Blogs de integrantes del taller

Octubre 22, 2009 · 5 comentarios

En septiembre nos aventuramos en un viaje distinto, directamente relacionado con la escritura pero sin serlo: la creación de un blog personal para cada participante de los tres grupos presenciales, de modo de que cada uno tenga a partir de ahora cierta “independencia editorial” para dar a conocer sus textos. La experiencia fue increíble. Una veintena de planetas flamantes se sumaron a la -para algunos, hasta ese momento- misteriosa blogósfera, y comenzó una interacción interesante, visitas cruzadas, tips compartidos y recursos descubiertos.

Lo más gratificante fue comprobar que aun la gente mayor de sesenta años es capaz de entendérselas con estas nuevas herramientas si se les explica adecuadamente qué pasos dar (¡y eso a pesar de protestas infinitas o declaraciones de incompetencia que resultaron falsas al final del proceso!). Ahora todos estos participantes del taller autogestionan sus publicaciones en línea y tienen la posibilidad de compartir lo que escriben más allá del ámbito privado de nuestros grupos.

Esta aventura cibernética estuvo acompañada de orientación para promover el blog una vez creado utilizando alta en buscadores, redes sociales e intercambio en foros: existir en la gigantesca telaraña de internet. Los invitamos a darse una vuelta por estos espacios personales de escritura, que comenzaron en torno a dos consignas colectivas: mini ficciones con la temática de los cuentos de hadas (serie Sapos y princesas) y relatos breves de viajes pasados (serie On the road). Los blogs están listados como directorio en una sección fija de esta bitácora para que puedan visitarse.

Nuestros escritores tutelares, espíritus habitantes de otros tiempos, sin duda se hubieran sorprendido con estas nuevas herramientas que hasta a los nómadas digitales nos siguen pareciendo de otro planeta. Hoy, para quien  escribe, saber moverse en internet, hallar información y tejer redes, pero  sobre todo dar a conocer lo que se hace (sin depender de editoriales inaccesibles ni gastos de autopublicación) es cada vez más necesario: se va convirtiendo en parte importante del formato material de la creación literaria. Tan indispensable como antes lo fueron el papel, la pluma, la tinta misma. Aunque el alma de lo que se escribe, claro, no venga incluida en el paquete.

dante

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Talleres presenciales y próximos simposios

Julio 31, 2009 · Dejar un comentario

El taller de motivación “permanente” (es decir, el proyecto que funciona a lo largo del año cada año) retomó sus actividades el lunes 20 y martes 21 de abril. Hay tres grupos, con muchos participantes del año pasado y algunos lugarcitos para nuevos marineros: lunáticos (lunes de 20 a 22 hrs), marcianos (martes de 19 a 21 hrs) y  vespertinos (martes de 15.30 a 18.30 hrs). Por información pueden comunicarse cuando quieran a presenciales@onetto.net.  En septiembre estaremos dando orientación para crear un blog personal por alumno (todos linkeados en un futuro a esta bitácora), así como para promoverlo y y utilizar  internet con el fin de conseguir información de interés literario. En octubre, retomaremos al fin los “simposios” de corrección, así que este espacio de textos seleccionados contará, al fin, con nuevo material. De todos modos, pueden leerse en el archivo los relatos de 2007 y 2008.

Generacion 45

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Conectándome con mi historia personal

Febrero 17, 2009 · Dejar un comentario

El miércoles 11 de febrero empezó el grupo 2009 del taller de autobiografía; estamos armando un segundo grupo para los jueves a partir del 19. Una aproximación a la propuesta puede leerse en el artículo del diario La República: “La autobiografía exige honestidad“. Por informes, memorias@onetto.net o en la web de este taller.

escritorioescritorio

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Empiezan los talleres literarios 2009

Enero 31, 2009 · Dejar un comentario

Estamos retomando las actividades de los talleres luego de unas muy necesarias vacaciones (que nunca alcanzan para todo lo que uno quisiera hacer o tiene atrasado, pero nos despejan el espacio interno y nos dan fuerzas para empezar un nuevo y misterioso ciclo). Ya están abiertas las inscripciones para el taller presencial intensivo que hacemos cada febrero, Conectándome con mi historia personal, basado en la autobiografía de los participantes y con un sesgo interesante de exploración personal. Es apto para todo tipo de gente, edad y perfil, y no importa mayormente la experiencia previa en la escritura pues es lo bastante flexible como para que cada participante pueda poner el énfasis en el aspecto que más le interese: lo literario o lo personal. Dura cinco encuentros de tres horas cada uno, estaremos empezando el miércoles 11 de febrero a las 19 hrs y es preciso reservar el lugar pues se trabaja con grupos chicos. Los interesados deben escribirme cuanto antes a memorias@onetto.net Estará disponible, asimismo, un segundo nivel en modalidad retiro (o “semi retiro”) para aquellos que cursaron este taller de introducción en cualquiera de sus ediciones anteriores, virtual o presencial. Se llevará a cabo el viernes 27 y sábado 28 de marzo. Más información al mismo mail y, en breve, fotos y otros datos en nuestra web de autobiografía.

