Texto seleccionado de septiembre (taller de los martes)

Septiembre 13, 2008 · 11 comentarios

El ángel se ha ido

Carolina Temesio

Ha pasado la madrugada olfateando aires, requisando madrigueras e interrogando búhos. No ha dejado que el sueño se le acerque. Antes, pasó horas frotándose el cuerpo con una piedra pulida, en intento pertinaz de alejar las soledades sin nombre que se le hamacaban encima. El eco de un manojo de futuros se le apareció en vigilia, mientras intentaba escurrirse las miradas que lo custodiaban desde la oscuridad. Se ha quedado perdido de fronteras, con las manos mustias de tan vacías y la espalda ardiendo.
Mucho amanecer para este reducto del mundo.
La sospecha entre las hojas se convierte en anuncio que late más allá de la noche en las primeras luces. El cuerpo le vibra con aciertos de paz. Lo que lo mantuvo alerta navegando entre las tinieblas ahora lo conmociona. Le pide tregua, y se la ofrece.
Tiene la piel aceituna, el pelo renegrido, la mirada ágil y desvelada. Se mueve entre la vegetación espesa ahuyentando su propia sombra. Se trepa a un árbol. Observa. Con la boca seca y las manos traspiradas se enrosca y se queda completamente inmóvil. Aprieta la respiración entre la espalda y las rodillas recogidas contra el pecho. Finge hálito de gorrión. Busca. Siente un temblor de ramas. Hay un ángel enorme, abajo, sacudiendo el tronco. Se distrae nuevamente en la búsqueda que le ocupa, pero el ángel enérgico continúa bamboleando el árbol. Se despeja la bruma, se ven los ríos que le interesan. Vuelve al suelo, a plantarse con sus pies planos sobre el colchón de hojas húmedas. El ángel se ha ido. No ha alcanzado a verlo partir, se ha esfumado.
Se mueve rastrero, avanza otra vez, al acecho. Como a la defensiva, como a la caza habitual de lo ignoto. Se asoma y se agazapa. Entonces la presiente. Escucha el canto de su respiración, la fuente habladora de su cuerpo, perfumando los aires amanecidos. Vuelve a las ramas.
Con medio cuerpo fuera del agua, la ve, en baño, como un cisne pardo. Le arroja ramitas para atraerle la mirada hacia los árboles. Ella continúa con sus brazos estirados, sacudiendo absorta el agua, aleteando en figuras únicas con su cuerpo desnudo.
–Vuelve –le grita Adán desde una rama baja.
–No soy Sara, soy Eva –le contesta.
–Sé muy bien quién eres.
–No me he ido. He querido saber si podía pasar la cortina gris de humo de Oriente.
–¿Y cómo te ha ido?
–Se puede.

El ángel se ha ido

El ángel se ha ido

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Texto seleccionado de septiembre (taller de los lunes)

Septiembre 13, 2008 · 7 comentarios

La herencia

Cecilia Abelenda

El contacto con el reloj me sigue provocando escalofríos. No puedo olvidar el momento en que lo recibí.
-Guzmán, te llama tu abuelo -dijo mi madre tomándome del brazo suavemente-. Creo que quiere decirte algo. No lo hagas hablar muy fuerte que se agita.
Sin soltarme el brazo, me llevó adentro y me alcanzó la toalla blanca.
-Tomá, secate un poco la cara, estás hecho un desastre… Y acordate, no lo dejes hablar demasiado.
No le contesté.
Entré al cuarto. El olor a ungüento me volteó. Tuve que hacer un gran esfuerzo para, en la oscuridad del recinto, encontrar el taburete de tres patas para así poder sentarme. Me instalé al lado de la cabecera de la cama.
No podía dejar de temblar, no sé si era porque había transpirado mucho y la camiseta empapada se me pegaba a la piel, o si eran los nervios. O el miedo. Nunca había estado tan cerca de alguien a punto de morir.
El viejo dormía, tan profundo que varias veces me acerqué con cuidado a su nariz para ver si respiraba o no. Casi no se movía, y el aire que exhalaba era mínimo. De golpe tembló y se incorporó en la cama.
El corazón casi se me sale del pecho.
-¿Qué pasó -dijo, volviendo de quién sabe qué viaje.
-Abuelo, soy yo. Mamá me dijo que quería hablar conmigo.
-Sí, m’hijo -contestó, creo que dándose cuenta de dónde estaba-. Quería darle esto, tome -agregó mientras sacaba, con gran lentitud, un paquetito de tela de abajo de su almohada. Lo tomé sin poder decirle nada y lo abrí.
-Este reloj que le doy, me lo regaló mi padre cuando…
Y se quedó dormido. Estuve más de una hora ahí sentado, esperando que dijera algo más.

