perfume, la sonrisa, las caricias, la presencia de mi abuela. Felicitaciones.

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