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Por otra parte, el miércoles 4 de febrero arrancan nuevamente los talleres por internet; este año me planteé manejar un cupo realmente muy limitado, en principio, a fin de intentar reservar algo de tiempo para mi propia escritura. Los lugares disponibles se llenaron antes de que la convocatoria fuera enviada siquiera, así que me la reservo para más adelante y por ahora manejo lista de espera con los interesados que quedaron y los que vendrán (siempre hay alguien que termina el curso o que, por el motivo que sea, tiene que suspenderlo). No dejen de comunicarse conmigo para encontrar la mejor opción a lo que les interesa o simplemente informarse: hilodeariadna@onetto.net o vía formulario de contacto.

El taller de motivación “permanente” (es decir, el proyecto que funciona a lo largo del año cada año y que da origen a esta bitácora de textos seleccionados) retomará sus actividades el lunes 20 y martes 21 de abril. Desde marzo estarán abiertas las inscripciones, con muchos participantes del año pasado y algunos lugarcitos para nuevos marineros. En principio, están habilitados los grupos de lunáticos(lunes de 20 a 22 hrs) y marcianos (martes de 19 a 21 hrs); si juntamos un número mínimo de interesados para hacerlo operativo, veríamos la posibilidad de mantener también el grupo vespertino (o líbélulas, martes de 16 a 18 hrs). Por información ya pueden comunicarse cuando quieran a presenciales@onetto.net

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Texto seleccionado de noviembre (taller de la tarde)