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Texto seleccionado de septiembre (taller de la tarde)

Septiembre 13, 2008 · 11 comentarios

Siete de trébol

Magdalena Vidiella

Siete de trébol


Yo esperaba con ansiedad el lunes. Llegaba del colegio a las cinco, justo para tomar la merienda con ellas. Por aquella época se reunían en la casa de mis padres.
Ese día la camioneta se demoró. Bajé del ascensor apurada y me colgué del timbre. Por debajo de la puerta se colaba el olor a té con leche y escones calientes con manteca. Mi abuela tenía la costumbre de llenar la tetera grande de peltre con demasiados sobrecitos de té negro. Quedaba tan fuerte, que se te metía hasta en las muelas.
Abrió la puerta mamá y todas me saludaron con cariño. Las cuatro viejas ya estaban prontas; los restos de comida se encontraban apilados en la mesa auxiliar. Estaban sentadas en la mesa de madera cuadrada; habían colocado el mantel de paño verde billar y prendido la luz de la lámpara de pie.
Me senté en la silla que sobraba, entre mi abuela y Ester, para mirar bien. Nunca me perdía detalle.
De golpe me llegó una mezcla de olor a crema para manos y fijador de pelo. Respiré hondo, creí escuchar mis latidos. Había un silencio tenso. Ester tomó decidida el mazo, lo separó en dos mitades exactas y las enfrentó. Con los pulgares hizo que las cartas cayeran en cascada, entreverándose. Sus dedos eran largos, huesudos y llenos de manchas. En casi todos tenía un anillo y sus uñas estaban prolijamente limadas y pintadas de nácar perlado. Las venas azuladas y gruesas sobresalían a través de su piel fina y recorrían, como si fueran raíces, toda su mano ramificándose hasta el brazo. Comenzó a lanzar las cartas, cortando el aire. Los pliegues de la piel sobrante que colgaban de sus brazos delgados se sacudían con cada carta. Las pulseras finitas de oro agregaban música a la tarde.
–¡A partir de ahora está prohibido hablar sobre el juego! –sentenció como siempre. Las reglas eran las mismas que se usaban en los campeonatos internacionales. Ester no permitía a nadie, ni a ella misma, quebrantarlas.
Así era en todo. Un día llegó chorreando agua y tiritando de frío porque, a pesar de la lluvia, no quiso cambiar su rutina de venir caminando desde el centro. Treinta y seis cuadras con tacos.
–Sos mano, Rosita –dijo dando vuelta la primera carta del mazo: era un tres negro.
–No hay dos sin tres –cantó bajito como acostumbraba cuando aparecía una tapa.

Lentamente, Rosita miró el abanico de las cartas que se amontonaban desparejas en sus manos y se estiró perezosamente para agarrar una carta del mazo. Un dejo a perfume dulzón llegó hasta mi nariz. Después de tomarse unos segundos más la colocó en el extremo izquierdo.
A Ester no se le escapó el detalle: suspiró triunfante, estiró su cuello arrugado de tortuga y levantó su pera filosa.
Rosita no hizo caso de su reacción y tiró una carta alta. Como era de esperar, dio el pozo. Levantó con esfuerzo sus hombros en señal de que no le importaba. Al hacerlo su espalda se encorvó, acentuando su joroba.
A mí me gustaba su joroba. Ella la llevaba con tierna resignación, como una mochila pesada que tuviera que cargar todo el tiempo.
Tenía el pelo blanco y un halo de tristeza la envolvía.
–Gracias –dijo Chela con voz grave, casi de hombre. Aplaudió y levantó el pozo. Ese día usaba el vestido más feo de todos los que alternaba cada lunes. Era el estampado con grandes flores verdes, rosadas y azules, con la ridícula chaqueta haciendo juego. Tenía un escote en “v” bastante pronunciado por donde sobresalía una verruga, como una peluda mora en el medio de su pecho.
El aire se lleno de humo. Mi abuela, ante el primer error de su compañera, se puso nerviosa y prendió un cigarro. La columna de humo salía con fuerza desde los agujeros oscuros de su nariz, bajaba por sus mejillas de bulldog, su doble papada, y volvía a subir metiéndose entre sus lentes rojizos de armazón grande y su pelo castaño.
Muchas veces, era yo la que la acompañaba a lo de Caqui. Iba todos los viernes, justo cuando había más gente, y se pasaba toda la mañana. Caqui –mientras nos ponía al día con los últimos chismes– le hacía la tinta, el lavado, el brushing y después el batido para disimular los lamparones con poco pelo. Le arreglaba las manos, las cejas, y le pasaba una crema especial para las manchas y varices de las piernas. Tenía una piel tan delicada que ante cualquier golpe se le rompían las venitas y se le formaban costras de sangre oscura y seca.

El humo se hizo insoportable. –Está la nena… –susurró Ester, algo indignada. Pero en eso mi abuela no cedía. Siguió fumando su cigarro.
Rosita y Ester me miraron con lástima, como si fuera una rata de laboratorio a la que le inyectaban algo para hacer un experimento. Chela terminó de bajar sus cartas.
–¡Pobre! –insistió Rosita, haciendo un chasquido curioso al pasarse la lengua por sus dientes postizos. Siempre se quejaba de que le molestaban. Una vez había pedido un vaso y se los había sacado. Yo, incrédula, no podía quitar la vista de esa dentadura macabra que me sonreía con malicia flotando en el agua.

Chela tomó una carta para tirarla al pozo. –Si por lo menos la nena pudiera jugar… –agregó y se detuvo. El siete de trébol quedó en su mano a medio camino, como suspendido en el aire.
Sentí la fuerza de cuatro pares de ojos chiquitos, nublados pero vivaces, posándose sobre mi cara de niña. Me estaban mirando raro. Parecían mafiosos decidiendo si iban a perdonarle la vida a alguien.
Ester frunció el labio superior, que quedó como un acordeón; hizo un gesto afirmativo moviendo apenas la cabeza y suspiró. Sin siquiera hablar, las demás también se pusieron de acuerdo.
Yo me di cuenta de lo que iba a pasar y sentí que mi corazón saltaba de alegría.

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Para ir haciendo boca/ Taller de haikus

Julio 26, 2008 · 2 comentarios

Hace un tiempo anuncié en el taller que haríamos una experiencia con la poesía: miradas de horror entre quienes escriben narrativa, muchos convencidos de que no se llevan con la rima, la métrica, Rubén Darío y todas las asociaciones que traemos adheridas desde la escuela. Pero, claro, la poesía es un territorio mucho más versátil y luminoso, mucho más libre que eso.

Para acercarnos un poco, me pareció que el género del haiku era un medio camino interesante: comparte con la orientación del taller el trabajo con los sentidos, con el presente, la búsqueda de imágenes concretas (no de abstracciones o simbolismos) que, sin embargo, al combinarse crean un cierto efecto emocional o comunicación misteriosa con el lector.

Así que nos embarcamos en la experiencia y el resultado fue muy alentador, sobre todo porque algunos integrantes del taller le encontraron el gusto y hasta siguieron escribiendo haikus fuera de nuestros encuentros, a modo de “meditación” (Stella nos acercó ¡36 haikus! de su cosecha, cada vez más logrados, de los que presentamos una mini selección aquí).

Aquí va la antología de haikus de los tres grupos. Pronto empezaremos a publicar el resultado de los simposios mensuales, pero mientras tanto vaya un entremés.

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Haikus de Libélulas (taller de la tarde)

Julio 26, 2008 · 2 comentarios

Entre la hierba
las libélulas trenzan
aros azules.

El viento pasa
moviendo las lavandas
frente a la niña

Danza de voces,
estrellas en el cielo.
Silencio, nada.