Diciembre 11, 2008 · 4 comentarios

La bufanda roja

Stella Vazquez

bufanda

Con el pasaje en la mano, tironeando del bolso y abriéndome paso entre la muchedumbre, llegué al ómnibus que estaba por partir. Entregué el equipaje y el conductor hizo señas para que me apurara. Subí y pedí disculpas. Mientras buscaba el asiento, me llamó la atención la cantidad de pasajeros: eran pocos, quizás doce y estaban sentados del lado de la ventanilla; pensé que subirían más en alguna parada del recorrido, como había pasado otras veces.
Al salir de la terminal, me extrañó pasar por calles desconocidas, entonces pensé que tal vez hubiesen cambiado el recorrido. No había nadie sentado a mi lado; en realidad no había nadie a mi alrededor. Decidí contemplar el despertar de la ciudad y repasar el programa de la jornada, esperaba que esta vez los aparatos funcionaran bien. Palpé el portafolio y suspiré al sentir los adaptadores.
Poco a poco el gris iba dando paso al verde; yo seguía sin reconocer el camino, traté de hacer memoria y la única respuesta era que nunca había viajado sola a esa hora.
Estaba inquieta, trataba de encontrar alguna señal de dónde estaba: el sendero de las palmeras, la portera de la casa blanca, la estación de servicio. Nada, nada, nada.
Al llegar a una radial, el conductor dejó la ruta y tomó por un camino de balasto. Ahora sí, iba tomando conciencia de no estar dónde tenía que estar. Caminé por el pasillo mirando a los pasajeros, todos parecían muy confiados en el destino, se habían entregado a Morfeo en una sinfonía opaca y disonante. Dando tumbos llegué hasta el conductor.
—¿Falta mucho para llegar a Buenhora? —pregunté tratando de mantenerme en pie.
—Este recorrido termina en Pombino —contestó sin mirarme.
—¿Pombino?
—Sí, Pombino.
—¿Y dónde queda eso? —pregunté entre angustiada y sorprendida.
—En Pombino, dos pueblos más adelante —y detuvo la marcha.
Cuatro somnolientos hombres me saludaron tocando el borde del sombrero y bajaron acomodando las palabras, los gestos, el paso. El conductor pidió permiso y también bajó. Caminé hasta mi lugar y vi cómo los que estaban abajo, al mirarme, movían la cabeza y sonreían. Los otros, al parecer, descenderían en el próximo pueblo. Uno de ellos se paró para bajar una caja atada con varias vueltas de hilo sisal, me miró de reojo y susurró algo al que trataba de ayudarlo. Imaginé que hablaban de mí; sentí frío, tomé la bufanda roja y la envolví alrededor del cuello. La suavidad de la lana entibió mis temores, tenía que pensar qué hacer. Lo primero sería avisar lo que estaba pasando, busqué el celular pero no tenía señal: había olvidado cargar la batería. ‹‹¡Pombino! ¿Dónde diablos queda Pombino? Pronto empezará el encuentro, se preocuparán, pensarán que pasó algo… ¡y vaya si ha pasado! Tomar el ómnibus equivocado, no lo puedo creer…››.
Miré por la ventanilla. El cartel con el nombre del pueblo estaba oxidado, solo podía distinguir la última letra, una «N» blanca raspada que dejaba ver el fondo verde.
Los hombres bajaron sin apuro, uno rengueaba. Descubrí que no todos eran hombres: había dos mujeres, una rubia y otra castaña, que desaparecían debajo de los abrigos gruesos, largos, oscuros. Llevaban gorros de lana, algunos pelos sueltos les ondulaban en el viento. El conductor les dio el equipaje, siguieron a los otros que ya estaban cruzando la vía. El ómnibus arrancó; giré la cabeza, quería encontrar una mirada, un saludo suelto en el aire, pero pronto fueron un bulto, un punto, nada.
*
Al llegar a Pombino averiguaría cómo llegar a Buenhora y buscaría un teléfono. En un rato el sol no daría sombras.
—Última parada —dijo el conductor y los frenos chirriaron.
Avancé por el pasillo, mirando para no olvidar algo.
—¿Aquí es Pombino?
—Sí, le alcanzo el equipaje, permiso —dijo haciéndome a un lado.
Al entregarme el bolso le pregunté dónde estaban las oficinas.
—No hay, solo es un puesto de llegada y salida —contestó cerrando el ómnibus.
—Pero … ¿cuándo sale el próximo viaje?
—Mañana —subió el cierre de la campera, se fue silbando.
Desconcertada miré alrededor. Un muro alto de bloques y ladrillos impedía ver lo que había más allá del portón por donde había desaparecido el conductor ante mi desesperación.
Caminé hasta la única salida sin darme cuenta de que arrastraba la bufanda roja, sentía la boca seca y el portafolio pesaba más de lo que recordaba.
Empujé el destartalado portón de tablas apolilladas, desvanecidas; en la maniobra, enganché los flecos de la bufanda en un clavo, pero logré sacarla sin dañarla; la sacudí mientras miraba un camino amplio rojizo que llegaba hasta las primeras casas. Avancé sin mirar atrás: un silencio de pedregullo golpeando los zapatos me acompañó hasta la primera esquina, una ola de maldiciones explotaba en mi boca.
No sé si estaba en medio de Pombino, lo qué sí sabía era que nunca me había sentido tan sola, estaba a punto de llorar cuando percibí la sombra de una mujer.
Parecía que caminaba lento pero sin embargo movía los pies ligero, era baja, redondeada, un chal violeta le cubría la cabeza y la mitad de la espalda algo encorvada.
—¿Necesita ayuda? —dijo tocándome con la mirada.
—Sí, necesito un teléfono.
—¿Me da propina? —y extendió la mano.
—Sí, claro —sonreí y le di una moneda de cinco.
Ella empezó a caminar, la seguí por las calles adoquinadas, sentía el viento y el polvo en los ojos. No veía a nadie, las casas estaban en silencio, las puertas cerradas, algunas ventanas tenían corridas las cortinas, otras estaban guardadas por postigos toscos.
La mujer señaló un edificio, pude leer ‹‹Lo María››, crucé la calle, di vuelta para saludar, otra vez estaba sola.
La puerta cedió con un quejido. El lugar estaba en penumbra, a pesar de la hora que era. En un sofá azul un gato dormía enroscado, el reloj marcaba una hora que había sido o sería. Un mostrador de madera cortaba la habitación en dos y por detrás colgaba la cortina de tiras de plástico; algo como un olor rancio brotaba de las paredes turquesa que en algunas partes dejaban ver el rosado anterior.
—Hola, buenos días —y toqué una campana que señoreaba en la pared.
Entre las tiras de colores apareció una anciana vestida de negro; tenía la mirada quieta, la boca era una línea en un mar de arrugas.
—¿Tiene teléfono?
Sin contestarme se agachó detrás del mostrador, dejó apoyada la mano izquierda sobre la madera gastada. Tenía la piel salpicada de manchas y surcada por venas gruesas verdes moradas, las uñas desparejas; surgió con el aparato anaranjado junto al pecho. Con voz seca me dijo que hablara poco; luego, arrastrando los pies, se alejó por el pasillo.
Después de varios intentos logré comunicarme con el coordinador del encuentro; me dijo que trabajaría en mi lugar y yo lo haría el próximo fin de semana. De todos modos, tendría que ver cómo pasar el resto del día, todavía más, dónde pasar la noche.
Volví a tocar la campana, escuché los pasos marchitos.
—¿Sabe dónde puedo alquilar una habitación hasta mañana?
—Tengo una —dijo mirando el tablero cubierto de llaves.
—¿Puedo verla?
—Sígame —y la seguí.
De uno de los bolsillos del vestido sacó un manojo de llaves. Cada una tenía enganchada una chapa con un número; las miró sin apuro, tomó una y abrió la puerta. El moho dibujaba formas extrañas en el techo; corrió la cortina verdosa de la ventana, la luz del mediodía reveló la capa de polvo que cubría los muebles.
—¿La quiere?
—Sí, ¿dónde está el baño?
—Allí —señaló una puerta que yo pensaba era el ropero.
María se fue. Saqué la toalla del bolso, me lavé las manos, la cara, tomé un poco de agua deseando no me hiciera mal. Salí; tenía hambre, quería hablar con alguien.
No sé cuánto anduve hasta que encontré la plaza. Gorriones y palomas bebían agua de la mano de la sirena en la fuente de mármol; junto a los canteros de malvones los bancos de hierro y madera estaban vacíos; en las esquinas los álamos mecían secretos. Nada había cambiado, el viento seguía mis pasos, mis pensamientos, todo olía a tierra seca. Pero sentía que mil ojos me acompañaban.
Seguí caminando sin rumbo. Los zapatos de taco alto comenzaban a molestarme, escondí la mitad de la cara detrás de la bufanda roja.
*
Escuché pasos, me detuve, miré hacia atrás. Eran María y la mujer del chal violeta, movían las manos para que las siguiera. Así lo hice. Me sentía cansada.
Cuando llegué a ‹‹Lo María››, las dos mujeres me esperaban al pie de la escalera. Las seguí. Ahora la puerta estaba abierta; la habitación olía a lavanda, la cama estaba cubierta por una colcha blanca de algodón, las fundas de las almohadas lucían puntillas anchas de hilo, el polvo había desaparecido, la ventana parecía más grande con la cortina de voile. En el baño las toallas estaban esponjadas y había jabón perfumado.
Bajé para agradecerles, pero no las encontré. Entonces decidí ducharme, ansiaba el agua; luego buscaría un lugar para comer.
Frotaba la toalla en el pelo cuando escuché voces que venían de la calle. Me asomé y pude ver un grupo de personas que miraban hacia mi ventana. Levantaban las manos, llamaban a otros que venían corriendo y quedaban parados mirando, mirándome.
Traté de vestirme rápido, pero me sentía torpe, nerviosa. Me miré en el espejo, estaba pálida. Deslicé el pelo hacia un lado, crucé la bufanda roja sobre el cuello, la dejé caer sobre los hombros.
Bajé la escalera aferrada a la baranda, la puerta estaba abierta, en la calle el gentío se apretujaba.
María se acercó y me dio un portarretrato. Desde la foto, una mujer con una bufanda roja se miraba en mis ojos.

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Texto seleccionado de noviembre (taller de los martes)

Diciembre 11, 2008 · 1 comentario

Misericordia

Raquel Nuñez

La duna, muralla incandescente, enemiga, crepita fuego. Se interpone frente al alivio. Es la gran prueba, la final, tal vez.
El hombre la mira y los ojos encandilados se le enturbian. Montado sobre el camello, siente un vahído y le parece que viene del animal. Este, luego de un instante de vacilación, quiebra su paso para caer de rodillas, desplomado.
Cuando se da cuenta, el hombre está mascando arena, revolcado en el colchón blando e hirviente. Solo. Perdido.
Se deja estar, hundido en su desazón, hasta que el sentimiento se convierte en nada.
Con los brazos en cruz y la carne floja, tan sólo está ahí, fundido y entregado. El sol hace crujir la tela de su túnica, pincelada de mar profundo en el lienzo de arena destellante.
A través de los párpados cerrados, mil chispazos le danzan cual djinnes fulgurantes del desierto.
El sonido gutural de su compañero de trajines lo reaviva. Se sobrepone y gateando se acerca. Tantea sus alforjas de largos flecos multicolores en busca del recipiente de agua, que todavía guarda.
Vuelca algunas gotas en los labios del animal, que lo mira con ojos ardidos.
Destina otras para él.
El cuerpo, hábil economizador de humedades, las redistribuye.
Las piernas responden, lo levantan. Algunas palabras salen de su boca para alentar al animal.
Los dos, una vez más, lo intentan.
El hombre del desierto y su camello, un punto añil y un punto marrón, avanzan, paralelos, sin expectativa, sin angustia. Nada más entregados a su marcha.
La duna los ve y en su gran misericordia comienza a tenderles sus dedos oscuros.
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Texto seleccionado de noviembre (taller de los lunes)

Diciembre 10, 2008 · 4 comentarios

Seductorpe

Edgar Dattoli

telo1

Ya habíamos pasado por dos moteles buscando habitación, pero sin éxito. «La tercera es la vencida», pensé mientras entrábamos al último que nos quedaba por visitar.
Detuve el auto en la recepción y un hombre de traje se acercó.
-
–Bienvenidos.
–Una habitación, por favor_dije, ya esperando el «no tengo disponibles».
–Me queda una habitación común y una temática.
–La común –dije sin dudarlo.
–Es la habitación número ocho, siga por aquí hasta el final, es la penúltima.