Te negro dulce
un chocolate con pan
beso de abuela

Tarde de niebla.
Entre las ramas grises,
paredes tristes.

Dejó de llover
Los aromas húmedos,
se desperezan.

Batir de alas
libélulas reunidas
tierras fértiles

Duerme mi niño
con piel de manzanilla
su siesta dulce

En el camino
las libélulas besan
los pinos tristes.

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Haikus de Marcianos (taller de los martes)

Julio 26, 2008 · 2 comentarios

Todas reunidas
Los lápices rasguñan
Llamando al duende

Cruzan los sables
Ya no queda más nada
Tan solo olvido


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Haikus de Lunáticos (taller de los lunes)

Julio 26, 2008 · 2 comentarios

Noche lluviosa,
ensayando palabras
sobre la mesa

Cielos diversos
te hicieron la cáscara
para tu pulpa

Café con leche
Galletas con manteca
Tarde de invierno

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Arrancamos la Bitácora 2008!

Junio 27, 2008 · 1 comentario

Hemos mudado todo el trabajo del año pasado para aquí y a partir de ahora publicaremos en WordPress los textos seleccionados producidos en mi taller. En breve, la primera “mini-antología” del año, que será de haikus de los tres grupos de este año. Estamos en construcción, o mejor dicho, reconstrucción, pero pronto todos los detalles estarán funcionando “como si nada”. Así sucede tarde o temprano luego de las mudanzas; díganmelo a mí: 16 casas, 3 países, 5 ciudades! Un blog no es nada.

Saludos y bienvenidos

Gabriela

nueva época de la Bitácora del Taller

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Un taller literario diferente

Abril 9, 2008 · Dejar un comentario

Ahora sí: ¡arrancaron los talleres de motivación literaria de este año! Esta semana cada grupo ha inaugurado su espacio, hemos charlado sobre los criterios de funcionamiento para ir creando una comunidad en la que prime la confianza entre sus integrantes, y también empezado a traer sobre la mesa algunos temas que seguramente retomaremos a lo largo de este año. Usamos el clásico levreriano “Bajo la lluvia, un hombre con un paraguas se acercó…” para hacer un ejercicio breve, distentido e inaugurar la pluma en conjunto, si bien por ser el primer día la lectura fue sin comentario. Es curioso que el año pasado empezamos el taller de los jueves con este mismo disparador, y prácticamente llovió durante el resto de los encuentros! Les dije a los participantes que estaba emprendiendo un (muy científico, claro) experimento meteorológico, que si este año sucede algo similar prometo llevarlo a alguna institución digna de estudiar semejante invocación infalible al dios Tlaloc. Recuerdo ahora a aquel presidente municipal de Zacatecas que, desesperado por la sequía durante años (vacas muertas, cosechas perdidas) y habiéndolo intentado todo, todo, decidió exponerse al escarnio público y contrató un chamán para que hiciera llover en sus tierras.

Llovió.

Después al chamán lo contrataron de otras ciudades ¿qué iban a hacer? Muchas veces, en México el gobierno ha tenido que declarar zona de desastre a la mitad del país por sequía, en simultáneo con zona de desastre a la otra, por inundación. Un país intenso, de eso no hay duda. En Uruguay la naturaleza y las fuerzas divinas pasan desapercibidas, salvo por el mal clima. Son asuntos humanos -como querer llevar toda la basura acumulada en las casas y tirarla en la puerta de ADEOM- lo que entretiene nuestros calendarios.

Pero, claro, lo que es solución en un lugar no siempre se aplica a otro. También en el DF contrataron a Giuliani para combatir la delincuencia, en vistas a su éxito en NYC. Le pagaron millonadas, pero hasta la delincuencia resulta más ordenada, predecible y bien portada en el Primer Mundo que en Latinoamérica. El pobre se fue cual chamán excomulgado (pero con las arcas llenas, claro).