Seguí las instrucciones y entré en la cochera. Bajamos del auto y, envueltos uno en el otro, subimos la escalera dejando rastros de fuego. Ella entró primero, sus caderas me arrastraron hasta que se dio media vuelta al tiempo que caía sobre la cama. Sin prisa y aún de pie frente a ella comencé a quitarme la camisa, cuando su cara se transformó.

–¿Qué pasó? –pregunté con algo de desconcierto.

Ella no contestó, sólo me miraba y parecía petrificada.

–¿Estás bien? –insistí preocupado.

Lo único que pudo hacer fue señalar al techo detrás de mí.
Conocía esa cara de pánico.

–¿Qué? ¿Un bicho? –pregunté con principios de cara de sicótico.

Ella solo siguió señalando detrás de mí, y un sutil «Sí» de su cabeza activó mi estado de pánico.
«Macho macho macho», pensé para tomar fuerzas y enfrentar la situación. Cerré los ojos, levanté las manos a la altura del pecho y apreté los puños. Lentamente me di vuelta. “Macho macho macho”, pensé otra vez y abrí los ojos.
Una bestia negra de ocho patas nos miraba desde el techo.
Sin quitarle los ojos de encima, fui hasta el teléfono y llamé al conserje.

–Buenas noches. ¿En qué le puedo ayudar?
–Escúcheme, tengo un problemita. Tengo un bicho en la habitación –dije, simulando tranquilidad.
–Ahh.. De seguro usted se levantó a la Lulú, la que para en Propios. Lamento decirle que no puedo hacer nada por usted. Es fea mismo y no hay con qué remediarlo.
–¡No sea tarado! Tengo un bicho en serio –repliqué.

Luego de un silencio, el hombre respondió:

–¿Y qué puedo hacer por usted?
–No tengo idea, pero haga algo.
–Si quiere, los cambio de habitación, pero no me quedan habitaciones comunes, sólo me queda una temática.

–Sí, sí, lo que sea pero sáqueme de aquí –respondí apurado.
–Pase a la número nueve, es la siguiente.

Abroché mi camisa, puse a Celeste detrás de mí y, sin perder de vista a la bestia, caminamos rumbo a la puerta. Cuando solo faltaba medio metro para llegar, ella no pudo contener los nervios y un grito fue la señal de partida para salir corriendo. Así fue como llegamos a la nueva habitación.

El lugar tenía dos partes: el estar y la habitación, separados por una puerta corrediza pero de dos hojas, como las que aparecen en las naves espaciales de las películas.
Examinamos el estar en busca de bestias. Dos asientos de ómnibus interdepartamental hacían las veces de butacas de nave espacial; frente a ellos una pequeña mesa con un PC recauchutado. Las paredes estaban pintadas de azul con estrellitas blancas que parecían brillar por efecto de los cuatro tubos de luz negra en el techo.

–¿Cómo entramos? –preguntó ella.
–Mi amor, no te preocupes: yo me encargo.

Examiné y no encontré pestillo ni forma alguna de abrir; ya cansado por los contratiempos metí mis manos entre las puertas e intenté abrir, pero sin éxito. «Macho macho macho», pensé otra vez, y le di con todo hasta que algo sonó a roto, entonces la puerta cedió lo suficiente como para pasar. Así fue como llegamos a la habitación, la cama era redonda y sobre ella almohadones de color plata; en el techo un espejo rodeado por tubos de neón y, lo mejor de todo, un jacuzzi al pie de la cama.
Después de lo vivido, qué mejor que un baño sensual y reparador. Sin decirnos palabra alguna, comenzamos a llenar la cuna de agua; nos quitamos la ropa sin reparos. Ella enseguida se metió, yo fui al frigobar, tomé una botella de champagne, dos copas y entré al jacuzzi que rápidamente se estaba llenando. Descorché y, entre arrumacos que comenzaban a sacar chispas otra vez, brindamos. Era momento de encender el jacuzzi, pero no encontraba la forma de hacerlo. Me cubrí con una toalla, fui hasta el teléfono que estaba junto a la cama y llamé al conserje.

–¿Otro bicho? –preguntó desconcertado.
–No, no, es que tengo otro problemita. ¿Podría decirme cómo se enciende el jacuzzi?
–Cuando usted diga se lo encendemos. Tome en cuenta que el agua debe llegar hasta el nivel indicado.

Sabía que aún no había llegado al nivel, apenas faltaban un par de centímetros, pero claro, no podía ser tan grave.

–Sí, sí, ya está en el nivel, por favor, enciéndalo –contesté impaciente.

*

Colgué el teléfono y sin soltarlo miré a Celeste. Aun en el jacuzzi se la veía sexy, con la copa en su mano, el cabello ondeado contorneando su rostro y sus labios rojos llamando al encuentro.
Me quedé un segundo contemplándola desde la cama, entonces escuché el ronroneo del jacuzzi anticipando las caricias acuáticas. En ese momento, un chorro de agua salió disparado desde una de las esquinas impactando con fuerza directamente en medio de su frente, la copa saltó por los aires, ella intentó levantarse pero patinó golpeando con su brazo la champagnera. Botella, hielo y Celeste cayeron al agua en medio de un desparramo total. Cual Fontana di Trevi del fracaso, al menos cinco chorros de agua bañaban la habitación.

Todavía estaba sosteniendo el tubo del teléfono, lo levanté y hablé.

–Por favor… ¿puede apagar el jacuzzi?
–Sí, claro. ¿Ocurrió algo? –preguntó preocupado.
–No, no. Es solo que mi señora no se siente bien, gracias.

Cuando colgué, el motor se apagó; los chorros se agotaron y Celeste emergió, por cierto bastante desalineada y enojada.

–¿Estás bien? –con desatino atiné a preguntar, apretando los dientes y procurando aguantar la risa.
–Si, mi amor, ¿no ves que estoy divina? Solo me falta juntar las moneditas de la fuente –dijo con el cabello chorreando, mientras rescataba botella y copas.

La noche nos reconcilió y amanecimos en un abrazo.

Ya de día, salimos de la habitación sorteando la puerta espacial bastante maltrecha. Celeste se dio media vuelta y señaló otra vez detrás de mí.

–¿Otro? –pregunté con susto.

Ella comenzó a reír sin parar.

–¿Y ahora de qué te reis? –pregunté serio.

Celeste únicamente señalo a un lado de la puerta, donde había un botón rojo del tamaño de un puño y debajo una leyenda de tamaño considerable que decía: «Pulse para abrir».
Con cara de incrédulo presioné el botón: el mecanismo intentó abrir, logrando sólo emitir sonidos de motor forzado y hacer temblequear las puertas.

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Texto seleccionado de octubre (taller de la tarde)

Octubre 17, 2008 · 8 comentarios

Enemigos en la cabeza

Virginia Mórtola

Acababa de golpear pero no quería que me atendieran, no quería hacer la pregunta. Miré la puerta enorme y me enojé con mi madre. Otra vez lo mismo; deseaba que existiera un antídoto que los hiciera desaparecer para siempre, así yo no tenía que andar pidiendo para liberarme de ellos.
Desde hacía varios días me picaba la cabeza. Traté de rascarme lejos de mi madre. Si ella estaba cerca, yo apoyaba la cabeza en la pared y me movía despacito para calmar la picazón sin que me descubriera, o rascaba a Pancho y me concentraba en pasar mis uñas por el lomo negro para distraerme.
A mí no me gustaba vivir con enemigos en la cabeza, pero le temía mucho más al ataque de mi madre para eliminarlos.
El plan funcionó solo dos días, al tercero ella me vio con las manos enredadas en el pelo; parecía que mis piojos le daban picazón, porque cada vez que me veía se rascaba nerviosa. Entonces escuchaba lo que no quería escuchar: «Te estás rascando, tenés piojos. Hay que sacarlos». Esa era la frase más terrible que me podía decir, porque sabía lo que venía después.
Cada vez que tenía piojos mi madre me bañaba en vinagre y yo me sentía una ensalada para viejos. Después, con una toalla en la cabeza, me mandaba a pedir un peine fino a los vecinos. Aunque me daba mucha vergüenza tenía que ir igual, fingiendo que era natural tener bichitos caminándome entre los pelos.
Esperaba frente a la puerta de Doña Felipa, que aunque no tenía hijos casi siempre guardaba un peine fino para prestarme. Creo que los compraba para mí. Además, sus cachetes rojos y redondos me daban confianza, entonces mi corazón no latía tan rápido.
El ruido de las llaves acercándose me obligó a prepararme para ser atendido. Acomodé la toalla que parecía un turbante y me pesaba. Doña Felipa abrió la puerta y me miró sonriendo.
–Parece que otra vez tenés piojos –me dijo mientras se limpiaba las manos con un trapo.
Asentí como un muñequito moviendo la cabeza y la toalla.
–¿Estas necesitando un peine fino?
Repetí el mismo gesto, esta vez agarrando la toalla.
–Pasá.
Caminé atrás de Doña Felipa siguiendo el vaivén de su culo que no me dejaba ver nada más. A medida que avanzaba sentía un olor a torta de manzana que me animaba. Cuando llegamos a la cocina vi los pedazos humeantes arriba de la mesa. Creo que quedé pasmado, con los ojos y la boca abiertos, mirando la torta porque Doña Felipa enseguida me dio un pedazo en un platito. La pasta tibia se deshacía en mi boca y bajaba suavecita llenándome de dulzura el cuerpo. Mis patitas se hamacaban en la silla mientras saboreaba aquel manjar. Si creyera en Dios diría que escuché ángeles cantar y aletear alrededor mío mientras comía.
Ella volvió con el peine en una bolsita de plástico. Cuando lo ví sentí la toalla aplastándome y mi cuero cabelludo se imaginó a mi madre, como una guerrera en combate, cinchando de mis pelos. Entonces tuve un súbito sentimiento de piedad conmigo mismo y, por qué no decirlo, también hacia ellos. Iban a ser atrapados entre los finísimos dientes del peine y depositados en una palangana donde flotarían en sus últimos momentos, lejos de mí, su hábitat natural. El campo de batalla estaba en mi cabeza, así que iba a ser torturado: mi madre no iba a parar hasta haber eliminado la última liendre.
No podía ser todo sufrimiento para los seres de este mundo.
Me saqué la toalla olorosa y húmeda, como un condenado a muerte cumpliendo su último deseo. Luego, liberé a mis piojos envinagrados de la opresión y me entregué a las delicias de otro pedazo de torta de manzana.