Una integrante del taller de la tarde señaló atinadamente que este disparador de los paraguas está publicado en la web de Letras Virtuales con varios textos, incluso algunos míos, y es verdad! No lo recordaba. Tengo tres “Historias de la lluvia” en el libro El mar de Leonardi y otras humedades, las tres producto de esta consigna levreriana hace un siglo y medio, y la verdad es que no disimulan para nada su origen pues el disparador está integrado en el texto de una de ellas (un disparate: es preciso “maquillar” si se usa la consigna de un taller). Son jugueteos minimalistas, con traducción al inglés y todo. También hay varios fragmentos seleccionados de las primeras generaciones del taller virtual que llevamos adelante con Levrero desde 2001: “Los mejores paraguas del taller”. Desde luego, a lo largo de los años llegaron muchos, muchos más que merecerían estar allí quizás con mayor derecho, pero estos tienen un valor afectivo, podría decirse. Es hermoso ver la diversidad de estilos de la gente, lo que cada imaginación puede encontrar, los señores con paraguas que transitan en nuestras calles secretas. Eso ya se empezó a ver el lunes y el martes en los tres grupos donde estuvimos lloviznando…

Como parte de “Los mejores paraguas del taller”, también seleccioné un texto de Levrero sobre paraguas, así todos teníamos presencia en esa metáfora lluviosa.

Pues bienvenidos sean, integrantes 2008! Empieza un nuevo viaje, distinto, como todos. Como hasta mediados de año no tendremos “simposios” (esos encuentros de selección, reescritura, evaluación en profundidad y corrección de textos producidos durante el mes, que son los que alimentan esta Bitácora), los visitantes y habitués tendrán que esperar un poco más para leer nuevos relatos. De todos modos, hay muchos y de muy buena calidad de nuestro trabajo del año pasado; seguramente tendrán para entretenerse en el archivo, además de que seguiremos publicando algunas noticias. Durante esta primera mitad del año, en el taller priorizamos la motivación para la escritura creativa, el desbloqueo, el contacto con diversos estímulos literarios; después, ya más firmes, podremos darnos el gusto (o tomar el riesgo, según) de concederle un silla al Crítico/Corrector durante uno de los cuatro encuentros que tenemos cada mes. Pero no más, no vaya a ser que se nos convierta en un convidado de piedra que después causa intimidantes páginas en blanco y espontaneidad castrada con sus ojos pétreos de Medusa.

Ver más:

Los mejores paraguas del taller
(seleccionar del menú EL TALLER)

El mar de Leonardi y otras humedades, de Gabriela Onetto

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Comienzan los talleres 2008!!!

Marzo 15, 2008 · Dejar un comentario

Este año un poco más tarde (entre Carnaval y Semana Santa los talleres de historia personal también se atrasaron, desplazando todo el cronograma), empieza el taller de motivación literaria “permanente” de Gabriela Onetto, que seguirá hasta mediados de diciembre. Tendremos dos grupos, los lunes de 20 a 22 hrs y los martes de 19 a 21. La mayor parte de las integrantes del ex “taller de los jueves” seguirá trabajando en un segundo nivel centrado en los proyectos narrativos individuales, así que casi todos los nuevos participantes serán de nuevo ingreso en esta propuesta. Eso facilita la decisión de quienes no se atreven a incursionar en un taller presencial por temor a no dar con el nivel de quienes tienen más experiencia en el asunto: aún los escritores con trayectoria o con asistencia regular a otros talleres literarios son, en cierto modo, “principiantes” cuando se acercan a este enfoque menos convencional. Hay que animarse y abrirse a esta propuesta, que iremos introduciendo en forma gradual. Por supuesto, también es posible integrarse en cualquier otro momento del año.

Los talleres empiezan el 7 y 8 de abril respectivamente y estamos inscribiendo (de hecho, quedan muy pocos lugares). Más informes en talleres@onetto.net

Esta bitácora no empezará a funcionar como tal hasta mediados de año, cuando los alumnos estén más sueltos en la producción de textos “sin censura del Crítico Interior”, como para poder bancarse una corrección y evaluación a fondo durante nuestros ya legendarios simposios mensuales. Pero seguiremos publicando noticias e información de interés (además de que hay muchos relatos excelentes de la producción 2007 para seguir leyendo, varios de ellos premiados en concursos).

Empezamos la travesía anual…
Escribir es explorar el laberinto, como bien dice nuestra web.

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