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Texto seleccionado de octubre (taller de los martes)

Octubre 17, 2008 · 5 comentarios

Arena

Guadalupe Dos Santos

Milena llegó temprano; eligió una mesa cerca de la ventana. Mejor, así tendría un ratito para pensar. Pidió un cortado mientras miraba hacia dentro; desde un tiempo atrás una idea daba vueltas en su cabeza. Trató de organizar sus pensamientos, que a veces eran como manchas o retazos. Estaba en una edad con perspectiva, tal vez por eso tenía la pretensión de entender. Milena pretenciosa.

¿Quién le va a contar a nuestros hijos de nosotros, los anónimos? ¿Se puede comparar una relación con la historia? ¿Por qué ahora este caprichoso pensamiento? Alfredo todavía no aparece. La vida mosaico o arena desbordada formando una duna. Alfredo viento. Nadie escribió sobre nosotros, nadie nos cantó. ¿O tal vez sí? Ni cárcel, ni exilio, demasiado jóvenes, demasiado ingenuos. Piedra pequeña. Los años confunden imágenes, rostros, situaciones, amigos, hombres. Alfredo lobo. Cada palabra sin sospecha alguna, enamorados, ilusionados. Tan crédulos, con esperanza. Palabras bonitas, imágenes hermosas: no pasarán. Canto rodado, piedra pequeña, granito de arena. Milena desilusión.

-Hola.
Milena levantó la cabeza. La cara conocida, sus ojos azules, de pronto venían del pasado.
–Hola –y sonrío mientras Alfredo le daba un beso–. Se te hizo tarde.
–Sí, ¿andás bien?
Sabe de memoria que no obtendrá una disculpa pero insiste en exponerse a lo mismo. Milena cachorro. Ahora, nerviosa, pide otro cortado, ¿será una premonición? Mientras él habla vaguedades, contando su día, su sinfin de reuniones, o critica a algún compañero, Milena le mira las manos armoniosas con dedos un poquito gordos, apenas, uñas delicadas. Sus manos no van con el resto de su cuerpo grande y su andar como doblando de más las rodillas, cuando llega y se impone todo humanidad y abrazo. Milena anudada.
–Estoy dando vueltas, Milena, en realidad quería decirte… creo que ya lo sabés… necesito un tiempo.
Milena felpudo.
–Nadie escribió sobre nosotros, nadie nos cantó. ¿O tal vez sí?
Sus ojos más grandes y azules que nunca la miraron asombrados.
–¿Milena, estás bien? ¿Por qué deberían cantarnos?
Revolviendo su cortado, Milena no levanta la cara; no quiere que vea sus ojos llenos de lágrimas. Pero si continua así, con la cabeza gacha, será manantial.
–Piedra pequeña…
–Milena… ¿me estás escuchando?
–Cada palabra sin sospecha alguna…
–No creo que sea manera de hablar de estas cosas.
–Demasiado jóvenes, demasiado ingenuos…
Milena catarata.

Se levantó, se puso la campera, cruzó su cartera sobre la espalda.
–Canto rodado, piedra pequeña, granito de arena –le dijo. Y dándole la espalda se fue.
Alfredo decepción.

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Texto seleccionado de octubre (taller de los lunes)

Octubre 17, 2008 · 4 comentarios

La bolsa de galletas

Susana Segú

Estaba aún sin abrir, en el piso de la despensa. El aroma tibio me hacía imaginar un gran mordisco sobre ese migajón blando. Pero no era así de fácil: la bolsa la abría solo mamá y yo sabía de antemano que si le pedía una galleta en ese momento no lograría mi propósito. Toqué la bolsa de arpillera nuevita, sentí la tibieza y en mi boca el gusto deseado de los jueves. Ese día de todas las semanas, el panadero llegaba tan desganado como su caballo, y su carro, lleno de pan y bizcochos. Así y todo llegaba antes de la leche de la tarde.
Me fui a caminar con un palo bastante largo, a cazar víboras. Era una tarde calurosa y húmeda, el pasto no estaba muy alto. De repente, un movimiento a un costado me alertó sobre una culebra que ya se escapaba con su cabeza erguida. La seguí hasta que se detuvo para mirar, expectante. Por su color amarronado me di cuenta de que era una culebra inofensiva y, calzada de zapatillas de yute como estaba, salté sobre ella y le aplasté la cabeza. Sentí sobre mi pie las contorsiones de su cuerpo frío, tranquila de que no podía atacarme. Giré la punta del pie dos o tres veces y cuando la liberé la colgué del palo. Seguí camino mientras miraba cada tanto al animal que lucía inerte. Encontré otra a unos pasos más e hice lo mismo.
Supe que esta era peligrosa, una yara, no muy grande, alerta y de ojos atemorizantes, cabeza erguida sobre los yuyos. Repetí la maniobra pero me pareció estar pisando una cabeza más resistente. Con ella prensada debajo de mi zapatilla, me agaché a mirar bien los dibujos y colores de su piel, esos ochos negros por los que se reconoce a este reptil venenoso. Entre las volteretas, me deleité observando su vientre blanquecino y su lomo de dibujos oscuros. Cuando no sentí más movimiento debajo de mi pie, aflojé la presión y la víbora salió rápida y oronda. Di unos pasos tras ella y la capturé de nuevo. Hice lo mismo y como estaba mareada la colgué en el palo. Caminé con más atención temiendo que otras hubieran sentido las vibraciones de peligro de un exterminador.
Detrás de unas piedras rojizas encontré la pareja de la última víctima. Se sabe en el campo que donde hay una, está la otra, a corta distancia. Esta era más corpulenta y algo más larga pero terminó colgada en la vara.

Decidí regresar; respiré a fondo el siempre delicioso olor de la tarde que cae y deja su sereno; estaba feliz con mis hallazgos. Cuando estuve debajo del techo del segundo patio, dejé el palo en el suelo y ni bien tocaron donde afirmarse, los tres reptiles salieron como si hubieran terminado de hacer gimnasia. En eso apareció Doña María, que salía de la despensa y, al sentir una víbora entreverada en sus pies, se asustó de tal manera que gritó:

—¡Señora, señora, venga que esta chiquilina se enloqueció!

Apareció mamá y tras un buen cachetazo me mandó a buscar las víboras.

—¡Qué inconciencia! No veo la hora que termines esa caja de bichos. Ahora víboras también. ¿Cuántas se escaparon?
—Tres —contesté con congoja—. Ya las voy a buscar.

En un rato las encontré. La culebra se había quedado detrás de la maceta; una de las yaras me dio trabajo: estaba dentro de una de las pantuflas de Doña María, que casi se desmaya cuando la saqué de allí, y la otra estaba alrededor de la bolsa de galletas en una hendidura que dejaba contra el piso. Fue la que mejor escondite tuvo, todo el largo de su cuerpo al calorcito de la preciada bolsa.

Llevé las víboras dentro de una lata de duraznos que dejé al pie de una planta de cardo, tapada con medio ladrillo. Para no levantar sospechas, al rato llevé los frascos, el formol y un cuchillo de hoja fina y filosa. Las terminé de matar, clavándoles la punta de acero donde terminaba el cráneo de cada reptil. Les pasé un trapo afranelado, las arrollé en anillos, les abrí las bocas, llené los frascos con formol; después de taparlos, comprobé que no perdieran.
Y levantándolos a la altura de mis ojos, me los imaginé en el último casillero, como broche de oro, para mi caja de biología.

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